Había llegado el momento del combate en las Egates, los gallardos cartagineses no lo rehuyeron, hicieron frente a la flota romana, aunque combatiesen en las peores circunstancias militares para los méritos de Kart Hadasht. Tanit, Baal Hammon y Melkart comenzaron a llorar desconsoladamente.

Esta lluvia celestial se abatió sobre la flota cartaginesa que recogió velas, desmontó sus mástiles y se aprestó al combate. Eran inferiores en número, en preparación naval, en posibilidades tácticas. En una lucha de remeros y al ariete, pocas posibilidades de victoria había, y sin embargo los cartagineses atacaron sin volver la cara en ningún momento. Era el ocaso del poderío naval cartaginés.
La flota romana también recibió la lluvia, pero entendió que eran los dioses cartagineses que lloraban desconsolados. Los romanos eran más experimentados, tenían mejores tripulaciones, y contaban con quinquerremes que podían ser más rápidos y maniobrables que los cananeos, al no estar lastrados por el transporte de suministros. Así, los lobos romanos se abatieron sobre los leones cartagineses.
La última batalla fue trágica para las armas cartaginesas. Los púnicos se defendieron con arrojo y valor suicida, realizaron proezas navales dignas de su larga tradición marinera, pero no pudieron evitar que las ahora más rápidas y maniobrables naves romanas hundiesen, a golpe de espolón, más de 50 quinquerremes cartagineses por la pérdida de sólo 30 propias. Además, capturaron al abordaje otros 70 quinquerremes púnicos en tanto que sufrieron la destrucción de unos 50 de los suyos. Golpe a golpe, remada a remada, los cartagineses se vieron desbordados porque siempre fueron superados numéricamente por dos y hasta tres naves romanas contra un quinquerreme cananeo….
































