Desierto iraquí, 28 de febrero de 1991. Introducción TANK MEN

Mi primera visión de un tanque estallando me dejó atónito. Era febrero de 1991: la Primera Guerra del Golfo. El campo de batalla nos pertenecía y, tal y como había leído en muchas narraciones de la Segunda Guerra Mundial, «reventábamos» sistemáticamente los tanques iraquíes abandonados para dejarlos totalmente inservibles. El fogonazo y el humo de la explosión y después el retumbante «crump» precedían a la onda expansiva. Una torreta saltaba del casco para mantenerse por un momento sobre un extremo, con el sobresaliente tubo del cañón sosteniéndola como si fuera un gigantesco saltador, antes de derrumbarse. Las llamas se proyectaban rugientes a veinticinco metros de altura como si se tratara de un lanzacohetes invertido.

Un momento después, la torreta volteada también se incendiaba entre silbidos y crepitar cuando el propelente de los proyectiles apilados en su interior vomitaba fuego. Proyectiles aulladores volaban en todas direcciones y el aire por encima y alrededor se llenaba de silbante y veloz chatarra. Durante veinte minutos nos quedábamos clavados en tierra. Esto era la guerra en el desierto. Había leído sobre ella durante mis tediosos años de servicio en Alemania, pero nunca creí que fuera a experimentarla. Durante toda la primera Guerra del Golfo mantuve un diario de operaciones. Resultaba una verdadera disciplina que iluminaría investigaciones históricas posteriores.

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La Spanish Company del 39.º Regimiento de Voluntarios de Nueva York

La Spanish Company, se componía de sesenta y cuatro miembros de orígenes muy diversos. El capitán Joseph Torrens se alistó con cuarenta años, pero a lo largo de toda la guerra tuvo que darse de baja varias veces por problemas de salud y de índole familiar, pues el 29 de septiembre de 1861 se le diagnosticó una enfermedad en el riñón.

Tras serle denegada su baja en el Ejército en dos ocasiones, dimitió finalmente el 21 de diciembre, aunque el 17 de abril de 1862 fue adscrito a otra unidad de voluntarios de Nueva York, Les Enfants Perdus. Dejó las Fuerzas Armadas de la Unión definitivamente el 1 de junio de 1863. El capitán Torrens había nacido en Barcelona, el 13 de diciembre de 1820, y falleció el 23 de abril de 1895.

Sus restos descansan en el cementerio nacional de Arlington junto con los de su esposa, Mary Murphy, quien le sobrevivió siete años. El primer teniente José Romero llegó a Nueva York en un vapor proveniente de Cuba en 1859, pero terminó siendo cesado por incompetencia. El español Francisco Luque se alistó a la edad de treinta años con el grado militar de sargento; más adelante fue destinado a la Compañía K como segundo teniente el 1 de agosto de 1861, empero dejó el Ejército el 7 de octubre de ese año por problemas familiares.

Sin embargo, sobre él consta un documento de alistamiento de febrero de 1863, en el que se declara su procedencia, de la ciudad de Nueva York, y su aptitud para servir, como oficial de una compañía, en el Ejército de Estados Unidos en su condición de voluntario por un periodo de tres años o por la duración de la guerra.

El español José Flores Porras, un marinero de Málaga, era corneta y cayó enfermo en Petersburg e ingresó en el hospital en mayo de 1862. Posteriormente sirvió como cocinero en el hospital de Claryville hasta el 15 de junio de 1863. Más tarde volvió a desempeñar sus funciones de corneta en el cuartel general de la 3.ª Brigada entre los meses de julio y septiembre de 1863, para servir a continuación en las ambulancias. Fue dado de baja el 21 de febrero de 1864, pero se volvió a alistar al día siguiente como voluntario, y recibió una prima de enganche de cien dólares, por un periodo de dos años.

Desertó el 11 de abril de 1864. Otro malagueño alistado en el Ejército de la Unión fue Miguel Martínez; lo hizo a la edad de veintiocho años y era marinero de profesión. Fue adscrito al Cuerpo de Ambulancias, en Union Mills, en enero de 1863; se licenció del Ejército el 24 de junio de 1864 en Nueva York….

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Cruzando el río Aksay. Operación Tormenta de Invierno de liberación de Stalingrado. Cazador de Panzers. Vasiliy Krysov

Tras esperar a que anocheciera, nos pusimos en marcha hacia el punto de cruce. Marder y yo cubríamos la retirada con nuestros carros de combate. Fuimos los últimos en llegar al puente de pontones y habíamos cruzado ya la parte más expuesta cuando un intenso fuego de cañón nos alcanzó por detrás.

Tuve tiempo de decirle a Misha por radio: «¡Nos han incendiado!». Entonces escuché su respuesta: «A nosotros también». Los alemanes habían logrado incendiar ambos carros con impactos en la parte trasera. Un proyectil impactó en la transmisión de nuestro carro y el motor comenzó a arder. Ese ese mismo momento, bengalas iluminaron todo el punto de cruce y la orilla. ¡Siguió una auténtica tormenta de fuego! No había posibilidad de salir por las escotillas de la torreta –¡íbamos a ser aniquilados! Nos deslizamos fuera del carro por la parte inferior a través de la escotilla del suelo de la barcaza después de recoger lo más necesario: subfusiles, tambores de munición y granadas de mano. También retiramos una ametralladora, un botiquín de primeros auxilios y ponchos de camuflaje. Nos quedamos allí escondidos, debajo de nuestro carro. Todos los miembros de mi tripulación estaban vivos y ni siquiera habían recibido un rasguño.

Pero, ¿qué tal le habría ido a Misha? Con la claridad de las bengalas, vi como la tripulación de Marder salía también de su blindado por la escotilla de emergencia, lo que significaba que estaban vivos. Allí ocultos, esperamos; ¡¿cuándo se cansarían los alemanes de disparar bengalas?!

No tardó en aparecer una partida alemana de reconocimiento. Nos apretamos lo más que pudimos contra el suelo, pero los alemanes pasaron de largo sin detenerse. Por fin, todo quedó en calma. Nos arrastramos hasta el carro en llamas de Marder y nos encontramos con su tripulación, que venía igualmente en nuestra busca. Misha nos dijo que había oído a los exploradores alemanes decir: «Ahí hay diez ivanes quemados»….

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El coronel Santos Benavides y el 33.º Regimiento de Caballería. Azules y Grises.

A partir de ese momento, la fama y reputación de Santos Benavides aumentó enormemente; fue ascendido a coronel y su unidad se convirtió en regimiento. Para tal conversión utilizó los restos del 33.er Regimiento de Caballería, formado en su origen por un gran número de alemanes. En su nueva configuración, los teutones representaban el veinte por ciento de sus efectivos, y el ochenta restante estaba compuesto de los texanos del ya coronel Santos Benavides.

En esos primeros años de la guerra civil la lucha se estaba desarrollando de igual a igual, pese a la diferencia de medios y recursos entre la Unión y la Confederación. Los federales se plantearon tomar la región fronteriza de Texas y de esa forma aislar a la Confederación del mar, por lo que se preparó una fuerza expedicionaria a Río Grande para restablecer la autoridad de la Unión y también mostrar una actitud de firmeza y fuerza frente a los franceses del emperador Maximiliano, que estaban en guerra contra los seguidores de Benito Juárez.

Así, el 2 de noviembre de 1863, una fuerza militar de la Unión, compuesta de 6999 efectivos desembarcó en Brazos Island izando la bandera de las barras y estrellas. Las tropas de la Confederación abandonaron la ciudad de Brownsville. A las pocas semanas de la ocupación, el coronel Edmund J. Davis formó el 1st Texas Cavalry con unos mil quinientos hombres, reclutados entre los simpatizantes de la Unión en aquel territorio, principalmente veteranos del Ejército y alemanes de Hill County. Esta unidad capturó la pequeña localidad de Mustang, lo que supuso su bautismo de fuego; posteriormente, tuvo un choque con los hombres de Santos Benavides.

La Unión se percató de que necesitaba una unidad con hombres que hablaran español y conocieran bien la zona, por lo que se constituyó el 2nd Texas Union Cavalry con mexicanos y texanos que realizaron una gran labor de exploración y guía del terreno….

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Ataque con KV-1 contra posiciones alemanas en Kalach del Don, 25 de julio de 1942. Cazador de Panzers. Memorias de un comandante de carros del Ejército Rojo

Quedaba todavía un kilómetro y medio hasta poder alcanzar las posiciones enemigas, comenzaba a clarear y podíamos vislumbrar las formas de los árboles y edificios del sovkhoz. Los alemanes tampoco habían abierto fuego todavía, presumiblemente para no malgastar munición.

Las tripulaciones anticipaban ansiosamente la acción. Todo el mundo quería atacar al enemigo con mayor rapidez, acabar con la agonizante incertidumbre –porque cierto es que no hay nada peor que la espera. Los muchachos se pegaron con ganas a los dispositivos de observación, el tirador, Vitya Belov, y el cargador, Misha Tvorogov, se encendieron unas «patas de cabra» [cigarrillos liados a mano] – qué rápido habían aprendido de los veteranos el modo de enrollar hábilmente un cigarrillo alrededor del dedo meñique. El olor del makhorka [tabaco barato y fuerte] comenzó a impregnarlo todo en el interior de la cámara de combate.

Mediaba todavía alrededor de un kilómetro entre nosotros y el enemigo, y los alemanes, tras descubrir que un gran número de carros de combate avanzaba contra ellos, desataron una tormenta de fuego. ¡Era extremadamente preciso! Un proyectil explotó unos 20 metros por delante de nuestro carro. Casi de inmediato, un segundo proyectil rebotó contra el lateral izquierdo; nuestro KV-1S de 47 toneladas se estremeció y el fogonazo de la explosión iluminó el compartimento interior –parecía que el carro se había incendiado. Pero los tripulantes no se movieron de sus puestos; nadie quería revelar que estaba asustado y todos aguardaban ansiosamente mi orden.

Yo había visto el fogonazo del disparo, pero no acertaba a divisar el cañón, que estaba muy bien camuflado, así que ordené al conductor: «¡Tolya! ¡Adelante en zigzag!». Luego me dirigí al tirador y al operador de radio: «¡Viktor, Nikolay! ¡A los artilleros alemanes con las ametralladoras! ¡Fuego!»…

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