El Destacamento de Ejército Lanz/Kempf en los prolegómenos de Járkov. Manstein y la Tercera Batalla de Járkov.

El 22 de febrero se agravó la situación en el ala norte del grupo de ejércitos. Ese día se perdió la orilla oriental del curso medio del río Vorskla, al sur de Achtyrka. La propia ciudad tuvo que
ser evacuada a la noche siguiente por un grupo regimental de la 168.ª División de Infantería tras sufrir graves pérdidas. Partiendo del área de Achtyrka y la región situada más al norte, el enemigo se puso en marcha con elementos de los 40.º y 69.º Ejércitos en dirección oeste y suroeste.

Además, el reconocimiento aéreo había detectado columnas enemigas en la brecha que separaba al grupo de ejércitos de Manstein del Grupo de Ejércitos Centro. Al destacamento de ejército no le quedaban fuerzas que lanzar contra el avance enemigo. En consecuencia, dio por hecho que en un lapso de tiempo quedarían cortados el ferrocarril y las carreteras de Kiev y, por ende, el nudo ferroviario y de abastecimiento de Poltava.

Precisamente, cuando el jefe del estado mayor del Destacamento de Ejército Kempf, mayor general Dr. Speidel, expresó este temor al grupo de ejércitos, el único consejo que le pudo dar el mayor general Schulz fue que «tratase de ralentizar el progreso enemigo con todos los medios disponibles y que no perdiese los nervios». En lo tocante a suministros y en el peor de los casos, era posible una retirada a la línea ferroviaria que pasaba por Krementschug, ciudad a orillas del Dniéper a unos 150 kilómetros al noroeste de Dniepropetrovsk.

Solo una vez que se arreglase la situación en el sur podría ayudar el grupo de ejércitos de forma efectiva en el norte. Si se lanzaban las dos operaciones de forma simultánea, ninguna tendría éxito. Durante otra conversación mantenida por los dos jefes de estado mayor se acordó que era importante «ganar tiempo y perder el mínimo territorio posible». Sin embargo, al día siguiente, con el rápido empeoramiento de la situación en Achtyrka, llegó el momento de tomar una decisión trascendental….

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Reforzando las defensas de Kursk en el sector de Ponyri. Cazador de Panzers

Las tripulaciones pasaron los dos días posteriores a la llegada disponiendo los emplazamientos de las principales posiciones de fuego y dos posiciones de reserva para cada cañón autopropulsado.

Completamos esta infernal tarea casi sin descanso, anticipándonos a que el enemigo pudiera lanzar en cualquier momento su ofensiva. Debido al calor insoportable, nuestras guerreras estaban empapadas de sudor y nos atormentaba la sed; un quinto miembro de la tripulación que quedaba ocioso –no teníamos palas para todos- no daba a basto para traernos agua. Tras haber camuflado la última posición y haber quedado satisfechos con el trabajo, nos sentamos al fin a descansar. Teníamos las manos llenas de ampollas, pero estábamos de muy buen ánimo –¡los alemanes no nos pillarían desprevenidos!

Las tripulaciones pasaron días enteros preparando afanosamente un plan de fuego y haciendo ejercicios para su correcta implantación. De forma simultánea, observé atentamente a mi tripulación y a la sección durante todo este tiempo, examinando veladamente la reacción de los hombres a las distintas situaciones a medida que éstas se producían: ahora una incursión aérea, luego un bombardeo de artillería… y, especialmente, cuando disparaban las lanzaderas de cohetes Nebelwerfer alemanas, ya que eran capaces de estremecer a cualquiera con sus aullidos.

Pero por encima de todo, no perdí de vista a mi tirador, del que tanto dependería en combate. Por fortuna, el sargento mayor Valeriy Korolev, que era el tripulante más joven, se comportaba de forma calmada, no retemblaba con las explosiones y no buscaba ponerse a cubierto si no había necesidad. El resto de los miembros de la tripulación tenían experiencia de combate previa, así que confiaba en ellos.

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Repliegue del Primer Ejército Panzer al Grupo de Ejércitos del Don. Manstein y la Tercera Batalla de Jarkov

La impaciencia de Manstein fue creciendo conforme iba avanzando el mes de enero. Pensaba, de forma bastante realista, que era muy probable que el enemigo lanzase un ataque a corto plazo con el propósito de alejar al Cuarto Ejército Panzer de Rostov. Con la retirada del Grupo de Ejércitos A, que tanto retraso llevaba, se abría la posibilidad de recuperar la iniciativa en el sector de su grupode ejércitos.

Manstein solo podía intentar influir en esta retirada de manera indirecta, aunque la situación generada por la demora obligaba a mantener a sus ejércitos en una posición muy peligrosa. El 15 de enero, cuando las últimas formaciones de los dos ejércitos del Cáucaso estaban aún a 400 kilómetros del Don, Manstein le comunicó a Zeitzler que «había que hacer avanzar al Grupo de Ejércitos A lo suficiente como para poder liberar de su labor en ese sector al Cuarto Ejército Panzer», que marcharía entonces hacia su ala izquierda con el propósito apoyar al Destacamento de Ejército Fretter-Pico.

Lo que sacó de quicio a Manstein fue saber que el Grupo de Ejércitos A seguía llenando dos trenes diarios de soldados que se iban de permiso. Zeitzler prometió contrastar esa información inmediatamente.39 El 18 de enero se puso fin a esta sorprendente circunstancia: Hitler prohibió los permisos en todo el Frente del Este.

El 22 de enero tuvo lugar una breve conversación telefónica entre Hitler y Manstein, algo insólito. Las conexiones telefónicas entre el Grupo de Ejércitos del Don y el OKH se realizaban, sin excepción, entre el comandante en jefe del grupo de ejércitos y el jefe del Estado Mayor General o algún subalterno suyo. Hitler comunicaba sus directivas y Manstein sus informes siempre a través de Zeitzler.

En la conversación que siguió, sobre la que se volverá más adelante, se habló del destino del Sexto Ejército. Aunque desde finales de 1942 se había perdido ya cualquier esperanza objetiva de rescate, el Führer habló de la posibilidad de que el Primer Ejército Panzer pudiese contribuir desplazándose hacia el norte. Quedaría entonces solo una cabeza de puente pequeña en la península de Tamán.

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En el batallón de municiones de la 16.ª División Panzer. Supervivientes de Stalingrado

En el transcurso de los días siguientes se levantó la línea de frente principal planeada. Tras largas deliberaciones se decidió que el frente occidental debía disponerse a buena distancia del río Don con el objeto de mantenernos alejados de su pronunciada orilla occidental.

Habitamos una zanja anticarro cuya función más reciente había sido la de letrina. Nos hallábamos a unos cinco kilómetros a la retaguardia del frente occidental, donde éramos atacados a diario por los rusos, cuyo mayor interés era dicho frente. La artillería, los órganos de Stalin y la aviación nos machacaban día y noche. Trasladamos varias veces nuestras posiciones defensivas y logramos incrementar nuestro número de efectivos allí. El Regimiento de Intendencia, situado alrededor del Punto 438, tenía unos efectivos de combate de 600 hombres equipados con treinta ametralladoras MG y dos cañones contracarro de 37 mm.

Para estos últimos teníamos proyectiles contracarro de alto explosivo. A las 10:00 horas del 4 de diciembre quedamos sometidos al fuego de un carro ruso que había penetrado el perímetro. Por pura casualidad, un panzer dañado estaba siendo remolcado por una cabeza tractora a unos 100 metros del ruso. Hubo un breve intercambio de fuego. El carro ruso estalló en llamas: la tripulación salió al exterior y fue barrida. Después de que hubiésemos trabajado en la mejora de nuestros pozos de tirador sobre el terreno hasta que nos proporcionaron protección contra la nieve y la tormenta, nos ordenaron trasladarnos a Dubininski.

Gradualmente fuimos notando la reducción en las raciones. Nos daban 200 gramos de pan por día y carne de caballo. La reducción se afrontó con arrestos; al menos la moral era buena. ¡Era simplemente impensable que fuesen a permitir que todo un ejército se fuese al traste aquí!

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El Grupo de Ejércitos B lucha por sobrevivir – Enero de 1943. Manstein y la Tercera Batalla de Járkov. La estabilización del Frente del Este después de Stalingrado

El colapso del frente del Don tuvo como consecuencia que el grupo de ejércitos de Manstein tuviese que abandonar sus posiciones en el Chir, retirarse en dirección al Donets y llevar hacia el sur su ala izquierda, que se quedaba colgando en el aire. Mientras tanto, la distancia entre el caldero de Stalingrado y las líneas alemanas se iba haciendo cada vez más grande.

El aprovisionamiento del Sexto Ejército encargado a la Luftwaffe seguía sin ser el adecuado, cada vez más escaso, y la situación que se le planteaba a las cansadas tropas de Paulus era, en resumen, cada vez menos esperanzadora. Sin embargo, la principal preocupación no era ya el destino del Sexto Ejército. El principal temor era que los soviéticos fuesen capaces de estrangular y liquidar a los Grupos de Ejércitos A y del Don, asestando con ello una derrota a los alemanes de la que no se podrían recuperar. Hitler no estaba preparado aún para desviarse de su estrategia de defensa a ultranza (Haltestrategie) ni, como le insistían sus más allegados colaboradores, para autorizar acortamientos del frente que pudiesen llevar a una estabilización del mismo.

El 12 de enero de 1943 se inició la siguiente batalla del Grupo de Ejércitos B. En esa fecha dio comienzo la ofensiva del Frente de Voronezh contra el Segundo Ejército húngaro, esperada desde hacía días. En poco tiempo las líneas quedaron deshechas. Las divisiones húngaras no soportaron la presión y huyeron hacia el oeste. Había un sector del ala norte del Octavo Ejército italiano, apoyado sobre el Don, que aún no había sido atacado. Estaba defendido por el Corpo-Alpino y el XXIV Cuerpo Panzer (una división italiana y dos alemanas). Ahora corría serio peligro de quedar cercado. Las peticiones para retirar inmediatamente estas formaciones al objeto de establecer una nueva línea de frente fueron rechazadas por Hitler.

Tan solo el 18 de enero, cuando algunas formaciones emprendieron la retirada por propia iniciativa al perder el contacto con su línea de suministros, dio el OKH su aprobación para retirarse del Don. Y solo entonces, sufriendo muchas bajas, pudieron retirarse los agostados soldados hacia el suroeste, sin vehículos ni armamento pesado, teniendo que soportar temperaturas de hasta 40º C bajo cero.

Con la destrucción de las últimas formaciones aliadas del Eje, la iniciativa quedó en manos de los soviéticos en todo el teatro sur del Frente del Este. La estrategia de tener que defender a ultranza cualquier territorio conquistado sobrepasó, a todas luces, los límites de lo soportable. Pero Hitler, que se negaba a admitirlo, descargó la culpa sobre los ejércitos aliados y, contra todo sentido común, siguió aferrado a su idea.

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