Stalin traza la línea divisoria entre los avances de Zhúkov y Kónev. BERLÍN 1945. Prit Buttar

Kónev: «Según los planes iniciales, estaba previsto que el 1.er Frente Bielorruso tomase Berlín. Sin embargo, el flanco derecho del 1.er Frente Ucraniano, en el que se concentraba la principal agrupación de ataque, debía pasar cerca del sur de Berlín. ¿Quién podía prever cómo se desarrollaría la operación, qué sorpresas podríamos encontrarnos en los distintos sectores y qué nuevas decisiones y ajustes a los planes iniciales habría que tomar a medida que se desarrollasen los acontecimientos? En cualquier caso, yo ya había previsto un posible curso de acción según el cual, con el avance exitoso de las formaciones del ala derecha de nuestro frente, podríamos encontrarnos en una posición ventajosa para maniobrar y atacar Berlín desde el sur. Estimé prematuro expresar estas consideraciones, aunque tenía la impresión de que, sin decirlo explícitamente, Stalin estaba abierto a tal opción a futuro. Esta impresión se acentuó cuando, al aprobar la composición de los grupos y la dirección de los ataques, Stalin comenzó a trazar con un lápiz en el mapa la línea divisoria entre el 1.er Frente Bielorruso y el 1.er Frente Ucraniano y detuvo el lápiz bruscamente en la ciudad de Lübben, unos 60 kilómetros al sureste de Berlín. En ese momento no dijo nada, pero creo que Zhúkov también percibió la intención que había tras ello. La línea divisoria se interrumpía en el lugar donde se suponía que debíamos llegar el tercer día de la operación.

¿Hubo una llamada tácita a la competencia entre los frentes al detener la línea divisoria en Lübben? Admito esa posibilidad. Por supuesto, ese era también mi deseo más ferviente. No me da miedo admitirlo ahora».

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La evacuación de heridos de Pitomnik. LA CAMAPAÑA AÉREA POR STALINGRADO, 1942-1943.

El capitán Bätcher, de la KG 100, recordaría: «El 29 de diciembre, aterricé mi He 111 en Pitomnik a las 10.10 horas, llevaba mantequilla, sal, correo y 600 litros de combustible en mis “contenedores bomba [Versorgungsbombe]”. Los heridos fueron subidos a mi avión y, una hora más tarde, despegamos de regreso a Morozovsk. Apenas nos habíamos ido al aire cuando fuimos atacados por un grupo de cazas. Mis hábiles artilleros pudieron repeler la mayoría de sus ataques, pero los rusos no cejaron. Eran muy agresivos y cada uno de ellos realizó entre ocho y diez ataques individuales. Mi avión fue alcanzado por su fuego una y otra vez, incluidos cinco proyectiles de cañón. Varios soldados heridos a bordo sufrieron heridas adicionales a causa de ello y yo quise aterrizar lo antes posible para que los pudiesen atender. Pero cuando los soldados se enteraron de mis intenciones, me pidieron que volase a la base principal. ¡Querían alejarse lo más posible de Stalingrado!».

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El ágape que ofreció la Guardia Imperial Francesa a la Rusa en Tilsit. MEMORIAS DEL CAPITÁN COIGNET

«Napoleón nos ordenó que preparásemos algún tipo de entretenimiento a la Guardia rusa en Tilsit. Salimos formados en cuerpo a recibir a esta gran Guardia, que debía llegar por compañías. Cada uno de nosotros le ofrecía el brazo a uno de estos gigantes, y como había más de nosotros que de ellos, empezaron a ofrecer el brazo dos de los nuestros a cada uno de los suyos. Eran tan altos que podrían habernos utilizado como bastones. En cuanto a mí, el más bajito de todos, tuve a uno de ellos para mí solo. Tenía que mirar hacia arriba para poder verle la cara. Estaban asombrados de vernos uniformados de forma tan espléndida. Sentamos a nuestros invitados a la mesa entre nosotros y la cena fue bien servida. Todo el mundo estaba del mejor humor. Estos hombres famélicos no podían controlarse; no sabían cómo mostrar la reserva que es propia del comportamiento en la mesa. Se sirvió licor. Antes de ofrecérselo teníamos que probarlo y, acto seguido, entregarlo en una copa de metal que contenía un cuarto de litro. El contenido de las copas desaparecía al instante. Se tragaban trozos de carne del tamaño de un huevo de cada bocado. Empezaron a aparentar fatiga. Les hicimos señas para que se desabotonasen las casacas, como hacíamos nosotros. Tenían trapos metidos dentro de sus uniformes para aparentar un buen pecho y era bastante desagradable ver estos harapos colgando. Les arrimamos carne y bebida, y cuando vieron que no se podían comer todo lo que había en la mesa se metieron los dedos en la garganta, vomitaron la cena en una pila entre sus piernas y comenzaron a comer de nuevo con todas sus fuerzas. Fue repugnante. De este modo hicieron tres comidas en una cena. Esa tarde acompañamos a los que podían levantarse a sus acuartelamientos y dejamos al resto entre sus vómitos, debajo de la mesa».

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BERLÍN – EL DESENLACE, 1945. Prit Buttar

Durante tres días de abril de 1945, casi un millón de soldados soviéticos atacarían las colinas de Seelow, la última línea defensiva, a orillas del río Óder, mientras Stalin fomentaba en los estados mayores una abierta competencia entre Zhúkov y Kónev. Rotas las defensas, nadie dudaba de la encarnizada batalla que habría de librarse calle por calle, en la propia capital, o en los bosques aledaños, entre un Ejército Rojo sediento de venganza y unos irreductibles nazis fanáticos y desesperados que, dirigidos desde el Führerbunker, obligaron a niños y ancianos a defender las calles de Berlín con simples Panzerfaust, bajo pena de muerte por traición. La capitulación final llegaría a un alto coste en vidas humanas y abusos a la población civil, en particular a las mujeres. A través de vívidos y escalofriantes testimonios en primera persona de los protagonistas de ambos bandos, Prit Buttar revela la lucha brutal y los momentos dramáticos que caracterizaron los últimos estertores del Tercer Reich.

Este apasionante y escalofriante relato nos traslada a las colinas de Seelow, los accesos de Berlín, las luchas callejeras, los combates por los canales y los puentes, el drama de la población civil y la posterior retirada y huida al Elba de decenas de miles de soldados y civiles desde la parte occidental de la capital, el bosque de Halbe y el norte de Alemania hasta la frontera danesa.

Escrita por uno de los mayores expertos mundiales en el Frente Oriental, esta fascinante historia desmenuza los pormenores de la batalla final por Berlín.

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La retirada de la 6.ª División Panzer de Moscú. OPERACIONES PANZER. Erhard Raus

Moscú, enero de 1942. Si la 6.ªDivisión Panzer quería sobrevivir y, más aún sostener la línea, debían construirse de inmediato refugios y búnkeres (con cualquier elemento de calefacción que pudiese ser instalado). Si embargo, tales obras defensivas no podían construirse porque los batallones de ingenieros disponibles del Cuerpo y de la división no tenían más de 40 o 60 hombres cada uno y habían perdido todo su equipo pesado. Sin embargo, acababa de llegar una gran cantidad de explosivos. En vista de la crítica situación, ordené a los jefes del batallón de ingenieros que hiciesen caso omiso de la helada y volasen suficientes cráteres en la tierra sólidamente congelada en toda la línea provisional del frente para proporcionar refugio a las tropas combatientes, incluidas las reservas tácticas. Estos cráteres deberían escalonarse en extensión y profundidad y ser lo suficientemente grandes como para albergar a entre 3 y 5 soldados. Cualquier madera disponible era utilizada para cubrirlos. También instruí a los ingenieros que minasen ciertas áreas y emplazasen obstáculos anticarro a lo largo de tres rutas principales.

Las explosiones en toda la línea comenzaron a la mañana siguiente. El ruido de las cargas explosivas de 4.500 kg daba la impresión de una intensa barrera artillera. Surtidores de tierra se elevaban por todas partes y un denso humo inundó el aire. Los rusos observaron con sorpresa, sin estar seguros de lo que sucedía. Para mediodía se habían completado las voladuras y a la caída de la noche las unidades habían ocupado sus cráteres ya cubiertos.

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