Joseph de Castro, el español que capturó una bandera en Gettysburg y ganó la Medalla de Honor. Azules y Grises. Joaquín Mañes

Joseph De Castro, de ascendencia española, nació en 1844 en Boston. Nada más estallar la guerra, se alistó en el 19.º Regimiento de Infantería de Massachusetts, donde sirvió en la Compañía I como abanderado.

Durante la batalla de Gettysburg, en su tercer día, el 3 de julio de 1863, ante la desastrosa carga de Pickett, ordenada de forma inconsciente y muy temeraria por el general Robert E. Lee, el cabo De Castro atacó a un abanderado del 19.º Regimiento de Infantería de Virginia del Ejército Confederado, acompañado por los escoltas que siempre marchaban con él por su condición de abanderado del regimiento.

Después de haber atrapado la bandera enemiga, arrancándosela a su abanderado, se la llevó al general S. Webb para entregársela como trofeo. Fue el primer hispano-norteamericano en recibir la Medalla de Honor, la más alta condecoración militar de Estados Unidos, que le fue otorgada el 1 de diciembre de 1864.

El general Webb escribió: «En un momento un hombre atravesó mi línea de combate y arrojó sobre mis manos una bandera rebelde. No dijo ni una palabra y se marchó rápidamente. Era el cabo Joseph H. De Castro, uno de mis abanderados. Había golpeado a un abanderado enemigo con el mástil de la bandera de Massachusetts y la atrapó mientras esta se caía para dármela corriendo»…

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El duque de Alba introduce por primera vez el mosquete entre las tropas de infantería. Los tercios en combate. Hugo A. Cañete

Una vez en Sant’Ambrogio, a la entrada del valle de Susa, el duque fue protagonista de una verdadera innovación militar al ordenar que se repartiesen 15 mosquetes por compañía de infantería, que según dice Mendoza, «fue cosa de gran servicio en la guerra y para hacer mucho efecto», o como afirma Quatrefages, «los famosos mosquetes que intrigaron tanto a toda Europa».

Hoy diríamos que las dotó de una sección de armas pesadas. Por entonces, el mosquete, una suerte de arcabuz pesado, solía utilizarse únicamente como arma de fuego fija en las bordas de las embarcaciones o en los muros de las fortalezas. Era la primera vez que iba a emplearse en gran cantidad como arma de fuego portátil táctica (con uso de horquilla) en las de unidades de infantería y con excelentes resultados, especialmente en la batalla de Jemmingen, como habrá ocasión de ver en el Capítulo 3.

El abad de Brantome también destaca esta novedad cuando habla de «esos gruesos mosquetes que se vieron los primeros en guerra en las compañías […] [y que] aturdieron mucho a los flamencos cuando sintieron su sonido en las orejas». Fueron en total 567 mosquetes repartidos entre todas las banderas de infantería de los tercios viejos. Cada arma iba acompañada de su equipo respectivo: frascos, frasquillos, molde de pelotas, horquilla, vara y sacapelotas, y rascador. Se repartieron 168 entre las compañías de los Tercios de Sicilia y Cerdeña, 137 entre las del Tercio de Lombardía y 197 entre las del Tercio de Nápoles.

El peso del equipo hizo que la mayoría de los mosqueteros se desprendiese del peto y quedase únicamente con jubones o coletos de cuero….

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Avistamiento y caza del convoy AK 79. Ataúdes de Acero. Herbert A. Werner

Siegmann estaba a punto de encender un cigarrillo cuando una gran ola chocó contra la superestructura y lo empapó mojándole el pitillo. Entre dientes farfulló, «maldita sea, el de Allá Arriba ni siquiera me deja fumar un cigarrillo», y dejó el puente para fumar en el interior de la torreta.

«¡Convoy en AK 79, curso este, nueve nudos!», gritó Riedel.
Minutos más tarde, el Capitán estaba de vuelta en el puente enfundado en su pesado impermeable. «Primer oficial, yo te diré lo que pasa con los Tommies. Últimamente no envían convoyes pequeños. Esperan hasta acumular sesenta o setenta barcos en puerto antes de hacerse a la mar. Este convoy –que según informan está a 120 millas al sur- está integrado por sesenta y cinco buques. ¡Vamos a por ellos! Avante a toda máquina, todo el timón a estribor, nuevo rumbo uno – cuatro – cero».

Ese día, 8 de marzo, comenzó una nueva caza. El submarino que había establecido contacto con el enemigo envió señales de radiobaliza a intervalos regulares. Las ráfagas de nieve reducían la visibilidad a cero y, a veces, nos obligaban a navegar a ciegas. Tras 14 peligrosas horas, habíamos navegado más de 150 millas y aún seguíamos avanzando rápidamente hacia el sureste, buscando, olfateando y tanteando.

A las 19.10 horas, rozamos el convoy por primera vez en la oscuridad. Borchert, un marinero de mi guardia con muy buena vista, divisó un destructor. Me giré de un salto al cuadrante de estribor por popa y vi el familiar costado del navío tras una cortina de nieve. El buque navegaba en un rumbo paralelo y asumí que habíamos tenido su compañía desde hacía algún tiempo. Viramos a babor, apuntamos nuestra popa a la sombra y nos marchamos. Pero habíamos sido detectados. El escolta maniobró majestuosamente hasta que nos tuvo directamente por proa.

Siegmann aceleró los motores y envió al submarino al interior de un chubasco de nieve que había a proa por babor. Seguimos el movimiento de la tormenta y permanecimos ocultos entre la cortina de nieve. Cuando percibimos el olor a humo y gasoil, el Capitán ordenó a la tripulación que acudiese a sus puestos.

A las 21.30 horas se despejó el cielo de repente. Brillantes estrellas comenzaron a reverberar entre restos de nubes y la luna, que, emergiendo de detrás de las cortinas de nieve, bañó la superficie con su luz plateada. No lejos de allí, un destructor cambió de rumbo en un patrón normal de rastreo. Mientras escapábamos de aquella sombra, vi que todo el horizonte oriental estaba salpicado de pequeños puntos negros…

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El ataque al primer convoy. Ataúdes de acero. Herbert A. Werner

«Profundidad de periscopio», ordenó el Capitán. El U-557 se elevó hasta la profundidad pedida. El primer oficial subió a la torreta y yo me hice cargo del timón. El zumbido del motor del periscopio inundó la pequeña sala. Paulssen tuvo dificultades con el periscopio y lo subió y bajó entre los cabeceos arriba y abajo en la mar encrespada.

El operador de los hidrófonos informó de que el convoy se acercaba rápidamente. Pronto oímos por nosotros mismos el intenso murmullo de una multitud de hélices. El hidrofonista detectó entonces un grupo de escoltas por delante del convoy. El intenso ruido de las hélices inundaba todo el horizonte occidental. Luego oímos el agudo y metálico ping-ping de los impulsos de Asdic que emitían los destructores para detectarnos.

Para la mayoría de los que estábamos a bordo se trataba de una nueva sensación. Cada uno de los impulsos chocaba contra el submarino como un martillo golpeando un diapasón; luego viajaba a través del casco y escapaba dispersándose por todo el horizonte. Entre tanto, el sordo traqueteo de multitud de motores de pistón y el sonido chirriante de las turbinas se intensificó y luego se hizo más distante. El operador de los hidrófonos informó de que el convoy había virado hacia el sur.

De repente, distinguimos las altas revoluciones de hélices de un destructor. El Capitán giró rápidamente el periscopio sobre su eje y dijo, «tres destructores, rumbo tres – dos – cero, distancia tres mil metros. Todo el timón a estribor, nuevo rumbo hacia el sur». Podríamos haber atacado a los amenazantes destructores, pero Paulssen eligió, sabiamente, una presa más grande y más segura. Pronto gritó exultante, «¡Vaya panorama! Que los cinco tubos lanzatorpedos se preparen para disparar. Velocidad del blanco diez, ángulo izquierda treinta, profundidad siete, distancia mil doscientos. ¡Eh, primer oficial, echa un vistazo al desfile!»….

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Jemmingen, la batalla que se libró en la estrechura de un dique. Los tercios en combate. Hugo A. Cañete

El duque de Alba decidió adelantarse hasta tener a la vista el campamento enemigo y juzgar con sus propios ojos cuál era la verdadera situación del ejército rebelde. Tras observarlo detenidamente, determinó que Luis de Nassau se hallaba atrincherado con sus hombres. Así que volvió grupas y regresó de inmediato a donde estaba el resto del ejército.

Croquis del despliegue de Hugo A. Cañete

Una vez estuvo con sus oficiales, comenzó a dar instrucciones para el despliegue de las tropas. Ordenó a Sancho Dávila que avanzase de nuevo por el camino del dique que había explorado esa mañana con la compañía de arcabuceros a caballo del capitán Montero y 500 arcabuceros españoles de a pie. A esta primera fuerza debían darle cobertura los maestres de campo Julián Romero, con 500 arcabuceros y 300 mosqueteros, y don Sancho de Londoño, con 1.000 arcabuceros, toda gente escogida de los cuatro tercios y seleccionada por el sargento mayor del Tercio de Lombardía, Francisco de Valdés.

Cerrando la vanguardia iban las compañías de caballos de César de Ávalos y del conde Curcio Martinengo. El duque había dispuesto que se ocupasen con arcabuceros todas las casas y aldeas que se fuese dejando atrás esta vanguardia en su avance con el fin de proporcionar refugio a sus integrantes caso de que el enemigo los atacase con todas sus fuerzas y se viesen obligados a retirarse.

Del mismo modo, ordenó a los dos maestres de campo restantes, Alonso de Ulloa y don Gonzalo de Bracamonte, que se quedasen en sus tercios formados en escuadrón con instrucciones de no moverse hasta que él lo indicase. La disposición del cuerpo principal el ejército era la siguiente: En la vanguardia los cuatro tercios españoles, seguidos del escuadrón de alemanes y de las 15 banderas de arcabucería valona de los regimientos de Hierges y Gaspar de Robles. Cerraban la formación tres compañías de caballería ligera con 300 lanzas y el estandarte de herreruelos de Hanz Bernia.

Todos caminaban en columna con un frente máximo de 9 infantes por el camino del dique, siendo imposible salir a campo abierto por la cantidad de lodazales y atolladeros propios de aquella región, que no era otra cosa que la desembocadura el río Ems….

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