El combate de Lorsch, 10 de juno de 1622. Tercios de Flandes en Alemania. La Guerra del Palatinado, 1620-1623

Habíamos dejado a Mansfeld abandonando apresuradamente las tierras de Darmstadt y retirándose hacia el sur a marchas forzadas. El día 10 de junio llegó a la Abadía de Lorsch, en la Bergstrasse.

Debido al agotamiento que sufría su infantería por lo pesado de la marcha, unos 40 kilómetros desde Dieburg, no tuvo más remedio que hacer alto y acampar para dar descanso a la tropa. Los que habían quedado rezagados no tuvieron tanta suerte. Al anochecer, los campesinos del landgraviato salieron a caminos y campos y dieron muerte a muchos de ellos, en venganza por los males que habían padecido. Los protestantes escogieron un lugar pantanoso para plantar el campamento, al que se accedía por un puente, que dotado de dos reductos, parecía ofrecer una defensa adecuada para pasar la noche.

Mientras tanto, Pascual Berenguer, que mandaba la caballería española cedida a Tilly, había tomado la vanguardia de la caballería católica. Reconociendo las defensas y buscando un posible lugar de paso, desmontó a 50 arcabuceros, y atravesando por la marisma tomó los altos de una viña que dominaba los accesos al campamento protestante. Desde allí, atacando los reductos de flanco expulsó de ellos a sus defensores.

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La decisiva campaña de Orbetello (1646). Capítulo 4. El león contra la jauría Vol. II

Ante el estancamiento en Cataluña, en Francia se ideó abrir un nuevo frente de lucha en un lugar inesperado, que proporcionara un éxito rotundo y a poca costa, que levantara su moral y hundiera la de sus enemigos.

El objetivo fijado eran los «presidios» españoles en la costa italiana de Toscana, y para ello se preparó una gran expedición: La flota, al mando nuevamente de Brezé, zarpó de Tolón el 26 de abril de 1646, con el vicealmirante Daugnon y el jefe de escuadra Montigny como mandos subordinados. Constaba de 16 buques de combate, 4 urcas, 8 brulotes, 20 galeras y nada menos que 68 buques menores (tartanas, polacras y demás) para transportar el cuerpo de desembarco, de unos 5.000 infantes y 500 jinetes al mando del príncipe Tomás de Saboya, que no mucho antes era general al servicio de Felipe IV.

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La retirada de Moscú, 6 de noviembre (Capítulo 4). Memorias del Sargento Bourgogne. Granadero de la Guardia Imperial de Napoleón

Ese día, 6 de noviembre, había una densa niebla y más de veintidós grados bajo cero. Nuestros labios se habían helado, nuestros sesos también; toda la atmósfera era gélida. Soplaba un viento terrible la nieve caía en enormes copos. No solo perdimos de vista el cielo, también a los hombres que caminaban delante de nosotros.

Cuando nos aproximábamos a una aldea miserable,1 un jinete vino al galope preguntando por el emperador. Más tarde oímos que era un general que traía noticias de la conspiración de Malet en París. Por entonces nos hallábamos concentrados muy juntos cerca de un bosque y tuvimos que esperar un buen rato antes de poder reanudar la marcha, ya que el camino era estrecho. Mientras varios de nosotros, sentados juntos, nos golpeábamos los pies para calentarnos y hablábamos de la terrible hambre que padecíamos, detecté de repente el olor a pan caliente.

Me di la vuelta y vi detrás de mí a un hombre envuelto en un gran manto de pieles, de donde procedía el olor. Me dirigí a él de inmediato y le dije, «señor, tienes algo de pan; debes vendérmelo». Cuando hizo ademán de marcharse lo agarré del brazo y, viendo que no podía deshacerse de mí, sacó de debajo del manto un pastel todavía caliente. Cogí el pastel con una mano mientras le daba cinco francos con la otra. Pero apenas tuve el pastel en mi poder cuando mis acompañantes se lanzaron como locos sobre él y me lo arrebataron. Solo me quedó el trocito que sostenía entre el pulgar y dos dedos.

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La retirada de Moscú de la 6.ª División Panzer (Capítulo 5) – OPERACIONES PANZER. General Erhard Raus

El invierno de 1941-1942 fue el más severo de los últimos 100 años en la Rusia europea. La temperatura media diaria durante el mes de enero de 1942 en el área situada al noroeste de Moscú fue de -35,5º C, produciéndose allí la temperatura más baja de toda la campaña rusa (-52,8º C) el 26 de enero. Nuestras tropas, en el caso de que tuvieran alguna ropa de invierno, vestían solo el abrigo de reglamento, el jersey, la faja y la capucha; piezas diseñadas para el invierno alemán. La mayoría de las prendas de invierno donadas por la población alemana no llegaron a los soldados del frente hasta finales de febrero, después de que el frío ya hubiera causado los peores estragos. A todos los niveles del escalafón los jefes intentaron enfrentarse a la emergencia mediante la improvisación.

Varias divisiones se las compusieron para organizar grandes talleres de costura en las ciudades y pueblos rusos cercanos. De mantas y ropas viejas usadas, los obreros locales produjeron fajas, orejeras, chalecos, prendas para los pies y manoplas de franela con dedos índice y pulgar separados. También logramos requisar prendas de piel y botas de fieltro de habitantes locales para un pequeño número de hombres y obtuvimos prendas extra de invierno de los soldados muertos del Ejército Rojo. Cualquiera que tuviera ropa interior extra se la ponía una encima de la otra; los almacenes de suministros de la división y del ejército repartieron inmediatamente todas las existencias de ropa interior. Finalmente, la mayoría de los hombres lograron protegerse la cabeza y las orejas, al menos parcialmente, utilizando fajas y harapos. No obstante, durante este primer invierno crucial a las afueras de Moscú la provisión disponible de prendas de invierno solo resultó ser suficiente para un pequeño porcentaje de nuestras fuerzas. Ni que decir tiene que el intenso frío redujo drásticamente la eficiencia de nuestros soldados y de sus armas.

A comienzos de diciembre, la 6ª División Panzer estuvo a apenas catorce kilómetros de Moscú y a veintidós kilómetros del Kremlin. En ese momento, una caída drástica de la temperatura a –34,4º C unida a un ataque por sorpresa de tropas siberianas destrozaron el avance del Tercer Ejército Panzer sobre la capital de Stalin. Organizando la defensa de la 6ª División Panzer alrededor de los últimos cinco carros de combate del coronel Koll logramos resistir el primer ataque de los siberianos que, a medida que avanzaban con dificultad con sus uniformes marrones a través de la profunda nieve, ofrecían blancos de primera. Este éxito local facilitó que la división pudiera romper el contacto y proporcionó tiempo para la destrucción de nuestros últimos cañones flak de 88 mm. (Esto se hizo necesario porque no quedaban cabezas tractoras, perdimos veinticinco en el barro del otoño y en noviembre las siete últimas cayeron víctimas del frío y la nieve).

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Preparando posiciones para la batalla de Kursk. Cazador de Panzers. Vasiliy Krysov

Las tripulaciones pasaron los dos días posteriores a la llegada disponiendo los emplazamientos de las principales posiciones de fuego y dos posiciones de reserva para cada cañón autopropulsado. Completamos esta infernal tarea casi sin descanso, anticipándonos a que el enemigo pudiera lanzar en cualquier momento su ofensiva.

Debido al calor insoportable, nuestras guerreras estaban empapadas de sudor y nos atormentaba la sed; un quinto miembro de la tripulación que quedaba ocioso –no teníamos palas para todos- no daba a basto para traernos agua. Tras haber camuflado la última posición y haber quedado satisfechos con el trabajo, nos sentamos al fin a descansar. Teníamos las manos llenas de ampollas, pero estábamos de muy buen ánimo –¡los alemanes no nos pillarían desprevenidos!

Las tripulaciones pasaron días enteros preparando afanosamente un plan de fuego y haciendo ejercicios para su correcta implantación. De forma simultánea, observé atentamente a mi tripulación y a la sección durante todo este tiempo, examinando veladamente la reacción de los hombres a las distintas situaciones a medida que éstas se producían: ahora una incursión aérea, luego un bombardeo de artillería… y, especialmente, cuando disparaban las lanzaderas de cohetes Nebelwerfer alemanas, ya que eran capaces de estremecer a cualquiera con sus aullidos.

Pero por encima de todo, no perdí de vista a mi tirador, del que tanto dependería en combate. Por fortuna, el sargento mayor Valeriy Korolev, que era el tripulante más joven, se comportaba de forma calmada, no retemblaba con las explosiones y no buscaba ponerse a cubierto si no había necesidad. El resto de los miembros de la tripulación tenían experiencia de combate previa, así que confiaba en ellos.

Quiero el libro

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