Manstein trata de evitar la penetración del Grupo Popov. Manstein y la Tercera Batalla de Járkov

La visión de Mackensen y su estado mayor era completamente correcta, a saber, no podían quedarse de brazos cruzados mirando cómo el enemigo penetraba en el flanco profundo, aumentando día a día el riesgo de envolvimiento tanto del ejército panzer como del grupo de ejércitos. Había que adoptar medidas lo antes posible con el fin de alejar este peligro.

¿Cómo se veían las reflexiones de Manstein? Una vez que hubo conseguido la autorización de Hitler para abandonar el saliente del Don – Donets, la atención de su plan se dirigió a que la nueva línea defensiva, más corta, desde el mar de Azov hacia el norte hasta el Donets, fuese ocupada solo por divisiones de infantería y de seguridad.

Su intención era emplear las divisiones móviles que quedasen libres en el ala izquierda para lanzar un contraataque contra las divisiones enemigas desplegadas en el hueco existente entre el ejército panzer y el Destacamento de Ejército Lanz, y retomar el contacto con el Grupo de Ejércitos B. Este gran contraataque comenzaría una vez ocupada la posición «Topo» (Maulwurfstellung). Sin embargo, sería condición indispensable que se pudiese reconstruir una línea defensiva en todo el frente del Grupo de Ejércitos del Don. Con ese objetivo en mente dio Manstein al Primer Ejército Panzer la orden de reducir el territorio bajo su responsabilidad.

Manstein mantuvo una conversación telefónica con Zeitzler el 9 de febrero por la mañana. En ella se vio claramente que el estado mayor del Grupo de Ejércitos del Don y el OKH, Manstein y Hitler, tenían ideas distintas…

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Ataque a Androusa. Un tercio español en la península del Peloponeso. Los tercios en combate.

El asalto a los muros no salió como se esperaba. Los de dentro se defendieron como fieras, mucho mejor de lo que habían calculado los españoles, a los que veían desde las murallas silueteados por el incendio del arrabal, arrojándoles fuego griego y largándoles escopetazos y flechazos a placer por aspilleras horadadas en los muros y en las paredes de las casas, haciendo gran daño.

El escuadrón del maestre de campo llegó a la puerta de la muralla y la encontró abierta. Machicao entró corriendo con unos 20 infantes a ver si podía hacerse con la ciudad en un golpe de mano, pero acudieron multitud de turcos de todos lados y los españoles quedaron aislados en el interior antes de que pudiesen entrar más. En el combate que siguió cayó muerto Machicao de un escopetazo que le dieron en la frente. Diego de Tovar que lo vio desde fuera y que era su amigo corrió dentro a tratar de recuperar su cuerpo y se perdió también entre la multitud de soldados otomanos cayendo abatido de otro escopetazo. A ambos les cortaron las cabezas.

Las fuerzas asaltantes, disipada la sorpresa y sin el apoyo de los arcabuceros de Hermosilla sufrieron grandes pérdidas. Todavía duró el asalto algunas horas en la oscuridad. Despuntando el amanecer, los españoles se dieron por vencidos y se retiraron a reagruparse a un llano cercano. La situación era desesperada. No habían logrado tomar Androusa, había caído su maestre de campo, se hacía de día, no tenían garantías de retirarse sin que los sometiesen a persecución y hostigamiento con los caballos que habían sobrevivido y si daban a viso a las guarniciones de Modón y Navarino, el repliegue a Corón podía convertirse en una trampa mortal.

Los turcos que osaban acercarse al cuadro español, que se retiraba en buen orden, eran repelidos con salvas de arcabuz. Sin ánimo de tentar la suerte y conformándose con la victoria obtenida, se retiraron los turcos a Androusa, dejando marchar a los españoles a Corón…

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La desobediencia de Hausser. Manstein y la tercera batalla de Járkov

Manstein describió en sus memorias la decisión de Hausser para evitar el cerco como completamente acertada. Sin embargo, añadió que: «Si la retirada de Járkov la hubiese llevado a cabo un general del Heer, no hay duda de que Hitler lo hubiera llevado frente a un consejo de guerra».

Casi con toda seguridad, Manstein se refería con el comentario al destino de Sponeck, que como comandante del XXXXII Cuerpo de Ejército, dio orden a la 46.ª División de Infantería, bajo su mando, de retirarse de la península de Kerch el 29 de diciembre de 1941 a fin de evitar un cerco. Sponeck contravino una orden del Führer del 26 de diciembre de 1941, que estipulaba que cualquier unidad que fuese atacada tenía que mantenerse en sus posiciones y oponer resistencia.

En un consejo de guerra presidido por el Reichsmarschall Hermann Göring, el oficial de más alta graduación de la Wehrmacht, Sponeck fue condenado a muerte. Hitler le conmutó la pena por 6 años de confinamiento. Los casos de Sponeck y Hausser se diferencian fundamentalmente en que, aunque desde un punto de vista subjetivo ambos estaban convencidos de que esa era la única forma de salvar a sus tropas de una muerte segura a manos del enemigo, los superiores de Sponeck, que eran por aquel entonces el comandante en jefe del Grupo de Ejércitos Sur, mariscal von Reichenau y el comandante del Decimoprimer Ejército, coronel general von Manstein, no pensaban igual que él.

En el caso de Járkov, la situación era distinta. Empezando por Raus, que también tenía desplegadas algunas de sus fuerzas en la ciudad y pasando por su superior más directo, el general de tropas de montaña Lanz, hasta llegar a los dos mariscales Weichs y Manstein y al jefe del Estado Mayor General del OKH, todos coincidían en valorar como equivocada la decisión de Hitler desde el punto de vista militar; esto es, mantener Járkov a toda costa, aun a riesgo de quedar cercados. Pensaban que, de preceder de ese modo, las consecuencias serían catastróficas.

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San Telmo, ataque general del 22 de junio. Los tercios en combate. Hugo A. Cañete

El combate fue encarnizado. Se derrochó valor y corrió la sangre en ambos bandos. El esfuerzo principal otomano se llevaba a cabo, una vez más, en el puesto del coronel Mas, donde los soldados turcos trataban de arrollar el encajado terraplenado y arrojar al foso los grandes cestones de tierra con cuerdas. Entre tanto, llovían las piedras y los artefactos incendiarios entre asaltantes y defensores.

Desde San Ángel, al otro lado del Gran Puerto, los artilleros de la plataforma artillera hacían todo lo que podían por ayudar a los defensores que luchaban en aquel espolón, causando un gran daño a los atacantes. Los arcabuceros apostados en el parapeto del caballero causaron gran daño en las filas cristianas, apuntando sus armas a aquellos que parecían tener mando. Los defensores, ocupados en repeler a los asaltantes, bajaban la guardia y se descubrían, poniéndose a tiro de los tiradores de élite otomanos.

Muchos oficiales cristianos murieron así esa mañana. Los defensores, imposibilitados de bajar a la plaza de armas a por pólvora, tenían que quitársela a los muertos para seguir disparando sus armas. Ante la situación crítica que se vivía en el puesto del coronel Mas acudieron partidas de refuerzo de otros puestos y, desesperados, organizaron un contragolpe con el que obligaron a los asaltantes a retirarse de nuevo al foso. Ante el desconcierto de los bajás, que daban ya el fuerte por ganado, se dio orden de cancelar el ataque y las tropas otomanas se retiraron perplejas a sus trincheras.

Había sido la mañana más sangrienta de todo el asedio. Murieron 2.000 soldados turcos y resultaron heridos otros tantos. Por parte cristiana habían tenido que lamentar la muerte de 500 hombres, entre ellos la mayor parte los oficiales. Para entonces, quedaban en pie en San Telmo unos 100 hombres, la mayoría heridos, sin municiones, sin esperanza de recibir refuerzos y sin tener, casi, donde cobijarse…

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La Cota 197.2 en el eje de Kovel, ofensiva de 1944. Cazador de Panzers. Vasiliy Krysov

Los hombres se dispersaron como el viento. Aguantando la respiración, agarré cuidadosamente el proyectil y me giré hacia la escotilla, temeroso de tropezar con algo o de que se me cayese. Todavía estaba caliente, pero parecía que entumeciese mis manos y mi corazón.

Era tan peligroso como pesado y tenía que salir del vehículo sin que se me resbalase de las
manos. Cuando se erguí sobre mi asiento y comencé a salir por la escotilla pude ver claramente el proyectil. Examinándolo, vi que no tenía espoleta en la punta. Miré en su parte trasera, pero tampoco había allí nada salvo el culote del elemento trazador. Grité con alegría a mis tripulantes, «¡muchachos, salid! ¡Está defectuoso!», y arrojé el proyectil al suelo.

Cambiamos el SU-85 a otra posición que ofrecía una mayor ventaja para observar la localidad y abrimos fuego contra emplazamientos probables de cañones contracarro. Los alemanes devolvieron el fugo de inmediato, obligándonos a volver a cambiar de posición cada vez que efectuábamos dos o tres disparos. Intercambiamos fuego con los cañones enemigos por espacio de una hora, esperando que esto apoyase, de algún modo, a las tripulaciones de los cañones autopropulsados atascados en el barro, pero no sabíamos nada de ellos y no podíamos contactarlos por radio porque la nuestra estaba destruida. De forma inesperada, sobrevoló el bosque una escuadrilla de aviones Il-2 de ataque al suelo.

Tras efectuar varias pasadas, alcanzaron a los alemanes en Paryduby con bombas y fuego de ametralladora. Fue entonces cuando vimos a un individuo arrastrarse hacia nosotros procedente del lugar donde estaban atascados los SU-85. Era Petya Kuznetsov, un soldado del destacamento de subfusiles agregado a la batería de Zotov. Había resultado herido por impactos de bala en ambas piernas. «Soy el único superviviente»…

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