Reforzando las defensas de Kursk en el sector de Ponyri. Cazador de Panzers

Las tripulaciones pasaron los dos días posteriores a la llegada disponiendo los emplazamientos de las principales posiciones de fuego y dos posiciones de reserva para cada cañón autopropulsado.

Completamos esta infernal tarea casi sin descanso, anticipándonos a que el enemigo pudiera lanzar en cualquier momento su ofensiva. Debido al calor insoportable, nuestras guerreras estaban empapadas de sudor y nos atormentaba la sed; un quinto miembro de la tripulación que quedaba ocioso –no teníamos palas para todos- no daba a basto para traernos agua. Tras haber camuflado la última posición y haber quedado satisfechos con el trabajo, nos sentamos al fin a descansar. Teníamos las manos llenas de ampollas, pero estábamos de muy buen ánimo –¡los alemanes no nos pillarían desprevenidos!

Las tripulaciones pasaron días enteros preparando afanosamente un plan de fuego y haciendo ejercicios para su correcta implantación. De forma simultánea, observé atentamente a mi tripulación y a la sección durante todo este tiempo, examinando veladamente la reacción de los hombres a las distintas situaciones a medida que éstas se producían: ahora una incursión aérea, luego un bombardeo de artillería… y, especialmente, cuando disparaban las lanzaderas de cohetes Nebelwerfer alemanas, ya que eran capaces de estremecer a cualquiera con sus aullidos.

Pero por encima de todo, no perdí de vista a mi tirador, del que tanto dependería en combate. Por fortuna, el sargento mayor Valeriy Korolev, que era el tripulante más joven, se comportaba de forma calmada, no retemblaba con las explosiones y no buscaba ponerse a cubierto si no había necesidad. El resto de los miembros de la tripulación tenían experiencia de combate previa, así que confiaba en ellos.

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Repliegue del Primer Ejército Panzer al Grupo de Ejércitos del Don. Manstein y la Tercera Batalla de Jarkov

La impaciencia de Manstein fue creciendo conforme iba avanzando el mes de enero. Pensaba, de forma bastante realista, que era muy probable que el enemigo lanzase un ataque a corto plazo con el propósito de alejar al Cuarto Ejército Panzer de Rostov. Con la retirada del Grupo de Ejércitos A, que tanto retraso llevaba, se abría la posibilidad de recuperar la iniciativa en el sector de su grupode ejércitos.

Manstein solo podía intentar influir en esta retirada de manera indirecta, aunque la situación generada por la demora obligaba a mantener a sus ejércitos en una posición muy peligrosa. El 15 de enero, cuando las últimas formaciones de los dos ejércitos del Cáucaso estaban aún a 400 kilómetros del Don, Manstein le comunicó a Zeitzler que «había que hacer avanzar al Grupo de Ejércitos A lo suficiente como para poder liberar de su labor en ese sector al Cuarto Ejército Panzer», que marcharía entonces hacia su ala izquierda con el propósito apoyar al Destacamento de Ejército Fretter-Pico.

Lo que sacó de quicio a Manstein fue saber que el Grupo de Ejércitos A seguía llenando dos trenes diarios de soldados que se iban de permiso. Zeitzler prometió contrastar esa información inmediatamente.39 El 18 de enero se puso fin a esta sorprendente circunstancia: Hitler prohibió los permisos en todo el Frente del Este.

El 22 de enero tuvo lugar una breve conversación telefónica entre Hitler y Manstein, algo insólito. Las conexiones telefónicas entre el Grupo de Ejércitos del Don y el OKH se realizaban, sin excepción, entre el comandante en jefe del grupo de ejércitos y el jefe del Estado Mayor General o algún subalterno suyo. Hitler comunicaba sus directivas y Manstein sus informes siempre a través de Zeitzler.

En la conversación que siguió, sobre la que se volverá más adelante, se habló del destino del Sexto Ejército. Aunque desde finales de 1942 se había perdido ya cualquier esperanza objetiva de rescate, el Führer habló de la posibilidad de que el Primer Ejército Panzer pudiese contribuir desplazándose hacia el norte. Quedaría entonces solo una cabeza de puente pequeña en la península de Tamán.

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En el batallón de municiones de la 16.ª División Panzer. Supervivientes de Stalingrado

En el transcurso de los días siguientes se levantó la línea de frente principal planeada. Tras largas deliberaciones se decidió que el frente occidental debía disponerse a buena distancia del río Don con el objeto de mantenernos alejados de su pronunciada orilla occidental.

Habitamos una zanja anticarro cuya función más reciente había sido la de letrina. Nos hallábamos a unos cinco kilómetros a la retaguardia del frente occidental, donde éramos atacados a diario por los rusos, cuyo mayor interés era dicho frente. La artillería, los órganos de Stalin y la aviación nos machacaban día y noche. Trasladamos varias veces nuestras posiciones defensivas y logramos incrementar nuestro número de efectivos allí. El Regimiento de Intendencia, situado alrededor del Punto 438, tenía unos efectivos de combate de 600 hombres equipados con treinta ametralladoras MG y dos cañones contracarro de 37 mm.

Para estos últimos teníamos proyectiles contracarro de alto explosivo. A las 10:00 horas del 4 de diciembre quedamos sometidos al fuego de un carro ruso que había penetrado el perímetro. Por pura casualidad, un panzer dañado estaba siendo remolcado por una cabeza tractora a unos 100 metros del ruso. Hubo un breve intercambio de fuego. El carro ruso estalló en llamas: la tripulación salió al exterior y fue barrida. Después de que hubiésemos trabajado en la mejora de nuestros pozos de tirador sobre el terreno hasta que nos proporcionaron protección contra la nieve y la tormenta, nos ordenaron trasladarnos a Dubininski.

Gradualmente fuimos notando la reducción en las raciones. Nos daban 200 gramos de pan por día y carne de caballo. La reducción se afrontó con arrestos; al menos la moral era buena. ¡Era simplemente impensable que fuesen a permitir que todo un ejército se fuese al traste aquí!

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El Grupo de Ejércitos B lucha por sobrevivir – Enero de 1943. Manstein y la Tercera Batalla de Járkov. La estabilización del Frente del Este después de Stalingrado

El colapso del frente del Don tuvo como consecuencia que el grupo de ejércitos de Manstein tuviese que abandonar sus posiciones en el Chir, retirarse en dirección al Donets y llevar hacia el sur su ala izquierda, que se quedaba colgando en el aire. Mientras tanto, la distancia entre el caldero de Stalingrado y las líneas alemanas se iba haciendo cada vez más grande.

El aprovisionamiento del Sexto Ejército encargado a la Luftwaffe seguía sin ser el adecuado, cada vez más escaso, y la situación que se le planteaba a las cansadas tropas de Paulus era, en resumen, cada vez menos esperanzadora. Sin embargo, la principal preocupación no era ya el destino del Sexto Ejército. El principal temor era que los soviéticos fuesen capaces de estrangular y liquidar a los Grupos de Ejércitos A y del Don, asestando con ello una derrota a los alemanes de la que no se podrían recuperar. Hitler no estaba preparado aún para desviarse de su estrategia de defensa a ultranza (Haltestrategie) ni, como le insistían sus más allegados colaboradores, para autorizar acortamientos del frente que pudiesen llevar a una estabilización del mismo.

El 12 de enero de 1943 se inició la siguiente batalla del Grupo de Ejércitos B. En esa fecha dio comienzo la ofensiva del Frente de Voronezh contra el Segundo Ejército húngaro, esperada desde hacía días. En poco tiempo las líneas quedaron deshechas. Las divisiones húngaras no soportaron la presión y huyeron hacia el oeste. Había un sector del ala norte del Octavo Ejército italiano, apoyado sobre el Don, que aún no había sido atacado. Estaba defendido por el Corpo-Alpino y el XXIV Cuerpo Panzer (una división italiana y dos alemanas). Ahora corría serio peligro de quedar cercado. Las peticiones para retirar inmediatamente estas formaciones al objeto de establecer una nueva línea de frente fueron rechazadas por Hitler.

Tan solo el 18 de enero, cuando algunas formaciones emprendieron la retirada por propia iniciativa al perder el contacto con su línea de suministros, dio el OKH su aprobación para retirarse del Don. Y solo entonces, sufriendo muchas bajas, pudieron retirarse los agostados soldados hacia el suroeste, sin vehículos ni armamento pesado, teniendo que soportar temperaturas de hasta 40º C bajo cero.

Con la destrucción de las últimas formaciones aliadas del Eje, la iniciativa quedó en manos de los soviéticos en todo el teatro sur del Frente del Este. La estrategia de tener que defender a ultranza cualquier territorio conquistado sobrepasó, a todas luces, los límites de lo soportable. Pero Hitler, que se negaba a admitirlo, descargó la culpa sobre los ejércitos aliados y, contra todo sentido común, siguió aferrado a su idea.

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Michael Wittman en Villers-Bocage – Segundo ataque. As de tigres

Tan pronto como Wittmann oyó el impacto del cañón enemigo de 76,2 mm en el último de sus carros, gritó por radio a sus panzer restantes que arrancasen los motores y se preparasen para marchar sobre el objetivo a toda velocidad. La repentina aparición de un carro enemigo no era una sorpresa para Wittmann, pero lo que lo dejaba perplejo era que no lo hubiesen oído aproximarse, o quizá había estado allí todo el tiempo y esperó a que pasasen todos los blindados para dispararle al último.

Si este era el caso, la única opción para sus panzer era avanzar y tratar de tomar el cruce de carreteras. También cabía la posibilidad de que el carro enemigo hubiese circulado por las calles laterales con mucha cautela y no hubiese sido detectado por tener los comandantes panzer alemanes sus radios encendidas. El ruido de la estática de sus auriculares hubiese sido suficiente para enmascarar el sonido de un vehículo enemigo que se aproximase. En cualquier caso, no era momento de tratar de averiguar lo que había sucedido, se hacía imperante que sus panzer arremetiesen calle abajo y tomasen el objetivo.

Los tres motores Maybach de los panzer restantes rugieron acelerados por los conductores. Wittmann gritó por radio sus intenciones y dio la orden de iniciar la marcha. Sabía que quizá se estaba organizando una trampa para emboscar a su pequeño grupo de carros, pero continuar era la única cosa lógica en semejantes circunstancias. Sus vehículos circulaban y ganaban velocidad manteniendo su distancia entre ellos. Los tres comandantes panzer asomaban las cabezas bien erguidas sobre sus cúpulas blindadas con el fin de guiar a sus conductores y escudriñar los tejados y ventanas de las plantas superiores de los edificios en busca de cualquier indicio de presencia enemiga o de otros carros que estuviesen listos para abrir fuego sobre ellos.

El Tiger de Wittmann continuó a buen ritmo e hizo señales a los vehículos que le seguían para que no se quedasen atrás y continuasen con el ataque. El grado de tensión era muy elevado, ya que era crucial que llegasen y tomasen el vital cruce de la carretera de Caumont.

Bramall y la tripulación de su Firefly ocuparon su posición a la espera de la siguiente fase de la batalla urbana. Era obvio que los carros pesados alemanes tendrían que pasar por sus posiciones de disparo a menos que tratasen de avanzar por una ruta alternativa. Esa última opción parecía poco probable, ya que los panzer pesados tendrían una gran dificultad para moverse por las estrechas calles laterales de la localidad, en las que sufrirían con toda seguridad grandes restricciones a la hora de maniobrar y disparar sus cañones. La avenida de aproximación lógica era continuar por la calle principal, que tenía la anchura suficiente como para permitirles girar sus torretas y adoptar cualquier posición con la que hacer frente a un posible oponente que tratase de impedirles llegar a su objetivo. Este razonamiento afligía tanto a Bramall como a Horne, ya que serían los primeros blindados de la sección en ser destruidos si los alemanes tenían situados sus cañones en la posición de las nueve en punto….

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