La batalla de carros de Bulson – El mito de la Blitzkrieg. La campaña de 1940 en el Oeste. Karl-Heinz Frieser

Guderian, quien tras conocer el informe del contraataque francés se había dirigido hacia el frente a toda prisa, tuvo entonces que comerse sus propias palabras. Siempre había exigido que los panzer fueran empleados solo en formaciones compactas (Klotzen, nicht kleckern! ¡Pon toda la carne en el asador!) pero ahora tuvo que confirmar la decisión del comandante divisionario de enviar los panzer hacia delante en kleckerweise (a cuentagotas) –en otras palabras, compañía a compañía– según fueron cruzado el puente militar.

En esta situación, nuevamente, «cada minuto contaba» y en consecuencia no se esperó hasta que hubiera cruzado el río Mosa un batallón panzer completo o incluso un regimiento.

Krajewski atacó hacia lo desconocido solo con su compañía progresando hasta Bulson, que fue evacuado por los franceses en cuanto aparecieron los panzer, sin tener en cuenta a las fuerzas enemigas que aún estaban posicionadas allí. En su informe describe la escena decisiva que tuvo lugar en la colina 322 en torno a las 08:45:

«Atravesamos Bulson, que había sido evacuado por el enemigo, conduciendo cautelosa y lentamente, circulando en fila india, nos acercamos a la colina [322] al suroeste de la localidad. En el momento en que los primeros panzer alcanzan la cima recibimos un fuego importante. Nuestros dos blindados de cabeza encajaron varios impactos directos de piezas contracarro y ardieron».

Krajewski tuvo el tiempo justo de enviar un mensaje radio a su regimiento antes de que su carro también fuera alcanzado y tuviera que abandonarlo a toda prisa. Al sur de la cresta el corredor de Bulson se estrechaba como un embudo; aquel fue el lugar donde los blindados alemanes se dieron de bruces con las dos compañías de carros de combate francesas. Además, ocultos por los linderos de los bosques que se extendían a la izquierda y a la derecha avanzaron también dos batallones franceses de infantería, apoyados por cañones contracarro, de modo que atraparon en una pinza a la compañía alemana que se había abalanzado de cabeza hacia delante.

La principal resistencia francesa, no obstante, vino de los bosques de Fond Dagot que cerraban ese cuello de botella como un corcho. Dicho punto defensivo, que el atardecer del día anterior aún acogía el Puesto de Mando de la 55e Division d´Infanterie, había sido fortificado con búnkeres y redes de trincheras y en ellos se habían parapetado algunos restos de dicha división que ahora estaban luchando con notable determinación. Fueron las dos secciones contracarro allí posicionadas las que al inicio de la batalla hicieron blanco en dos de los panzer alemanes, incendiándolos, mientras que averiaban un tercero que se quedó parado en medio del campo de batalla.

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Moscú 1941. La batalla por la capital soviética. David Stahel. Valoraciones de otros prestigiosos historiadores

La cuarta entrega de la monumental obra sobre Barbarroja de David Stahel, decidacada a la batalla de Moscú suscitó en su momento valoraciones de diversos historiadores de prestigio que compartimos con vosotros.

«Otro excelente estudio de David Stahel, cuya minuciosa evaluación de las fuentes alemanas lleva a un revelador análisis en su conjunto». Michael Jones

«Stahel ofrece una visión fresca y definitiva sobre uno de los grandes puntos de inflexión de la Segunda Guerra Mundial, ilustrando de nuevo por qué es uno de los mayores expertos mundiales en el ataque de Hitler a la Unión Soviética. Su narrativa es intensa, sus ideas provocadoras y su investigación exhaustiva. ¡Una obra magistral!» Craig W. H. Luther

«Stahel argumenta de modo convincente que la sobreextendida, agotada e incompetentemente dirigida Wehrmacht sufrió una derrota inevitable frente a Moscú. Un relato fresco y acertado que pone de manifiesto el delirio del alto mando alemán». Jeff Rutherford

«La batalla por Moscú fue, sin duda, uno de los puntos de inflexión de la Segunda Guerra Mundial. En este estudio, cuidadosamente estructurado y bien documentado, David Stahel explora las opciones alemanas en lo que se estaba convirtiendo claramente en una campaña imposible de ganar. Se trata de Historia Militar sólida que pone en tela de juicio lo que creíamos que ya sabíamos sobre la guerra en el Este». Richard Overy

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Juegos de guerra de la Operación de Midway – ¿Arrogancia o autoengaño?

Salvo el estado mayor del Cuartel General de la Flota Combinada, todos los que participaban en los juegos de guerra estaban fascinados ante un programa tan formidable, que parecía un sueño con mucha más imaginación que consideración por la realidad.

Más fascinante aún resultaba el modo en que se ejecutaba cada operación en los juegos, sin la menor dificultad, desde la invasión de Midway y las Aleutianas hasta el asalto a Johnston y Hawái. Ello se debía, en no poca medida, a la arbitraria conducción del contraalmirante Ugaki, presidente de los juegos, que intervenía con frecuencia para anular decisiones de los árbitros.

En las maniobras de tablero, por ejemplo, se desarrolló una situación en la que el grupo Nagumo se tuvo que enfrentar a un bombardeo por parte de aviones enemigos basados en tierra mientras sus propios aparatos bombardeaban Midway. De acuerdo con las reglas, el capitán de corbeta Okumiya, oficial de estado mayor de la 4.ª División de Portaaviones y árbitro en los juegos, lanzó el dado para determinar el resultado del bombardeo y resolvió que el enemigo había conseguido nueve impactos sobre los portaaviones japoneses.

El Akagi y el Kaga se anotaron como hundidos. Sin embargo, el almirante Ugaki redujo arbitrariamente el número de impactos enemigos a sólo tres, que aún fueron suficientes para hundir al Kaga, pero que sólo dejaba al Akagi ligeramente dañado. Para sorpresa de Okumiya, incluso esa resolución revisada fue subsiguientemente cancelada y el Kaga reapareció como participante en la siguiente fase de los juegos, cubriendo las invasiones de Nueva Caledonia y las islas Fiyi.

Los veredictos de los árbitros en relación a los resultados del combate aéreo se amañaron de forma similar, siempre a favor de las fuerzas japonesas.

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Los primeros paracas británicos o como saltar por un agujero. Sky Men. Historia de las tropas aerotransportadas

«Al no tener nadie experiencia en paracaidismo cada uno tenía sus propias ideas, y a menudo dispares, de cómo entrenar mejor el salto adelante», recordaba el second lieutenant Ian Smith, integrante de los primeros saltadores de Ringway. El 11 de julio de 1940 pilotos e instructores arrojaban muñecos de 91 kg por un agujero de un metro abierto en el suelo de un bombardero Whitley, para probar los paracaídas de entrenamiento.

Dos días después, alrededor de 100 hombres del Nº 2 Commando observaron la primera demostración en vivo. «¿Cómo aterrizar?», meditó Smith. «Una corriente estaba a favor del método de las piernas separadas, otra de la voltereta hacia delante y algunos…. pensaban que la mejor manera de aprender era saltando desde una pared alta». Se mostraron dos maneras de salir del avión; el salto a través del suelo del Whitley, antiguo compartimiento de bombas, y arrojarse desde una plataforma situada en el lugar de la torreta de la ametralladora de cola, que había sido retirada. Los alumnos, que observaban a los especialistas desde tierra, apenas se sentían animados por lo que estaban presenciando.

En noviembre, Harry Ward, que había reingresado en la RAF después de dejar su espectáculo de saltos, fue nombrado instructor jefe paracaidista en Ringway. Tildó el método del «salto desde la plataforma» de completamente inoperante, porque desde el punto de vista táctico solo podía salir un hombre cada vez. «Tenías que arrastrarte hasta la cola del Whitley, pasar por la pequeña apertura para entrar en lo que había sido la torreta de la ametralladora, que ahora era una plataforma abierta [en la cola del avión], permanecer allí bajo la barra que colgaba de la cola del Whitley, agarrándose con una mano a la barra, tirando de la anilla y saliendo despedido».

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Pappenheim en la batalla de Lutzen (1632) – Batallas de la Guerra de los Treinta Años

Pappenheim asumió de inmediato el mando del ala izquierda Imperial, disponiendo de una fuerza teórica de más de 6.000 caballos contra los 2.800 jinetes y 1.000 infantes de Gustavo Adolfo —aunque teniendo en cuenta que la mitad de los Imperiales habían sido ya derrotados y que los que llegaban venían agotados por la marcha nocturna.

Pappenheim estaba resuelto a enfrentarse a Gustavo Adolfo en persona para vengarse de Breitenfeld y ganar la guerra de un plumazo. Evaluó la situación de un vistazo; el punto débil de Gustavo Adolfo era su flanco derecho abierto, muy expuesto al cuerpo de ejército recién llegado. La fuerza de Holk contraatacaría, mientras sus propios jinetes pesados, los Regimientos de Coraceros de Bredow, Sparr y Bonninghausen, apoyados por los arcabuceros a caballo de Lamboy, caían sobre el flanco y la retaguardia de Gustavo Adolfo.

Los croatas, con 1.600 jinetes, barrerían el terreno de las inmediaciones del Flossgraben en un movimiento envolvente más amplio. Habían dado casi las 13:00 horas antes de que Pappenheim estuviese listo para atacar. Los suecos habían improvisado una línea defensiva formada por mosqueteros y cañones regimentales. Cuando los Imperiales avanzaron fueron recibidos por un mortífero diluvio de fuego. Pappenheim fue uno de los primeros en caer, alcanzado por dos pelotas de mosquete y una bala de cañón.

Dando alaridos salvajes, los croatas cayeron sobre los tres escuadrones de Bulach en el extremo izquierdo. La gente de Bulach fue incapaz de hacer frente a su número y tácticas irregulares —repetidas y breves cargas en grupo, fuego de arcabuz y retiradas rápidas seguidas de nuevos asaltos. Los Protestantes estaban siendo acosados por todos los lados. Otros croatas simplemente los sortearon barriéndolo todo a su paso hasta el bagaje sueco. La munición de reserva, 100 carromatos estacionados entre Meuchen y el Flossgraben, fue capturada. El escuadrón más alejado, el Regimiento de Caballería Leib de Guillermo de Sajonia-Weimar fue presa del pánico y abandonó el campo de batalla. Por el momento Bulach estaba fuera de combate….

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