El fin del Akagi – Midway. La Batalla que condenó a Japón. Fuchida y Okumiya

La visibilidad era buena. Sin embargo, las nubes se cerraban a unos 3.000 metros y, aunque había algunos claros, proporcionaban un buen lugar donde ocultarse a aparatos
enemigos que se acercaran.

A las 10:24 llegó por el tubo acústico la orden de iniciar el lanzamiento. El oficial de operaciones aéreas agitó una bandera blanca y el primer caza Zero ganó velocidad y abandonó zumbando la cubierta. Al instante, un vigía exclamó: «¡Bombarderos en picado!». Levanté la vista y divisé tres negros aviones enemigos que picaban contra nuestro barco.

Algunas de nuestras ametralladoras consiguieron dispararles algunas ráfagas frenéticas, pero era demasiado tarde. Las rechonchas siluetas de los bombarderos en picado «Dauntless» norteamericanos aumentaron rápidamente su tamaño y, de repente, varios objetos negros se separaron espeluznantemente de sus alas. ¡Bombas! ¡Venían directamente hacia mí! Me dejé caer intuitivamente sobre cubierta y me arrastré tras el mantelete de un puesto de mando.

Al terrorífico alarido de los bombarderos en picado siguió la devastadora explosión de un impacto directo. Hubo un fogonazo cegador y, a continuación, una segunda explosión aún más fuerte que la primera. Fui sacudido por una sobrecogedora onda de aire caliente. Aún hubo otra sacudida, pero menos fuerte; al parecer, una bomba que falló por poco. Entonces siguió una llamativa calma con el cese repentino de los aullidos de las armas. Me levanté y miré al cielo. Los aviones enemigos ya estaban fuera de la vista.

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El B-26 Marauder que sobrevoló la cubierta del Akagi. Midway – La derrota que condenó a Japón. Fuchida y Okumiya

Momentos más tarde se escuchó a un vigía de la parte superior del puente que gritaba: «Aproximándose seis aviones basados en tierra, 20 grados por estribor. Sobre el horizonte».

Escrutando el cielo a estribor vi, efectivamente, los aviones enemigos volando en fila de a uno. Parecía como si el enemigo hubiera planeado un ataque convergente desde ambos flancos cuya sincronización hubiese fallado, afortunadamente para nosotros. Nuestros cruceros abrieron fuego a continuación de los destructores de vanguardia. En ese momento, el acorazado Kirishima, a estribor del Akagi, descargó sus principales baterías contra los atacantes.

Pero seguían acercándose, volando a poca altura sobre el agua. Negras explosiones de fuego antiaéreo se multiplicaban a su alrededor, pero ninguno de los incursores caía. Cuando los cañones del Akagi comenzaron a disparar, tres Zero se arriesgaron al fuego de
nuestra propia barrera antiaérea y picaron sobre los aparatos norteamericanos. En unos instantes fueron incendiados tres aviones enemigos, que se estrellaron en el agua.

Los otros tres aparatos mantuvieron valientemente su curso y soltaron, finalmente, sus torpedos. Liberados de su carga, los aviones atacantes viraron abruptamente a la derecha y se alejaron, excepto el avión de cabeza, que pasó por encima del Akagi, de estribor a babor, casi rozando el puente. Se vio claramente la estrella blanca en el fuselaje del avión, un B-26. Inmediatamente después de cruzar nuestro barco estalló en llamas y se precipitó en el mar.

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La obligada pausa operacional de la Wehrmacht en noviembre. Moscú 1941 – David Stahel.

Los objetivos de la Wehrmacht nunca estuvieron condicionados a los requerimientos del jefe de intendencia, lo que causó sobreextensión en todas las grandes ofensivas de 1941. Como afirmó Hans Jürgen Hartmann a primeros de mes, noviembre no iba a ser diferente:

«Aunque nadie hable de ello, todos nosotros sentimos una pesada carga que nos oprime el alma cuando pensamos una y otra vez en el avance sobre Moscú. Sabemos por los boletines de la Wehrmacht donde están aproximadamente nuestras tropas y donde estará el Schwerpunkt [punto de máxima concentración de la fuerza]… En definitiva, cuando miro hacia el este y veo las grises e imponentes nubes de noviembre que se nos echan encima, empiezo a temer que hayamos quedado peligrosamente sobreextendidos».

Ilustrando aún más la cuestión estaba la observación de Helmut Günther de que su división (la 2.ª División de las SS Das Reich) no tenía a menudo más que unos pocos cartuchos de munición por fusil y una sola cinta de balas para la ametralladora.

De igual modo, el Regimiento de Infantería Grossdeutschland, de élite, informó de que no podía almacenar la más mínima cantidad de provisiones para una operación futura, ya que todo le era necesario para mantener la operatividad sobre el terreno. Generalmente, las SS y los grupos panzer eran las formaciones mejor aprovisionadas del Ostheer, pero para noviembre hasta éstas padecían una enorme escasez

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Winters y la Compañía Easy en Berchtesgaden. Más allá de Hermanos de Sangre

En años recientes se ha cernido la controversia sobre qué unidad capturó Berchtesgaden. ¿Fue la 2.ª División Acorazada francesa, los «Algodoneros» del 7.º Regimiento de Infantería de la 3.ª División de Infantería o los paracaidistas del 506.º PIR de Sink? Ciertamente, la 3.ª División de Infantería del mayor general John W. «Iron Mike» O’Daniel tomó la vecina Salzburgo sin oposición y puede que algunos de sus elementos de vanguardia hubieran entrado en Berchtesgaden antes de que llegáramos nosotros en gran número, pero dejemos que hablen los hechos por sí mismos.

Si la 3.ª División fue la primera en llegar a Berchtesgaden, ¿adonde fueron? Berchtesgaden es una comunidad relativamente pequeña. Cuando entré en el Berchtesgaden Hof con el teniente Welsh, ninguno de nosotros vio a nadie más salvo al personal del hotel. El club de oficiales de Goering y su bodega hubieran llamado sin duda la atención de un francés de la 2.ª División Acorazada de LeClerc o a un fusilero de la 3.ª División. Pienso que es inconcebible imaginar que de haber sido la 3.ª División la primera, hubieran dejado allí aquellos bonitos coches Mercedes intactos para nuestros hombres.

Las historias de los regimientos o las divisiones proporcionan versiones contradictorias. En Rendezvous with Destiny, la historia oficial de la 101.ª División Aerotransportada, el 506.º PIR había llegado tarde, pero os puedo asegurar que hay miembros del 2.º Batallón que tienen diversos recuerdos y fotografías para probar que no lo hicimos tan mal a la hora de tener nuestra parte del botín en Berchtesgaden durante los últimos días de la guerra en Europa.

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La primera oleada despega del Akagi con dirección a Midway

«¡Aviadores, reunión!», a la que siguió una apresurada carrera de pilotos hacia la sala de reuniones, situada bajo el puente. Demasiado cansado para seguirles, me quedé solo en el puesto de control de vuelo. Pronto estuvieron de vuelta en cubierta corriendo hacia los aviones. El oficial de operaciones aéreas regresó al puesto de control y empezó a gritar órdenes en rápida sucesión.

«¡Todos a sus puestos de lanzamiento!».
«¡Arranquen motores!».
«Capitán, ponga proa al viento e incremente velocidad hasta una relativa de 14 metros». Se arrancaron los motores y furiosas llamas blancas salieron a chorro de los tubos de escape. La cubierta de vuelo pronto se convirtió en un infierno de ruido ensordecedor. El teniente de navío Takehiko Chihaya, llegó corriendo a toda velocidad, se paró un instante a la altura del puesto de control de vuelo y me dijo adiós.

Le deseé suerte y lo contemplé como bajaba ágilmente por una escalera y saltaba a la cabina de su bombardero en picado líder, situado cerca de la base del puente. Las luces de sus alas se encendieron, indicando que estaba listo, y pronto brillaron en la oscuridad las luces azules y rojas de todos los aparatos.

«Todos los aviones preparados, señor», informó un ordenanza. De repente los focos iluminaron la cubierta de vuelo, transformando la noche en día. «Aviones listos para el despegue, señor», informó el oficial de operaciones aéreas al capitán del barco. El Akagi navegaba completamente proa al viento con la velocidad aumentada y el anemómetro indicó la velocidad del viento requerida. Del puente llegó la orden, «¡Inicien lanzamiento!». El oficial dibujó un gran círculo en el aire moviendo una lámpara verde de señales.

Un caza Zero, que iba en cabeza de la bandada de impacientes pájaros de guerra, aceleró el motor, ganó velocidad por la cubierta de vuelo y se elevó en el aire, acompañado de un estruendoso vitoreo por parte de la tripulación del Akagi. Gorras y manos se agitaron vigorosamente en el resplandor de las luces de cubierta.

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