Cómo detener a los carros T-34 – un problema en las líneas alemanas. Moscú 1941

No solo perjudicaba el estado de las tropas alemanas a su capacidad y voluntad de atacar, sino que también las hacía mucho menos fiables a la defensiva contra los contraataques locales soviéticos. Y lo más preocupante de todo era el efecto de los T-34 soviéticos, que mostraban una notable capacidad para mantener su velocidad en el hielo y en la nieve.

Mantener la línea contra estas formidables máquinas había sido siempre un desafío para la infantería alemana, pero en los estadios finales de la ofensiva hacia Moscú había muy pocos cañones contracarro en primera línea (en parte como resultado de las pérdidas y en parte porque el avance continuaba a expensas de no llevar al frente equipo pesado). Con la moral alemana tan baja, el resultado fue que el «pánico a los carros de combate» se convirtió en una de las mayores amenazas para las unidades debilitadas y pobremente equipadas.

Se sabía que el cañón contracarro de 37 mm estándar era inefectivo a menos que tuviese la fortuna de alcanzar puntos débiles tales como el lugar del mantelete donde se fijaba la ametralladora. Las soluciones más comúnmente discutidas fueron emplear el poderoso cañón antiaéreo de 88 mm en el rol de defensa terrestre o traer los cañones pesados K18 de 100 mm de la sección de artillería. Sin embargo, su número era muy reducido (622 cañones de 88 mm y 300 cañones de 100 mm al inicio de la Operación Barbarroja) y ambos eran voluminosos, pesados y presentaban un gran perfil.

Esto significaba que llevaba mucho tiempo traer estos cañones al frente y construir emplazamientos para ellos, que solo funcionaban si la ubicación del ataque soviético podía preverse con antelación. Emplear un cañón de 88 mm sin poder atrincherarlo primero, como sucedió tantas veces una vez que se congeló el suelo, exponía a su dotación y al propio cañón a un riesgo mucho más alto debido a que el perfil (y por tanto el blanco) era muy alto…

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Franceses y Holandeses: Nuevo asalto fallido a la Flota de Indias (1644). El León contra la Jauría Vol II

Con la llegada de la flota holandesa se dispuso un nuevo ataque en noviembre, ahora contra la Flota de Indias que regresaba en dicho mes. Los portugueses con un nuevo jefe supremo, Tristán de Mendoça, poco ducho en cuestiones navales, y con los holandeses que, más atentos al lucro que a la lucha, habían aprovechado el viaje y estancia en puertos portugueses para comprar y cargar en sus barcos una buena cantidad de sal, materia prima indispensable para su gran industria de salazones de pescado.

Tal vez pensaran que el triunfo sería fácil, y que así se ahorraban la travesía del Atlántico
para conseguirla en las salinas americanas. Pero en Madrid se era muy consciente del peligro, así que se dieron órdenes para formar una potente escuadra que saliera al encuentro de la Flota de Indias y la escoltara en su última etapa del viaje. Para ello se combinaron la armada o escuadra de Galicia, todavía al mando de D. Andrés de Castro, el almirante de Oquendo en Las Dunas, la de Nápoles al de D. Martín Carlos de Mencos, y la de galeones, al de D. Pedro de Ursúa, sumando 23 o 24 buques en total.

El mando supremo se dio al duque de Ciudad Real, por entonces gobernador de Cádiz, gran soldado pero sin experiencia marinera, en substitución del duque de Maqueda, enfermo. El 4 de noviembre avistaron a la flota enemiga, atacándola decididamente pese a su inferioridad y derrotándola en un duro combate que duró desde las 9 de la mañana a las 11 de la noche. Desgraciadamente las relaciones del combate son confusas y contradictorias, pero coinciden en la victoria española y en la retirada de los aliados, dándose por seguro que los primeros perdieron al menos dos buques por uno los españoles.

Los holandeses abandonaron la campaña y terminaron en puertos ingleses, renunciando a proseguir con las operaciones. La retirada portuguesa también fue catastrófica, pues su jefe, Mendoça, al desencadenarse un temporal, pasó con su hijo y el dinero de la flota a un bergantín, abandonando su buque insignia muy averiado. Paradójicamente el galeón llegó salvo a puerto, mientras que el bergantín se perdió, muriendo todos los que iban en él…

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El hundimiento del crucero pesado Mikuma – Midway, la batalla que condenó a Japón

La preocupación más inmediata era por la seguridad de los cruceros dañados, Mikuma y Mogami, y de los destructores que les acompañaban, Arashio y Asashio. Esos temores se materializaron a las 06:30 horas, cuando se recibieron noticias del capitán Shakao Sakiyama del Mikuma, «Avistados dos aparatos enemigos procedentes de portaaviones».

Los sucesivos informes de los acosados buques ofrecen la crónica de los acontecimientos con total claridad:

«Atacados por seis bombarderos en picado que consiguen un impacto. Avistado un hidroavión enemigo».

«Nos siguen tres hidroaviones enemigos. Parece que fuerzas enemigas de superficie se han unido a la persecución».

«07:45. El Mogami ha recibido un impacto que le ha causado daños menores. Tres aviones derribados».

«08:00. Nos persiguen portaaviones enemigos y otros barcos que operan en la zona. Nos dirigimos a la isla Wake. Nos hallamos a 710 millas de isla Wake navegando con rumbo 30 grados».

Los cruceros dañados habían alcanzado un punto situado a 500 millas al oeste de Midway cuando atacó la primera oleada de aviones enemigos embarcados. En dicho ataque, el Mikuma fue tocado una vez y el Mogami dos, pero las bombas sólo infligieron daños menores. Sin embargo, sucesivos ataques provocaron más impactos y más daños. Cinco bombas que acertaron al Mikuma a las 10:30 causaron incendios por todo el barco, obligándolo a detenerse.

La furia de los incendios se incrementó rápidamente hasta que, a las 10:58, causaron
una tremenda explosión interna que descartó toda esperanza de salvar el barco. Se estaban llevando a cabo esfuerzos para transbordar a su tripulación a un destructor cuando, a las 12:00, llegó otro ataque de 10 aviones que se anotó más impactos y envió el crucero a las profundidades.

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El fin del Yortktown – Midway. La batalla que condenó a Japón

Los preparativos terminaron a las 12:45 horas y los 16 aviones se elevaron de la cubierta de vuelo rumbo al enemigo. Inmóvil cual estatua, el almirante Yamaguchi contempló el ordenado despegue, liderado por un hombre que sabía que no regresaría.

Todos los espectadores permanecían graves y en silencio, desgarrados por este cruel aspecto de la guerra que no dejaba margen a los sentimientos humanos. Uno tras otro, fueron despegando los aviones. Las manos se alzaron en silenciosa despedida y de todos los ojos brotaron lágrimas. A las 14:26 el grupo de ataque avistó un portaaviones enemigo con varias unidades de escolta a unas 10 millas de distancia y Tomonaga ordenó a sus pilotos cerrar la formación para el ataque.

Cazas de protección enemigos intentaron la intercepción pero en seguida les hicieron frente los Zero de escolta, mientras los torpederos se ponían en posición contra el portaaviones. A las 14:32 Tomonaga ordenó a sus aviones romper la formación de aproximación y separarse para realizar lanzamientos sobre el objetivo desde varias direcciones. Dos minutos más tarde ordenó el ataque. Lanzándose desde una altitud de 2.000 metros hasta unos cientos de metros del agua, los aviones fueron derechos al portaaviones norteamericano.

A las 14:45 un mensaje de radio informó de dos impactos de torpedo en el buque, que se identificó media hora después como de la clase Yorktown.

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El «terror a los carros» – KV-1 frente a Panzer III. Moscú 1941

Los carristas de la división panzer de Veiel, que solo llevaban seis semanas en el frente oriental, acabaron por descubrir el alarmante problema de alcanzar repetidamente a un T-34 soviético sin efecto alguno. Peor aun, la 5.ª División Panzer de Fehn, que era también una adición reciente al Grupo de Ejércitos Centro, informó del enfrentamiento entre un carro pesado KV-1 soviético y tres Panzer III y un cañón contracarro de 37 mm.

Moscú 1941

La suerte del KV-1 no quedó registrada, pero los tres carros alemanes resultaron destruidos. Como recordaba un carrista alemán en su diario el 20 de noviembre, tras acercarse a quemarropa en un combate contra un KV-1 dañado: «Le hicimos treinta disparos. Ninguno logró perforarlo. No había diez centímetros donde no hubiese un impacto directo. Nunca habíamos experimentado nada parecido».

Si las divisiones panzer estaban teniendo problemas con los nuevos modelos de carros soviéticos medios y pesados, el efecto sobre las divisiones de infantería, más pobremente equipadas, fue mucho peor.26 Blumentritt observó que estas formaciones «se sentían desvalidas e indefensas» y que se necesitaba urgentemente un nuevo cañón contracarro de al menos 75 mm de calibre. Sin embargo, como subrayaba Blumentritt, la ausencia de tal arma «marcó el comienzo de que lo acabaría llamándose el “terror a los carros”».

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