Patton sobre Montgomery en Las Ardenas

Mientras Bradley y yo discutíamos los planes para una operación combinada entre los Primer y Tercer Ejércitos, llamó Eisenhower e informó a Bradley que le iba a dar a Montgomery el mando operacional de los Primer y Noveno Ejércitos de Estados Unidos, ya que las comunicaciones telefónicas entre Bradley y estos ejércitos estaban atravesando dificultades. En realidad esto no era del todo cierto, y me pareció por entonces que estaban dejando de lado a Bradley, bien por falta de confianza en él o bien por ser la única manera que tuviera Eisenhower de evitar que Montgomery se «reagrupara».

Hablar de la falta de velocidad de Montgomery me recuerda algo que el sargento Meeks me dijo al principio cuando comenzábamos las operaciones y Montgomery estaba aguantando valerosamente en Caen mientras nosotros llevábamos la iniciativa. El sargento Meeks observó: «por Dios, general, si el general Montgomery no hace por moverse a esos soldados británicos les van a crecer algas y lapas en su pie izquierdo de tanto estar en el agua».

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La batalla de la Montaña Blanca – se desmorona la línea protestante

Atrás, en la línea de defensa, Thurn había reunido a la caballería de vanguardia y la había enviado a juntarse con Bubna-Solms. Por desgracia, cuando vieron a la gente de Bucquoy precipitándose hacia ellos perdieron los nervios y huyeron de nuevo, barriendo a Bubna en su retirada y dispersando también a la mayor parte de la caballería real.


En el flanco norte, los alrededor de 400 cosacos que estaban con Tilly se habían abalanzado contra los 2.000 húsares de Korni y los estaban haciendo retroceder mediante una larga escaramuza.
Para las 13:15 horas el grupo de Bucquoy había dejado aislado al Regimiento de Caballería de Solms, capturado al propio Solms y alcanzado la línea de la cima. Los cinco reductos adelantados habían sido arrollados con facilidad, unos por Bucquoy y otros por Tilly. A medida que los restos de Thurn y de la caballería pasaban en avalancha, los valones de Verdugo y los italianos de Spinelli marcharon contra Hohenlohe. Aquellas unidades se derrumbaron sin disparar un tiro; el Regimiento de Infantería de Kaplir y la mayor parte del 2º escalón siguieron su ejemplo. Los húsares de la retaguardia comenzaron a alejarse. En el Palacio de la Estrella, alarmado Sajonia-Weimar por la llegada de Tilly, envió a pedir ayuda a Kornis. «Ya no deseo ser alemán», dijo dramáticamente, «¡sino húngaro!».
«¡Germani currunt!», informó Kornis, abandonando el campo de forma pragmática.

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Market-Garden – Los panzer llegan a Arnhem

La columna, una mezcla de ocho obsoletos Panzer III y algunos de los más modernos y potentes Panzer IV, siguió avanzando. La información, recuerda, es escasa; ellos «sabían que los paracaidistas habían aterrizado en Arnhem pero no sabía nada sobre la flota de planeadores que había fuera de la ciudad». Rodando adelante, empezaron a ver las consecuencias de los combates recientes: «había vehículos destruidos y partes de cuerpos en arbustos en las calles y en lso árboles».

No estaban acostumbrados a semejantes escenas, y la tensión aumentó cuando se acercaron al centro de la ciudad. Kracht admitió que: «nosotros, los jóvenes ‘combatientes’ de la 6.ª Compañía de carros de combate de Bielefeld, ¡estábamos horrorizados!». Esto no era lo que esperaban los inexpertos reclutas y Kracht no eran una excepción:

«Personalmente sentía lago de aprensión mientras nuestros carros entraban en Arnhem. Aún tenía que superar la conmoción ante la destrucción y los cadáveres que yacían en la cuneta. ¿Tal vez íbamos a ser la próxima víctima de los cañones anticarro británicos? Este sentimiento creció cuando la compañía perdió sus primeros carros».

Los carros empezaron a aproximarse al puente de carretera de Arnhem desde el este, usando las casas en la carretera de la ribera para cubrirse. «¡Había muchos Tommies escondidos en los sótanos!», comentó Kracht. «Fueron sacados de ellas por los granaderos panzer que nos acompañaban….

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El sitio de Frankenthal 1621 – los Tercios en el Rin

Aquella noche se empezaron las trincheras, adelantándose notablemente. Al día siguiente, que fue diez de octubre, sacó el enemigo cosa de 30 soldados protegidos por un escuadrón de unos 200, poniéndolo pegado a sus fortificaciones en una parte donde no podía ser descubierto, por estar entre éstas y nuestra vanguardia de las trincheras el riachuelo antes mencionado que desagua en el Rin. Junto a este riachuelo hay de nuestro lado un dique, tras el cual se emboscó esta gente e hizo subir por encima cosa de 30 tiradores o poco más.

A su encuentro salieron con más valor que recato algunos soldados Españoles e Italianos con el capitán Cepeda y el sargento mayor Cacha de los Napolitanos, adelantándose tanto que no contentos con echar del dique a los enemigos los quisieron seguir, pasando el riachuelo por un puentecillo muy estrecho donde quedaron expuestos a toda la mosquetería de la gente que estaba abajo, con pérdida de siete u ocho de los nuestros, aunque a lo que se pudo juzgar, no la tuvieron menor los enemigos, ayudando también a ponerlos en retirada la compañía de caballos borgoñones del barón de Scey, que los acometió valerosamente.

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El infierno de Baburkin y la 44.ª División de Infantería – Supervivientes de Stalingrado

Eberhard Pohl era comandante del 1.er Batallón de la 44.ª División de Infantería relata en relación con los combates de Baburkin:

«El 4 de diciembre lanzaron los rusos un gran ataque con una preparación artillera masiva y carros de combate con lanzallamas. Las tropas de asalto iban sentadas en los chasis de los carros hasta que caían víctimas de los disparos. Pese a todo, la fuerza enemiga aplastó al 2.º Batallón del capitán Schida y aniquiló a una de mis propias compañías, ambos en mi derecha. El capitán Schmidt, comandante de la compañía, resultó herido. Era la típica escena de una gran batalla. Los carros de combate enemigos se paseaban por doquier con sus mortíferas armas, incluida nuestra retaguardia; otros carros estaban calcinados después de haber sido alcanzados por el fuego de nuestros cañones contracarro. Todos los cables telefónicos habían sido cortados por las orugas de los blindados, los cañones contracarro aplastados y la telegrafía por radio neutralizada. Por aquí nuestros propios hombres corrían hacia retaguardia, por allá los rusos con ametralladoras y subfusiles corrían disparando sobre nosotros. Tanto nuestros proyectiles como los suyos estallaban a nuestro alrededor.

Todo el mundo disparaba en el puesto de mando de mi batallón. Con sangre fría matamos a todo comandante de carro que fuese asomado por la escotilla para guiarse mejor, y con un fuego preciso derribamos a cualquiera que se acercase demasiado. ¡En momentos de mayor peligro hasta la última bala cuenta!

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