Michael Wittman en Villers-Bocage – Segundo ataque. As de tigres

Tan pronto como Wittmann oyó el impacto del cañón enemigo de 76,2 mm en el último de sus carros, gritó por radio a sus panzer restantes que arrancasen los motores y se preparasen para marchar sobre el objetivo a toda velocidad. La repentina aparición de un carro enemigo no era una sorpresa para Wittmann, pero lo que lo dejaba perplejo era que no lo hubiesen oído aproximarse, o quizá había estado allí todo el tiempo y esperó a que pasasen todos los blindados para dispararle al último.

Si este era el caso, la única opción para sus panzer era avanzar y tratar de tomar el cruce de carreteras. También cabía la posibilidad de que el carro enemigo hubiese circulado por las calles laterales con mucha cautela y no hubiese sido detectado por tener los comandantes panzer alemanes sus radios encendidas. El ruido de la estática de sus auriculares hubiese sido suficiente para enmascarar el sonido de un vehículo enemigo que se aproximase. En cualquier caso, no era momento de tratar de averiguar lo que había sucedido, se hacía imperante que sus panzer arremetiesen calle abajo y tomasen el objetivo.

Los tres motores Maybach de los panzer restantes rugieron acelerados por los conductores. Wittmann gritó por radio sus intenciones y dio la orden de iniciar la marcha. Sabía que quizá se estaba organizando una trampa para emboscar a su pequeño grupo de carros, pero continuar era la única cosa lógica en semejantes circunstancias. Sus vehículos circulaban y ganaban velocidad manteniendo su distancia entre ellos. Los tres comandantes panzer asomaban las cabezas bien erguidas sobre sus cúpulas blindadas con el fin de guiar a sus conductores y escudriñar los tejados y ventanas de las plantas superiores de los edificios en busca de cualquier indicio de presencia enemiga o de otros carros que estuviesen listos para abrir fuego sobre ellos.

El Tiger de Wittmann continuó a buen ritmo e hizo señales a los vehículos que le seguían para que no se quedasen atrás y continuasen con el ataque. El grado de tensión era muy elevado, ya que era crucial que llegasen y tomasen el vital cruce de la carretera de Caumont.

Bramall y la tripulación de su Firefly ocuparon su posición a la espera de la siguiente fase de la batalla urbana. Era obvio que los carros pesados alemanes tendrían que pasar por sus posiciones de disparo a menos que tratasen de avanzar por una ruta alternativa. Esa última opción parecía poco probable, ya que los panzer pesados tendrían una gran dificultad para moverse por las estrechas calles laterales de la localidad, en las que sufrirían con toda seguridad grandes restricciones a la hora de maniobrar y disparar sus cañones. La avenida de aproximación lógica era continuar por la calle principal, que tenía la anchura suficiente como para permitirles girar sus torretas y adoptar cualquier posición con la que hacer frente a un posible oponente que tratase de impedirles llegar a su objetivo. Este razonamiento afligía tanto a Bramall como a Horne, ya que serían los primeros blindados de la sección en ser destruidos si los alemanes tenían situados sus cañones en la posición de las nueve en punto….

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Amílcar en Isphanya – la conquista del interior de la península Ibérica. Las campañas militares de Amílcar Barca

De esta manera, ante la proximidad de los cartagineses, el ejército hispano se desplegó tomando las posiciones más ventajosas que pudo para hacer frente a los hombres de Amílcar Barca, que no tardaron en presentarse mediante la llegada de la avanzadilla de los jinetes númidas que era seguida a corta distancia por la caballería pesada comandada por Himilcón, que se colocó a un lado de la llanura.

Amílcar hacía desfilar a sus tropas para que los enemigos fueran conscientes de lo que se les venía encima. Acto seguido compareció la infantería con sus relucientes corazas y cascos de bronce. El caudillo cartaginés, había imaginado el tremendo impacto que podían producir los elefantes de guerra en aquellas gentes, en consecuencia los había escondido en un pequeño bosque de encinas, como había hecho en la última batalla ante las murallas de Tunis contra Mato y sus insurrectos.

Sin más demoras que las justas, Amílcar dispuso dos formaciones de falange compuestas por hoplitas libio-fenicios, tras sus enormes escudos redondos, y con las largas sarisas preparadas en el centro de su formación. Para reforzar su posición, en sus flancos situó, formados en apretadas filas en orden cerrado, dos columnas de infantería pesada compuesta por los espartanos y los itálicos, en cuadros de sintagmas, armados con corazas de bronce, escudos, cascos y toda la parafernalia militar helénica habitual; a cuyo lado se situó el príncipe Naravas con sus dos mil jinetes númidas.

Los dos ejércitos estaban formados y enfrentados. El espectáculo bélico era soberbio. Antes de comenzar la batalla Amílcar, que no temía el combate a pesar de que los turdetanos, celtas y lusitanos casi triplicaban sus fuerzas, envió parlamentarios al campo enemigo para intentar negociar la paz. Temía masacrar a los hispanos, y si pensaba fundar una nueva raza con las mujeres de Isphanya, era mal camino a seguir por cuanto no era conveniente que los varones propagaran la idea de que los meridionales habían llegado a sus tierras para exterminarlos y robarles a las viudas…

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Michael Wittman en Villers-Bocage – Primer ataque. As de tigres

El mayor Carr, segundo al mando de la plana mayor regimental del 4.º Yeomanry se había percatado ya de la aproximación de Wittmann, así que se adelantó en su carro de combate Cromwell, con cañón de 75 mm, tratando de averiguar qué demonios estaba pasando.

Oyó los disparos, pero no estaba seguro de si se trataba del ataque de toda una compañía panzer alemana o si era fuego de artillería cayendo sobre la vanguardia de su posición. A medida que avanzaba vio aparecer, para su absoluta sorpresa, un Tiger I solitario a través de la cortina de humo negro y aceitoso que desprendían los vehículos de la Brigada de Fusileros. El mayor Carr no tuvo tiempo de hacer nada más, solo de dar a su tirador una frenética orden de fuego y de ayudarlo a apuntar al blanco lo más rápida y humanamente posible. El Cromwell del mayor Carr solo fue capaz de disparar un proyectil de 75 mm al enorme Tiger I de Wittmann, que rebotó sin daño ni efecto alguno.

Wittmann no vio el Cromwell del mayor Carr hasta segundos antes de que este disparase contra su panzer en movimiento. Se dejó caer al interior de la torreta desde la cúpula solo fracciones de segundo antes de que el proyectil de 75 mm impactase en el mantelete frontal y estallase. Tan pronto como el disparo de Carr impactó en el Tiger, Woll giró la torreta a la posición de las diez en punto y mientras lo hacía, oyó y sintió al cargador meter otro proyectil perforante de 88 mm en la recámara, dejando el cañón listo para arremeter contra el Cromwell.

En cuanto Woll tuvo al carro británico en su punto de mira, presionó el disparador y salió el proyectil. Éste impactó y penetró en la parte baja frontal de la torreta del carro de Carr, que comenzó a arder de forma violenta de inmediato. Wittmann ordenó entonces a Woll que girase la torreta hacia la derecha para acabar con los vehículos que quedasen todavía en la carretera de la Brigada de Fusileros. Los siguientes en la línea eran dos carros de observación OP M4A4 Sherman que montaban cañones simulados de madera como señuelo…

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La batalla de Bagradas – Guerra Inexpiable. Las campañas de Amílcar Barca. De la I Guerra Púnica a Iphanya

Otro ejército amotinado, avisado de las intenciones púnicas, dejó los alrededores de Útica, que estaban sitiando una vez más, y en un número aproximado de quince mil combatientes intentaron cercar a Amílcar por la espalda.

A la vista de los acontecimientos, el Bárcida reorganizó sus tropas de tal manera que la caballería y los escuadrones de elefantes, que estaban en vanguardia, maniobraron por los extremos de la formación cartaginesa hacia la retaguardia de la misma al tiempo que la falange y la infantería pesada abandonaba esta posición y se desplegaba en orden cerrado frente al enemigo. Al ver las ordenadas maniobras del ejército de Amílcar, los amotinados se confundieron y creyeron que se batía en retirada y atacaron en un desorden poco aconsejable para entrar en combate y, menos aun, contra Amílcar Barca.

La división rebelde que llegaba desde Útica chocó contra las compactas filas de la falange libio-fenicia y la infantería pesada italoespartana y comenzó a sufrir su fuerza de combate, enseguida las pérdidas de los rebeldes fueron muy cuantiosas ante la muralla de acero púnica que avanzaba con las sarisas en ristre y los alanceaba al son de los tambores y las trompetas de combate. Poco después, la infantería ligera cartaginesa completaba la labor y atacaba a los rebeldes por su retaguardia y los obligaba a retirarse sin ningún orden y dejando cuantiosas pérdidas humanas sobre el campo de batalla.

El contingente dirigido por Espendio, que llegaba en ayuda de sus camaradas desde el campamento que custodiaba el puente, se encontró con sus compañeros de Útica derrotados y que se retiraban desmoralizados y en desorden hacia donde estaban sus filas. Espendio era resolutivo y enérgico, aunque un mal militar, e intentó reorganizar las líneas de los derrotados que huían para colocarlas junto a las suyas, pero se vio sorprendido por la irrupción de la caballería númida, la caballería de la Banda Sagrada y los elefantes de Amílcar que destrozaron sus flancos, mientras que la falange y la infantería pesada cartaginesas, ordenadamente, maniobraban para enfrentar a los hombres de Espendio, situaban y afirmaban las posiciones del campo de batalla, al tiempo que masacraban a cuantos le presentaban batalla en su avance imparable y destructor….

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Formación de comandante y tirador en la Escuela Panzer – Michael Wittmann. As de Tigres.

Pese a lo avanzado del entrenamiento, Wittmann todavía no estaba seguro de hasta qué punto se convertiría Woll en un buen tirador. En el futuro, Woll sería el responsable de si sobrevivían durante un duelo de carros con el enemigo; sus vidas estarían en sus manos.

Para ser justos, sería necesario el esfuerzo conjunto del equipo para sobrevivir a cualquier enfrentamiento, tal y como se le había inculcado a cada tripulación panzer desde el comienzo del entrenamiento. Aún así, solo el tirador podía destruir al vehículo enemigo y, por tanto, recibía un entrenamiento lo más intensivo posible. Wittmann guio cuidadosamente a Woll hasta los blancos de oportunidad y se aseguraba por partida doble de que su tirador disparaba a los blancos correctos en el campo de tiro, etc.

Durante estas sesiones de disparo, Wittmann debía permanecer de pie a través de la cúpula de la torreta agudizando constantemente el ojo con el fin de asegurarse de que escogía los blancos apropiados. Como esperaba, Woll tenía un problema a la hora de ver por su mira telescópica mientras el vehículo estaba en movimiento. La marcha distorsionaba enormemente su visión y las vibraciones armónicas del interior le hacían casi imposible ver a través de su dispositivo óptico.

Al principio, ponía la cabeza directamente en su telescopio y trataba de seguir lo que sucedía en el exterior y localizar paneles de blancos que le señalase Wittmann en el campo de tiro. Esta era una práctica muy sensata, siempre y cuando Kirschmer no pisase a fondo los frenos por alguna razón en el último momento antes de disparar y provocase daños en los ojos o en la cara de Woll. Solo tuvo que sufrir una mala experiencia, viendo su cara aplastada contra el dispositivo óptico, para tener muy presente que no le volvería a suceder. Era bastante obvio que Woll tenía que depender en gran medida de las instrucciones de su comandante, ya que él (y otros tiradores) tenían una gran dificultad para localizar blancos, especialmente si el vehículo se movía a gran velocidad.

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