La destrucción del Convoy H. HMS Aurora – El último corsario. Josep Baqués

Lo sucedido a partir de ese instante recuerda sobremanera otras operaciones de caza de convoyes enemigos. Una vez alcanzada la mejor situación táctica posible, el HMS Aurora se aprestó a dirigir el ataque final como guía de su formación, con los demás buques en línea de fila, siguiendo sus movimientos, a 20 nudos. Lo hicieron en el siguiente orden: Aurora, Sirius, Argonaut, Quiberon y Quentin. Gracias a los equipos de radar, cada vez más perfeccionados, ya no era preciso desplegar y dispersar la fuerza atacante para localizar visualmente el objetivo.

HMS Aurora – Josep Baqués

En un buque de guerra, en pleno combate, la mayor parte de la dotación no puede ver al enemigo. Cada cual ocupa su puesto en el interior de ese buque. Solo unos pocos afortunados con destinos en el puente de mando, o en algunas de las piezas de artillería, o en los directores de tiro, son capaces de seguir los avatares de la batalla naval en vivo. Pero en esta ocasión todo estaba a punto para evitar que eso se repitiera. Porque Agnew se sacó de la manga una curiosa novedad. Le comunicó al alférez de navío Kenneth More, hasta entonces destinado en los cañones de 102 mm como oficial de tiro, que lo relevaba de ese puesto táctico.

Al parecer, no estaba muy satisfecho con el rendimiento de su subordinado. More era uno de los novatos que se habían incorporado a la dotación del crucero durante el parón de Liverpool, en la primavera anterior. Pero pronto lo reubicó. Sin embargo, Agnew no lo situó en un puesto de combate, sino que lo envió al puente bajo del Aurora para que, desde allí, el teniente More pudiera… ¡llevar a cabo la retransmisión en tiempo real del combate que se iba a librar en breve, utilizando los servicios de megafonía del buque! Esto causó sensación en el resto de la dotación y dicen las malas lenguas que esta práctica fue copiada por más unidades de la Royal Navy. Al terminar la guerra, Kenneth More pasó de ser un discreto oficial de artillería a convertirse en uno de los actores de cine más reputados del Reino Unido…

Aunque había tantos buques en la escolta como en la Fuerza Q, los cruceros británicos atacaron con decisión desde el principio, aprovechando su superioridad balística, sembrando la confusión en el convoy italiano. Los torpederos hicieron ademán de virar para alejarse hacia el Este, arrastrando tras de sí a los cuatro transportes, mientras los destructores aproaban hacia la Fuerza Q para posibilitar la huida del resto del convoy. Sin embargo, apenas iniciada esta maniobra, las primeras salvas de los buques británicos comenzaron a caer sobre esos buques. Demasiado pronto para ellos.

La primera nave alcanzada fue uno de los transportes, el KT-1

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El primer encuentro con un Fw 190. El Gran Espectáculo. Pierre Clostermann

La voz de Holmes me había sobresaltado. Entonces entró Martell:

«Atención, Brutus, aquí Amarillo 1. ¡Estelas de vapor a las tres en punto!».

Miré a mi alrededor y, de repente, vi las reveladoras estelas de condensación de los alemanes, que empezaban a converger sobre nosotros desde el sur y el este. ¡Dios Santo, qué rápido venían! Retiré el seguro del botón de disparo.

El Gran Espectáculo – Pierre Clostermann

«Aquí Brutus. Mantened los ojos bien abiertos, muchachos. Trepad a toda velocidad».

Aceleré y cambié el paso a corto, acercándome instintivamente al Spitfire de Martell. Me sentí muy solo en un cielo repentinamente hostil.

«Aquí Brutus. Abrid bien los ojos y preparaos para romper por izquierda. ¡Los bastardos están justo encima!».

A 900 metros sobre nuestras cabezas comenzó a formarse una filigrana y ya se podía distinguir el brillo de las esbeltas siluetas en forma de cruz de los cazas alemanes.

«¡Aquí vienen!», me dije, hipnotizado. Se me cerró la garganta, los dedos de los pies se me enroscaron en las botas. Me sentía como si estuviese asfixiado en una camisa de fuerza, envuelto en todos esos cinturones, tirantes y hebillas.

«¡Turban, rompe por derecha!», gritó Boudier. En un instante, vi surgir ante mí las escarapelas del Spitfire de Martell. Incliné mi avión con todas mis fuerzas, di gases a fondo y me puse en su estela. ¿Dónde están los boches? No me atreví a mirar detrás de mí y me giré desesperadamente, pegado a mi asiento por la fuerza centrífuga, con los ojos clavados en Martell, que viraba 100 metros por delante de mí.

«¡Gimlet, ataca por la izquierda!».
Me sentí perdido en el barullo.
«Turban Amarillo 2, ¡rompe!».
¿Amarillo 2? ¡Pero si ese era yo! Con un feroz pisotón al pedal del timón, me separé mientras sentía cómo me subía la náusea de puro miedo. Trazadoras rojas pasaron zumbando junto a mi parabrisas… y, de repente, ¡vi a mi primer boche! Lo identifiqué de inmediato – era un Focke Wulf 190. No por nada había estudiado todos sus ángulos tan a menudo en fotografías y perfiles de reconocimiento…

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Alejandro Farnesio y el buen hacer de Medina Sidonia. Felipe II y el mito de la armada invencible.

No cabe duda, Medina Sidonia sabía de la importancia de la intervención de su armada y de la necesidad de conservar su potencial, y cumplió con el papel asignado. Pero también entendía de la significación de deshacer en el mar la fuerza naval enemiga antes del cruce. Sin perder el norte de su obligación principal, intentó aprovechar las ocasiones de situaciones tácticas (sobre todo el barloventeo) que se le presentaron y estuvo en todos los encuentros capitaneando la defensa de su unidad.

Felipe II y el mito de la Armada Invencible, Antonio Luis Gómez Beltrán

Es más, vista la imposibilidad material de poder ganarle el barlovento y lo huidiza que se manifestaba la flota inglesa cuando se disponía del favorable viento, pidió apoyo de Farnesio para que de sus unidades navales le enviase navíos ligeros que pudieran competir en velocidad y movilidad con los homónimos del enemigo y así llegar a romper el estatus pasivo al que se había visto obligado. Y con seguridad tomó la iniciativa en diversos episodios que dieron lugar a encuentros forzados, aparentemente por ambas partes, como el del 3 de agosto, miércoles, cuando un marino de la experiencia de Juan Gómez de Medina amanece descolgado de la formación española y cercano a la inglesa con su urca el Gran Grifón, incidente o premeditación. Al igual que lo narrado con anterioridad con el galeón San Luis y la urca Duquesa Santana, incidente o premeditación.

Podría pensarse que fue lo segundo a tenor literal de la comunicación, ya referida del 5 de agosto, en que manifiesta a De Parma: «es forzoso las más veces hacerles rostro y responderles con lo mismo [combatir al cañón], y en esto se gasta lo que vuestra excelencia podrá considerar [balas de artillería], sin ser parte para excusarlo ni tener medio ninguno para poder abordar con ellos, aunque se hacen cuantas estratagemas se pueden para obligarles a esto [llegar al abordaje], …»; a esto habría que añadir, probablemente, la iniciativa propia de Recalde del día 31 de julio, que con seguridad lo buscó pero no lo consensuó con sus gentes y, aguantando la posición, recibió al cañón a varios galeones enemigos, por los que fue rodeado sin entrarle a abordar, mientras ciertas unidades de su ala se desentendieron de la situación comprometida en la que se vio inmerso buscando un enganche con los ingleses.

No, el duque de Medina Sidonia no tenía unas instrucciones estrictas que cumplir, sino una estricta misión que llevar a cabo para el buen fin del operativo global, la cual cumplió al menos en su primera parte, pues se posicionó frente a las costas flamencas con su armada intacta y potencialmente peligrosa para la defensa del reino Albión. De lo contrario el mando inglés no hubiese lanzado a la desesperada, con barcos incendiarios la noche de 7 agosto, un ataque improvisado que al día siguiente condujo a la denominada batalla de Gravelinas, más que batalla a una gran escaramuza de combates individuales, desordenados, extendidos y sin un objetivo claro por parte de los ingleses…

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El mito de los aros o duelas de Drake – Felipe II y el mito de la Armada Invencible

Existe el estado de opinión, muy difundido en la historiografía inglesa y arrastrado por ciertos divulgadores, que la acción realizada en la primavera de 1587 por la marina inglesa, al mando de Drake, obstaculizó y atrasó la campaña prevista para otoño de 1587 según el diseño del plan de Juan de Zúñiga. Dicho estado de opinión se fundamenta en la destrucción de duelas y aros para la construcción de pipas de las que la armada de Andalucía (que se reunía en Cádiz) era acreedora, pues sin este contenedor las vituallas, en especial el vino, agua y vinagre, no podían trasportarse.

Felipe II y el mito de la Armada Invencible, Antonio Luis Gómez Beltrán

Recordemos que la denominada armada de Andalucía era el conjunto de naves y navíos que se reunían al amparo de la gestión del duque de Medina Sidonia y del proveedor general del Consejo de Hacienda, Antonio de Guevara, además de otros gestores de otras disciplinas y de menor rango. Esta agrupación naval debía transportar la mayor parte de la infantería a embarcar para la campaña y una buena cantidad de bastimentos con destino a Lisboa, donde el marqués de Santa Cruz preparaba el operativo naval de la Empresa de Inglaterra.

Pongámonos en situación sucintamente. A finales de abril de 1587 una flota de 28 naves inglesas al mando del pirata Francis Drake atacaba la bahía y puerto de Cádiz durante dos días, consiguiendo quemar y apresar una serie de barcos que se alistaban con diferentes destinos. A continuación, se dirigió al Algarve portugués donde, desembarcando en el área de San Vicente y tomando el castillo de Sagres (entre otros), campó durante cierto tiempo a sus anchas. Durante este lapso interrumpió el tráfico ordinario de cabotaje y la actividad pesquera, apresando un sinnúmero de navíos cargados con duelas y aros para la fabricación de pipas, siempre en atención a los informes elaborados por el propio Drake, Thomas Fenner o William Borough.

Los siguientes movimientos de la flota inglesa se dirigieron a Lisboa, retorno al cabo de San Vicente y posterior derrotero al norte, durante cuyo trayecto una tormenta dispersó a la flota de modo que unos fueron sobre las costas de Galicia, los que menos a Inglaterra y los otros divididos en dos grupos inconexos recayeron sobre las Azores, de suerte que Drake pudo apresar la carraca San Felipe (verdadero triunfo comercial de esta empresa público-privada orquestada por el Consejo de la reina Isabel I). Y el triunfo militar ¿en qué consistió?

Para Robert Hutchinson («La Armada Invencible». Pasado & Presente, noviembre 2013) los ingleses «asestaron un golpe especialmente importante al destruir el suministro de todo un año de aros de hierro y duelas de madera para la fabricación de barriles. Esto resultó ser todo un desastre táctico para la Armada…», continúa este mismo divulgador.2

«Según el cálculo oficial de los daños, los españoles perdieron veinticuatro naves, valoradas en 172.0003 ducados…». Lo que no dice Hutchinson, lo decimos a continuación, solo 17.426 ducados pertenecían a la Corona española con vínculos a la Empresa de Inglaterra, el resto, hasta el total, correspondía a mercaderes venecianos, genoveses, franceses y otros que comerciaban y/o tenían su base en Cádiz….

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Operación Gauntlet – Rumbo al Polo Norte. HMS Aurora

La Operación GAUNTLET terminó siendo bastante más que un golpe de mano contra las instalaciones industriales ubicadas en tierra firme. Vayamos paso a paso. La flotilla británica partió el día 19 de agosto. El mar estaba encrespado, como es típico en esa época del año en la que las temperaturas al alza eliminan virtualmente las masas de hielo de la superficie del agua, a pesar de lo cual se navegó a buena velocidad. No fue un viaje plácido. El día 24 los buques de la Task Force fueron reabastecidos de combustible. Esta labor la llevó a cabo el petrolero de la flota auxiliar británica Oligarch, en las Bear Island, de acuerdo con los planes previstos. Por fin, el 25 de agosto se producía el desembarco previsto en Barentsburg.

HMS AURORA, Salamina

Una vez allí se iniciaron de inmediato las demoliciones y, a renglón seguido, más de un millar de ciudadanos soviéticos entre los trabajadores de las minas y sus familiares, fueron embarcados en el Empress of Canada con destino Arcángel. Llegaron sin novedad algunos días más tarde, escoltados por el Nigeria y los tres destructores disponibles. No dejó de ser una estampa curiosa: un crucero de la Royal Navy entrando en un puerto de la URSS como aliado, tras acudir al rescate de sus ciudadanos. No deja de ser curioso, digo, porque, aunque desde el mes de mayo de 1941 la paradójica realidad de la guerra puso a soviéticos y británicos del mismo lado, hasta hacía bien poco ambos países habían sido enemigos declarados.

Mientras sucedía todo eso, el Aurora –que seguía navegando en las inmediaciones de las Spitzbergen- se dirigió hacia Longyearbyen para proseguir con las tareas de destrucción de las instalaciones carboníferas. Ahí fueron incendiados los depósitos de petróleo, de gran capacidad. Las demoliciones afectaron asimismo a grúas pesadas, a los raíles de las minas, a los teleféricos, a una estación de telégrafos, a varias centralitas eléctricas (en la misma Longyearbyen, pero también en Grumantby, en Pyramidon y en Nyalesund), a diversos almacenes, así como a las demás infraestructuras necesarias para proseguir con esa explotación. Por ejemplo, los equipos de zapadores volaron con explosivos la entrada a las minas de Grumantby y de Pyramidon, dejándolas impracticables….

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