Ataque con cargas de profundidad. Ataúdes de acero. De Herbert A. Werner.

Una nueva serie de cargas estallaron y levantaron nuestra popa con inmensa fuerza. El submarino, totalmente fuera de control, fue catapultado hacia el fondo, que estaba a ocho kilómetros de profundidad. Inclinado con un ángulo de 60 grados, el U-230 llegó a los 250 metros antes de que Friedrich lograse revertir su caída. Nivelados a una profundidad de 230 metros, pensamos que estábamos muy por debajo del alcance de las cargas de profundidad del enemigo. El U-230 fue rápidamente aprestado para hacer frente a la cacería. Una vez más estábamos condenados a mantenernos a la espera en las profundidades.

16:57: Varios sonidos de salpicaduras en la superficie anunciaron una nueva salva. Una serie de 24 cargas detonaron en rápida sucesión. El atronador rugido impactó contra nuestro submarino. Las explosiones lo inclinaron de nuevo en un ángulo agudo mientras el eco de las detonaciones retumbaba sin fin en las profundidades.

17.16: Una nueva salva nos dejó sordos y sin aliento. El submarino se escoró abruptamente con el rosario de explosiones. El acero crujió, chirrió y las válvulas se aflojaron. El recubrimiento de los ejes de las hélices presentó vías de agua y un chorreo continuo llenó pronto la sentina de popa. Las bombas de achique trabajaban a todo ritmo, los recubrimientos del periscopio se aflojaron y el agua chorreó por los cilindros. Agua por todas partes. Su peso llevó al submarino a una mayor profundidad. Entre tanto, el convoy continuó avanzando sobre nuestro submarino en una estruendosa procesión.

17:40: El estrépito de hélices llegó a su punto álgido. El sonido repentino de salpicaduras en superficie nos indicó que teníamos entre 10 y 15 segundos para agarrarnos ante la llegada de otra salva. Las cargas estallaron poco antes de llegar a una distancia letal. Mientras el océano reverberaba bajo los estallidos, el grueso del convoy pasó lentamente por encima de nuestro lugar de ejecución. Imaginé a los cargueros desviándose de su rumbo a fin de esquivar a los escoltas reunidos en la superficie para acabar con nuestra existencia. Quizá debiésemos arriesgarnos a descender algo más. Desconocía cuál era el límite, la profundidad a la que el casco implosionaría finalmente. Nadie lo sabía. Aquellos que lo descubrieron se llevaron el secreto al fondo. Estuvimos recibiendo castigo durante cuatro horas y fuimos descendiendo gradualmente. Siguiendo un patrón constante, cada 20 minutos se precipitaban salvas de 24 cargas de profundidad sobre nuestro submarino. Por un momento creímos que habíamos ganado. Fue cuando los escoltas se marcharon apresuradamente a ocupar sus posiciones en el convoy. Pero nuestras esperanzas no duraron mucho. Los destructores se habían limitado a dejar el golpe de gracia al grupo de cazasubmarinos que seguía la estela del convoy.

20.00: El nuevo grupo lanzó su primer ataque, luego otro, y otro más. Nos quedamos impotentes a 265 metros de profundidad. Teníamos los nervios a flor de piel. Nuestros cuerpos estaban rígidos por el frío, el estrés y el miedo. La extenuante agonía de la espera nos hizo perder el sentido del tiempo y cualquier apetito. Las sentinas estaban inundadas de agua, aceite y orina. Los lavabos estaban cerrados con llave; usarlos hubiese significado una muerte inmediata, ya que la enorme presión exterior hubiese actuado revirtiendo el mecanismo de expulsión deseado. Se circularon latas para que los hombres pudiesen aliviarse. Al hedor de los residuos, el sudor y el aceite hubo que añadir el de los gases de las baterías. El incremento de la humedad producía condensación en el frío acero y chorreaba hasta las sentinas, cayendo de las tuberías y empapando nuestras ropas. A medianoche, el Capitán se dio cuenta de que los británicos no cejarían en su ataque y ordenó la distribución de cartuchos de potasa a fin de ayudar a la respiración. Pronto todos los hombres estuvieron equipados con una gran caja metálica enganchada al pecho con tubos de goma que se introducían en la boca mientras unas pinzas tapaban los orificios nasales. Continuamos la espera.

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BS03
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2 respuestas a Ataque con cargas de profundidad. Ataúdes de acero. De Herbert A. Werner.

  1. Rubén Navarro dijo:

    Estaba esperando desde hace mucho tiempo una nueva edición de este libro y para nada ha defraudado tantos años de espera. Absolutamente imprescindible para todo aquel interesado en el teatro de operaciones del Atlántico y vivir en primera persona el conflicto.

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