Los portaaviones de la Royal Navy en el Mediterráneo

Los responsables directos de las principales victorias británicas en sus enfrentamientos navales con los italianos no fueron los acorazados, sino los portaviones.

El Mediterráneo en la Segunda Guerra Mundial

Las oleadas de aviones lanzados desde esas plataformas móviles fueron un instrumento de acoso muy efectivo que, inclusive, logró paralizar navíos de la Regia Marina que luego fueron cañoneados por la flota. Para el inicio de la guerra entre Gran Bretaña e Italia -10 de junio de 1940- la Royal Navy contaba con un notable número de portaviones: tres de la clase Courageous (26.500 toneladas y 48 aviones cada uno); el Argus, decano de esta clase de naves (14.775 toneladas y 20 aviones); el Eagle (26.200 toneladas y 21 aviones); el Hermes (10.950 toneladas y 20 aviones y, por último, el Ark Royal (27.000 toneladas y 60 aviones).

Gran Bretaña, aprendiendo de eventos como la pérdida del Repulse y el Prince of Wales y el raid de Tarento, dirigió parte de su esfuerzo bélico en la construcción de portaviones de línea, como el Unicorn, los seis de la serie Formidable y los ocho de la clase Colossus, reforzados por cuarenta y cinco portaviones de escolta hechos a partir de buques mercantes modificados.

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El Ejército Español en la defensa de Buenos Aires

El ejército español había sido organizado en cuatro divisiones.

La primera estaba mandada por el coronel Cesar Balbiani y constituía el ala derecha. Constaba de dos batallones de Patricios, 800 hombres; el Cuerpo de Marina, 400; dos compañías de Miñones Catalanes (los Miñones eran infantería ligera), 130; una compañía de Granaderos de Milicias Provinciales, 90; el primer escuadrón de Húsares, 217, y el tercer escuadrón de Cazadores, 180. Contaba también con 14 piezas de artillería y sus correspondientes artilleros y sirvientes. El número total de sus efectivos, incluidos los jefes, era de 1.987 hombres. Su distintivo fue la banderola roja.


La segunda división era comandada por el coronel Francisco Javier Elio y constituía el centro. Constaba del Tercio de Gallegos, 550 hombres; el Tercio de Andaluces, 400; el Cuerpo de Pardos y Morenos (negros y mulatos), 400; dos compañías de Miñones Catalanes, 130; el Quinto Escuadrón de Carabineros, 150. Portaba 9 cañones y sus artilleros. En total 1.720 hombres. Su distintivo fue la banderola blanca.

La tercera división fue encomendada al coronel Bernardo de Velasco y constituía el ala izquierda. Constaba de la tropa profesional del Fijo y Blandengues (guardia fronteriza), 400; el Tercio de Cantabros, Castellanos, Vizcaínos (vascos) y Asturianos, 500; el Tercio de Arribeños (provenientes de otras ciudades del Virreinato, 250; dos compañías de Miñones Catalanes, 130; el segundo escuadrón de Húsares, 150; el sexto escuadrón de migueletes; 150. Portaba 16 piezas de artillería. En total 1.580. Su distintivo fue la banderola azul.

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Defensa de Buenos Aires. El combate de Santo Domingo

Amaneció en 1 de julio sin noticias del inglés en Barracas, pero no permaneció ocioso el centro del ejército pues se terraplenaron algunas zanjas que había del otro lado del Riachuelo y que podían abrigar al enemigo.

Pronto llegaron noticias del avance enemigo, pues a mediodía avisaron las avanzadas de los Usares de Pueyrredón, que los ingleses pasaban por los Quilmes. Era el momento de apostarse para impedirles el franqueo del río. Así, dispuso el General [Elio, jefe de esta división del centro], apostar a la Compañía de Granaderos de Galicia en una embarcación que se hallaba varada a la parte del norte del Riachuelo; la 1ª. y la 2ª Compañía en al Quinta de Ugarteche como cien varas al E. y sobre la orilla del Rio, el resto de Galicia con los Pardos y Andaluces permanecieron en al posición del día anterior; esto es en una línea perpendicular el Riachuelo.

Esto es, tres compañías flanquearon, sobre la orilla, el puente sobre el que necesariamente deberían transitar los británicos y el resto se situó en el extremo del puente. Pero los acontecimientos se precipitan: A las dos de la tarde volvieron a avisar que los enemigos iban llegando a la Chacarita de Santo Domingo, que sólo distaba dos leguas [8 kms.]; con esta noticia resolvió el Coronel Elio pasar a la Ciudad a dar cuenta al General en Jefe; el Comandante de Gallegos Don Pedro Antonio de Cerviño quedó mandando el Campo.

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La tercera gran derrota de Inglaterra contra España. Derrotas inglesas en el Río de la Plata

Este libro nace con la intención de rememorar una de las grandes efemérides que rubrican la presencia hispánica en el mundo. Del mismo modo que la batalla de Trafalgar fue importante para consolidar el dominio inglés sobre los mares, la batalla de Buenos Aires lo fue para certificar el dominio hispánico sobre la tierra americana. Pero si Trafalgar es recordada, lo ocurrido en Buenos Aires ha sido olvidado.

Esta asimetría nos pone sobre la pista de las trampas que nos encontramos cuando pretendemos conocer la historia. Porque lo olvidado se convierte en inexistente. Se dirá entonces que Gran Bretaña no conquistó la América española porque no le interesaba, porque sólo quería bases para sus ataques piráticos y su contrabando.

La verdad es que durante siglos lo intentó y sufrió graves derrotas (La Coruña-Lisboa 1589; Cartagena de Indias 1741; Buenos Aires 1807). Pero esta última embestida, debido a la efectiva debilidad de España y al poder ya alcanzado por Inglaterra a esa altura de la historia, era la que más garantías de duradero éxito parecía tener. Sin embargo, el último gran envite, acabó otra vez con una completa victoria española.

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La guerra aérea en el Mediterráneo

La tarde que siguió fue prolífica para la aviación del Eje porque sus bombas y torpedos golpearon al vetusto acorazado Centurión, al destructor Airedale y al destructor australiano Néstor.

De los tres solo el último fue incapaz de llegar a puerto, hundiéndose a primera hora de la mañana del 16 de septiembre mientras era remolcado hacia Alejandría. Los cuatro S.M. 79 italianos que lanzaron sus torpedos contra el Néstor fueron emboscados en su regreso a Sicilia por cazas P-40 que abatieron a uno de los cuatro torpederos. El otro buque perdido en esa difícil tarde fue el crucero ligero Hermione, hundido a primeras horas de la noche del 15 de septiembre por el submarino alemán U 205 durante su viaje de regreso a La Spezia tras completar su séptima patrulla regular.

Más o menos a la misma hora en la que el Hermione desaparecía de la superficie del Mediterráneo Oriental, el almirante Henry Harwood, comandante de la Mediterranean Fleet, indicó al almirante Philip Vian que los italianos habían suspendido su intento de darle caza y que podía reemprender el camino hacia Malta. Como jefe en el terreno que era, el almirante Vian sabía que la elevada velocidad y constantes cambios de rumbo habían hecho consumir mucho carburante a sus navíos, en particular los destructores.

Así mismo el continuo combate antiaéreo había gastado dos terceras partes de esa munición. Por ese motivo el jefe del convoy declinó la sugerencia de su superior y ordenó el regreso definitivo hacia Alejandría, puerto que alcanzó el 17 de junio de 1942, dando así fin a la Operación Vigorous.

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