
En el otoño y el invierno de 1942-1943 fracasó la última gran ofensiva estratégica de la Wehrmacht en Stalingrado y el Cáucaso. Tras esta derrota, Adolf Hitler tuvo que reconocer que la Wehrmacht no podría vencer militarmente a la Unión Soviética mientras el Reich alemán estuviese enzarzado en una guerra en múltiples frentes. En consecuencia, el Alto Mando del ejército no planeó ninguna ofensiva con objetivos ambiciosos para el Frente Oriental en 1943. El 18 de febrero, Hitler declaró durante una reunión informativa en Zaporozhie: «No podemos emprender ninguna operación a gran escala este año. Debemos evitar todo riesgo. Sólo contemplo realizar maniobras menores».
El Ejército Rojo debía ser arrastrado a una guerra de desgaste en los confines de un espacio limitado, debilitándolo hasta el punto de que no pudiese iniciar ninguna otra ofensiva en 1943. Hitler y su cúpula de mando pretendían aprovechar el respiro previsto en el frente germano-soviético para trasladar al Oeste las formaciones más operativas de la Wehrmacht y de las Waffen SS. Allí debían repeler los esperados desembarcos anglo-norteamericanos y aplastar, así, las esperanzas de victoria de las potencias occidentales, obligándolas a salir de la guerra.
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El corredor Persa: La ruta iraní de ayuda a la Unión Soviética

























