
Los comandantes soviéticos tomaron en ocasiones las medidas más desesperadas para evitar la deserción masiva. Se minaron las posibles salidas de las posiciones avanzadas. Los oficiales de niveles inferiores eran severamente castigados si sus subordinados desertaban. Compañías e incluso batallones enteros fueron reorganizados y trasladados a nuevos sectores del frente. A veces se abría fuego de artillería sobre los fugitivos… Los jefes [de compañía], los sargentos mayores y los sargentos podían ser degradados por una sola deserción en su unidad. Si un grupo desertaba, había un consejo de guerra y una condena de cinco a diez años en un campo. La pena de campo no tardó en ser sustituida por el envío a batallones penales …
[Desde nuestras posiciones en el Volga durante el invierno] un desertor tenía que trepar por el parapeto de la trinchera y bajar por la pendiente helada hasta el río, correr por el hielo irregular hasta la orilla opuesta, superar la difícil subida por la pendiente resbaladiza y, por último, lo peor, arrastrarse por un campo de minas para llegar a las trincheras alemanas. Tenía que hacerlo todo sin que sus propias líneas se percatasen, intentando, al mismo tiempo, que los alemanes adivinasen sus intenciones».




























