Emboscada al convoy en la A-1. FUEGO EN LA JUNGLA

Apenas había escapado el C18 del proyectil del cañón sin retroceso en la rampa cuando otro le abrió un orificio en el costado derecho, provocando un incendio. Este impacto hirió al jefe del ACAV, pero la tripulación continuó disparando la ametralladora calibre 50 y las M60 contra la posición enemiga del sur de la carretera. Entonces, otro proyectil de cañón sin retroceso impactó en el primer camión de los rezagados, que iba muy cargado y cuya marcha lenta había abierto el hueco en la columna. El depósito de gasolina estalló y provocó la muerte instantánea a los dos hombres que iban en la cabina. El camión se desvió hacia la izquierda y cayó en la cuneta del lado norte de la carretera, con el remolque todavía en la calzada, bloqueando parcialmente la vía. Una columna de humo negro y espeso se elevó hacia el cielo matutino. Mientras la tripulación del C18 seguía disparando, el jefe herido del blindado comunicó su situación por radio a Keltner. Tras transmitir la información al puesto de mando del grupo, el teniente Keltner dio la vuelta para volver a entrar en la zona combate, pero el C18 estalló en llamas antes de que pudiese llegar hasta él.

El conductor consiguió arrancarlo y continuó por la carretera bajo una lluvia de disparos de armas ligeras y cohetes contracarro, con la esperanza de distraer la atención del enemigo y permitir que el resto de la tripulación escapase. Lo consiguió, pero a 400 metros de distancia encontró la muerte cuando una de los miles de balas disparadas contra el ACAV en movimiento dio en el blanco.

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La Riverine Fleet en acción. FUEGO EN LA JUNGLA.

Mientras continuaba la lucha en el río, los disparos de las armas automáticas golpeaban los cascos, algunos de ellos procedentes de búnkeres situados a menos de un metro de la orilla. A pesar del fuego de respuesta de los barcos, las granadas contracarro y los proyectiles de los cañones sin retroceso seguían lloviendo desde los búnkeres de barro situados a ambos lados del río. Los disparos más intensos procedían del este, de la zona donde los informes de inteligencia habían situado al Viet Cong. Con una ráfaga de proyectiles explosivos de 40 mm contra la abertura de un búnker en la orilla oriental, un artillero de la Marina voló la parte superior de la fortificación y la silenció. Aunque la mayoría de las posiciones enemigas se encontraban a menos de cinco metros de la orilla y formaban una zona de aniquilación de 1.500 metros de longitud, pocos soldados del ejército alcanzaron a atisbar algo más del enemigo que no fuese el destello de sus armas.

A medida que la línea de embarcaciones se adentraba en la emboscada, se intensificó la lucha. Algunas lanchas redujeron la velocidad y otras la aumentaron, pero todas disparaban con la totalidad de su armamento operativo. Los artilleros y los ametralladores disparaban, recargaban y volvían a disparar tan rápido como podían.

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El terror a las minas. FUEGO EN LA JUNGLA. Acciones de pequeñas unidades en Vietnam

La tierra dura que rodeaba la valla había sido removida por las orugas de los dos Amtrac, formando terrones irregulares. Los marines de vanguardia, incluido el sargento Cunningham, cruzaron con cuidado la valla, pisando sobre las huellas, y volvieron a ponerse en fila detrás del LVT que iba delante. El resto de la columna los siguió. Cunningham se había alejado 50 metros de la valla cuando oyó la explosión. Sabía lo que iba a ver incluso antes de girar la cabeza. Una espesa nube negra flotaba en el aire junto a la valla. Tres marines yacían tendidos en el suelo. Antes de que terminase de caer la lluvia de tierra y metralla, el sanitario jefe de la sección, Robert E. Perkins, había llegado junto al marine herido de mayor gravedad. El cabo Raymond Lewis, que mandaba el pelotón de vanguardia, gritó: «¡Eh!, ¿por qué demonios no siguen las malditas huellas?». El sargento Cunningham corrió hacia atrás, gritando con ira, frustración y dolor: «Os dije que me siguierais por aquí, por aquí… hemos pasado por aquí». Tras una pausa, dijo con voz resignada: «Vale. ¿Quién lo ha entendido?». Cansado y confiado porque había muchas huellas cerca de la valla y nueve marines habían pasado sin contratiempos, el décimo se había desviado del camino marcado por las cadenas. Durante unos seis metros había estado siguiendo el rastro seco de huellas dejadas por un blindado otro día. El Viet Cong había enterrado una mina en estos surcos antiguos, junto a la valla rota.

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El hundimiento del HMS Hermes. LA GUERRA DE PORTAAVIONES EN EL PACÍFICO. Mark E. Stille

Mientras Trincomalee era atacada, los hidroaviones japoneses avistaron los buques de guerra que habían huido con anterioridad del puerto. Esta vez, entre los objetivos se encontraban el portaaviones Hermes y varios buques de menor porte. Para hacer frente a esta amenaza, Nagumo lanzó de inmediato su fuerza de reserva, integrada por 85 bombarderos en picado y nueve cazas Zero. Tras algunas dificultades, el Hermes fue avistado finalmente y se produjo otra demostración de excelencia en el bombardeo en picado. De las 45 bombas lanzadas, los japoneses afirmaron haber logrado 37 impactos, lo que fue confirmado por los partes británicos sobre el ataque. Además del Hermes, también fueron hundidos un destructor australiano que navegaba cerca, una corbeta, dos petroleros y un carguero. Los cazas británicos llegaron demasiado tarde, pero lograron derribar cuatro bombarderos Tipo 99 y dañar otros cinco.

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LA CARTA PERDIDA DE MIDWAY: Una carta manuscrita perdida, encontrada literalmente en un cofre de marinero, añade la última pieza que faltaba al rompecabezas de los momentos más decisivos de la batalla de Midway.

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22 de septiembre, avanza la Harka. LA COLUMNA SARO EN LA CAMPAÑA DE ALHUCEMAS

Alhucemas, 22 de septiembre. La cantidad de enemigos y su nutrido fuego no fueron obstáculo para que nuestras Harkas continuasen avanzando hasta llegar, como llegaron, al cuerpo a cuerpo, distinguiéndose notablemente todos los Oficiales por su bravura, especialmente el capitán Rodríguez Bescansa, que tremolando la Bandera de su Tabor se lanzó adelante con heroica decisión seguido de sus harqueños hasta caer gravísimamente herido. El teniente Aranda avanzó con denuedo sobre un grupo enemigo con el que trabó lucha cuerpo a cuerpo. El capitán Zabalza condujo su Tabor con admirable valor y serenidad hasta caer también herido de gravedad en el pecho. Los tenientes Pérez de Lema y Elizagárate cayeron muertos, derrochando valor delante de sus tropas. El teniente Barroso cayó herido, dando admirable ejemplo de serenidad y bravura. El capitán del Regimiento del Serrallo Abelardo Mancebo cayó herido en un costado, de bala de cañón, al transmitir órdenes. El capitán Yolif y teniente Ayala, heridos, se resisten firmemente a ser evacuados. Es una página de espartanos gestos escrita por un puñado de héroes formados por la recia voluntad del comandante Muñoz Grande, que, como siempre, ha sido admirable por su inteligencia, bravura y serenidad al conducir en el combate a sus tropas.

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