Asalto al campamento de Lang Vei. FUEGO EN LA JUNGLA

Poco después de las 06.00, una granada de termita rodó hacia el oscuro búnker de mando del campamento de Lang Vei y estalló con un destello naranja brillante. Los mapas y documentos que estaban esparcidos por el búnker se incendiaron. El enemigo aprovechó este éxito con una lluvia de granadas de fragmentación y, por primera vez, empleó granadas de gas lacrimógeno.

Aunque las llamas se extinguieron en 20 minutos debido a la mala ventilación, el humo y el gas crearon un pánico momentáneo. Para respirar, los defensores se tumbaron en el suelo, donde el aire era más fresco, y se turnaron para usar las pocas máscaras antigás que tenían. Todos se sintieron mareados y muchos vomitaron. Asumiendo que el final estaba cerca, Phillips y Dooms comenzaron a arrojar documentos clasificados al fuego. Una voz gritó en vietnamita desde la escalera. «Vamos a volar el búnker, así que rendíos ahora». Tosiendo y balbuceando mientras hablaba, el comandante del campamento vietnamita celebró una apresurada reunión con sus tropas de los CIDG, y luego las condujo por las escaleras fuera del búnker. Evidentemente, habían decidido rendirse. Durante unos cinco minutos no sucedió nada. Willoughby había contado con la potencia de fuego de los 15 vietnamitas. Ahora quedaban ocho norteamericanos, seis de ellos heridos, incluido él mismo. Aun así, estaba decidido a resistir.

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Derribo de un Tornado en la Guerra del Golfo. DOGFIGHT. Alfred Price

El misil era un SA-3 «Goa» de fabricación soviética y había detonado a escasos metros de distancia del lado de babor del Tornado. Múltiples fragmentos de metralla de alta velocidad destrozaron el avión causando daños generalizados. Con un vendaval de aire, la cabina se despresurizó a través de un agujero de 5 cm de diámetro que apareció de repente en el lado izquierdo de la cabina, justo frente a la cabeza de Clark. Cuando el piloto miró alrededor de la cabina para evaluar la situación se dio cuenta de que había tenido mucha suerte; se había librado de sufrir una herida de gravedad. En el panel de alarma había demasiadas luces rojas encendidas como para poder contarlas. El vidrio reflector de la pantalla de visualización frontal había desaparecido del todo. El panel de instrumentos estaba destrozado: sólo dos diales parecían estar intactos, pero los instrumentos e indicadores hidráulicos indicaban cero.

Clark no tenía tiempo de demorarse en su catálogo de problemas pues, casi con toda seguridad, venía contra ellos un segundo misil: «Moví la palanca, alabeé fuertemente el avión y tiré hacia atrás. Fue entonces cuando vi venir hacia mí el segundo misil. Venía en vertical, oscilando según venía siguiéndome. Tiré de la palanca todo lo que pude; no podía hacer mucho más. El misil despareció de la vista por detrás y a la derecha del avión. Hubo otra explosión cuando estalló».

Clark oyó un fuerte estallido y la cabina se llenó de un remolino de humo negro cuando los cohetes se activaron para hacer saltar la cubierta de la cabina. Luego vino otra explosión en la cabina trasera; el asiento del navegante se había eyectado. Era entonces el turno de Clark.

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Emboscada al convoy en la A-1. FUEGO EN LA JUNGLA

Apenas había escapado el C18 del proyectil del cañón sin retroceso en la rampa cuando otro le abrió un orificio en el costado derecho, provocando un incendio. Este impacto hirió al jefe del ACAV, pero la tripulación continuó disparando la ametralladora calibre 50 y las M60 contra la posición enemiga del sur de la carretera. Entonces, otro proyectil de cañón sin retroceso impactó en el primer camión de los rezagados, que iba muy cargado y cuya marcha lenta había abierto el hueco en la columna. El depósito de gasolina estalló y provocó la muerte instantánea a los dos hombres que iban en la cabina. El camión se desvió hacia la izquierda y cayó en la cuneta del lado norte de la carretera, con el remolque todavía en la calzada, bloqueando parcialmente la vía. Una columna de humo negro y espeso se elevó hacia el cielo matutino. Mientras la tripulación del C18 seguía disparando, el jefe herido del blindado comunicó su situación por radio a Keltner. Tras transmitir la información al puesto de mando del grupo, el teniente Keltner dio la vuelta para volver a entrar en la zona combate, pero el C18 estalló en llamas antes de que pudiese llegar hasta él.

El conductor consiguió arrancarlo y continuó por la carretera bajo una lluvia de disparos de armas ligeras y cohetes contracarro, con la esperanza de distraer la atención del enemigo y permitir que el resto de la tripulación escapase. Lo consiguió, pero a 400 metros de distancia encontró la muerte cuando una de los miles de balas disparadas contra el ACAV en movimiento dio en el blanco.

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La Riverine Fleet en acción. FUEGO EN LA JUNGLA.

Mientras continuaba la lucha en el río, los disparos de las armas automáticas golpeaban los cascos, algunos de ellos procedentes de búnkeres situados a menos de un metro de la orilla. A pesar del fuego de respuesta de los barcos, las granadas contracarro y los proyectiles de los cañones sin retroceso seguían lloviendo desde los búnkeres de barro situados a ambos lados del río. Los disparos más intensos procedían del este, de la zona donde los informes de inteligencia habían situado al Viet Cong. Con una ráfaga de proyectiles explosivos de 40 mm contra la abertura de un búnker en la orilla oriental, un artillero de la Marina voló la parte superior de la fortificación y la silenció. Aunque la mayoría de las posiciones enemigas se encontraban a menos de cinco metros de la orilla y formaban una zona de aniquilación de 1.500 metros de longitud, pocos soldados del ejército alcanzaron a atisbar algo más del enemigo que no fuese el destello de sus armas.

A medida que la línea de embarcaciones se adentraba en la emboscada, se intensificó la lucha. Algunas lanchas redujeron la velocidad y otras la aumentaron, pero todas disparaban con la totalidad de su armamento operativo. Los artilleros y los ametralladores disparaban, recargaban y volvían a disparar tan rápido como podían.

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El terror a las minas. FUEGO EN LA JUNGLA. Acciones de pequeñas unidades en Vietnam

La tierra dura que rodeaba la valla había sido removida por las orugas de los dos Amtrac, formando terrones irregulares. Los marines de vanguardia, incluido el sargento Cunningham, cruzaron con cuidado la valla, pisando sobre las huellas, y volvieron a ponerse en fila detrás del LVT que iba delante. El resto de la columna los siguió. Cunningham se había alejado 50 metros de la valla cuando oyó la explosión. Sabía lo que iba a ver incluso antes de girar la cabeza. Una espesa nube negra flotaba en el aire junto a la valla. Tres marines yacían tendidos en el suelo. Antes de que terminase de caer la lluvia de tierra y metralla, el sanitario jefe de la sección, Robert E. Perkins, había llegado junto al marine herido de mayor gravedad. El cabo Raymond Lewis, que mandaba el pelotón de vanguardia, gritó: «¡Eh!, ¿por qué demonios no siguen las malditas huellas?». El sargento Cunningham corrió hacia atrás, gritando con ira, frustración y dolor: «Os dije que me siguierais por aquí, por aquí… hemos pasado por aquí». Tras una pausa, dijo con voz resignada: «Vale. ¿Quién lo ha entendido?». Cansado y confiado porque había muchas huellas cerca de la valla y nueve marines habían pasado sin contratiempos, el décimo se había desviado del camino marcado por las cadenas. Durante unos seis metros había estado siguiendo el rastro seco de huellas dejadas por un blindado otro día. El Viet Cong había enterrado una mina en estos surcos antiguos, junto a la valla rota.

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