
Poco después de las 06.00, una granada de termita rodó hacia el oscuro búnker de mando del campamento de Lang Vei y estalló con un destello naranja brillante. Los mapas y documentos que estaban esparcidos por el búnker se incendiaron. El enemigo aprovechó este éxito con una lluvia de granadas de fragmentación y, por primera vez, empleó granadas de gas lacrimógeno.
Aunque las llamas se extinguieron en 20 minutos debido a la mala ventilación, el humo y el gas crearon un pánico momentáneo. Para respirar, los defensores se tumbaron en el suelo, donde el aire era más fresco, y se turnaron para usar las pocas máscaras antigás que tenían. Todos se sintieron mareados y muchos vomitaron. Asumiendo que el final estaba cerca, Phillips y Dooms comenzaron a arrojar documentos clasificados al fuego. Una voz gritó en vietnamita desde la escalera. «Vamos a volar el búnker, así que rendíos ahora». Tosiendo y balbuceando mientras hablaba, el comandante del campamento vietnamita celebró una apresurada reunión con sus tropas de los CIDG, y luego las condujo por las escaleras fuera del búnker. Evidentemente, habían decidido rendirse. Durante unos cinco minutos no sucedió nada. Willoughby había contado con la potencia de fuego de los 15 vietnamitas. Ahora quedaban ocho norteamericanos, seis de ellos heridos, incluido él mismo. Aun así, estaba decidido a resistir.




























