
Moscú, enero de 1942. Si la 6.ªDivisión Panzer quería sobrevivir y, más aún sostener la línea, debían construirse de inmediato refugios y búnkeres (con cualquier elemento de calefacción que pudiese ser instalado). Si embargo, tales obras defensivas no podían construirse porque los batallones de ingenieros disponibles del Cuerpo y de la división no tenían más de 40 o 60 hombres cada uno y habían perdido todo su equipo pesado. Sin embargo, acababa de llegar una gran cantidad de explosivos. En vista de la crítica situación, ordené a los jefes del batallón de ingenieros que hiciesen caso omiso de la helada y volasen suficientes cráteres en la tierra sólidamente congelada en toda la línea provisional del frente para proporcionar refugio a las tropas combatientes, incluidas las reservas tácticas. Estos cráteres deberían escalonarse en extensión y profundidad y ser lo suficientemente grandes como para albergar a entre 3 y 5 soldados. Cualquier madera disponible era utilizada para cubrirlos. También instruí a los ingenieros que minasen ciertas áreas y emplazasen obstáculos anticarro a lo largo de tres rutas principales.
Las explosiones en toda la línea comenzaron a la mañana siguiente. El ruido de las cargas explosivas de 4.500 kg daba la impresión de una intensa barrera artillera. Surtidores de tierra se elevaban por todas partes y un denso humo inundó el aire. Los rusos observaron con sorpresa, sin estar seguros de lo que sucedía. Para mediodía se habían completado las voladuras y a la caída de la noche las unidades habían ocupado sus cráteres ya cubiertos.



























