El ataque al primer convoy. Ataúdes de acero. Herbert A. Werner

«Profundidad de periscopio», ordenó el Capitán. El U-557 se elevó hasta la profundidad pedida. El primer oficial subió a la torreta y yo me hice cargo del timón. El zumbido del motor del periscopio inundó la pequeña sala. Paulssen tuvo dificultades con el periscopio y lo subió y bajó entre los cabeceos arriba y abajo en la mar encrespada.

El operador de los hidrófonos informó de que el convoy se acercaba rápidamente. Pronto oímos por nosotros mismos el intenso murmullo de una multitud de hélices. El hidrofonista detectó entonces un grupo de escoltas por delante del convoy. El intenso ruido de las hélices inundaba todo el horizonte occidental. Luego oímos el agudo y metálico ping-ping de los impulsos de Asdic que emitían los destructores para detectarnos.

Para la mayoría de los que estábamos a bordo se trataba de una nueva sensación. Cada uno de los impulsos chocaba contra el submarino como un martillo golpeando un diapasón; luego viajaba a través del casco y escapaba dispersándose por todo el horizonte. Entre tanto, el sordo traqueteo de multitud de motores de pistón y el sonido chirriante de las turbinas se intensificó y luego se hizo más distante. El operador de los hidrófonos informó de que el convoy había virado hacia el sur.

De repente, distinguimos las altas revoluciones de hélices de un destructor. El Capitán giró rápidamente el periscopio sobre su eje y dijo, «tres destructores, rumbo tres – dos – cero, distancia tres mil metros. Todo el timón a estribor, nuevo rumbo hacia el sur». Podríamos haber atacado a los amenazantes destructores, pero Paulssen eligió, sabiamente, una presa más grande y más segura. Pronto gritó exultante, «¡Vaya panorama! Que los cinco tubos lanzatorpedos se preparen para disparar. Velocidad del blanco diez, ángulo izquierda treinta, profundidad siete, distancia mil doscientos. ¡Eh, primer oficial, echa un vistazo al desfile!»….

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