Avistamiento y caza del convoy AK 79. Ataúdes de Acero. Herbert A. Werner

Siegmann estaba a punto de encender un cigarrillo cuando una gran ola chocó contra la superestructura y lo empapó mojándole el pitillo. Entre dientes farfulló, «maldita sea, el de Allá Arriba ni siquiera me deja fumar un cigarrillo», y dejó el puente para fumar en el interior de la torreta.

«¡Convoy en AK 79, curso este, nueve nudos!», gritó Riedel.
Minutos más tarde, el Capitán estaba de vuelta en el puente enfundado en su pesado impermeable. «Primer oficial, yo te diré lo que pasa con los Tommies. Últimamente no envían convoyes pequeños. Esperan hasta acumular sesenta o setenta barcos en puerto antes de hacerse a la mar. Este convoy –que según informan está a 120 millas al sur- está integrado por sesenta y cinco buques. ¡Vamos a por ellos! Avante a toda máquina, todo el timón a estribor, nuevo rumbo uno – cuatro – cero».

Ese día, 8 de marzo, comenzó una nueva caza. El submarino que había establecido contacto con el enemigo envió señales de radiobaliza a intervalos regulares. Las ráfagas de nieve reducían la visibilidad a cero y, a veces, nos obligaban a navegar a ciegas. Tras 14 peligrosas horas, habíamos navegado más de 150 millas y aún seguíamos avanzando rápidamente hacia el sureste, buscando, olfateando y tanteando.

A las 19.10 horas, rozamos el convoy por primera vez en la oscuridad. Borchert, un marinero de mi guardia con muy buena vista, divisó un destructor. Me giré de un salto al cuadrante de estribor por popa y vi el familiar costado del navío tras una cortina de nieve. El buque navegaba en un rumbo paralelo y asumí que habíamos tenido su compañía desde hacía algún tiempo. Viramos a babor, apuntamos nuestra popa a la sombra y nos marchamos. Pero habíamos sido detectados. El escolta maniobró majestuosamente hasta que nos tuvo directamente por proa.

Siegmann aceleró los motores y envió al submarino al interior de un chubasco de nieve que había a proa por babor. Seguimos el movimiento de la tormenta y permanecimos ocultos entre la cortina de nieve. Cuando percibimos el olor a humo y gasoil, el Capitán ordenó a la tripulación que acudiese a sus puestos.

A las 21.30 horas se despejó el cielo de repente. Brillantes estrellas comenzaron a reverberar entre restos de nubes y la luna, que, emergiendo de detrás de las cortinas de nieve, bañó la superficie con su luz plateada. No lejos de allí, un destructor cambió de rumbo en un patrón normal de rastreo. Mientras escapábamos de aquella sombra, vi que todo el horizonte oriental estaba salpicado de pequeños puntos negros…

QUIERO EL LIBRO

Esta entrada ha sido publicada en Ataudes de acero y etiquetada como , , . Guarda el enlace permanente.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.