
Víspera de Barbarroja. El segundo teniente brandeburgués Kriegsheim viajaba en coche con dos de sus hombres y un intérprete y guía polaco. Iban ataviados con abrigos largos rusos sobre sus uniformes alemanes y gorras cuarteleras con la estrella del Ejército Rojo. Se les había proporcionado la última información de inteligencia disponible sobre los puentes del Bobr y los santo y seña si llegaban a darles el alto. De repente, aparecieron dos rusos delante de ellos como si hubiesen brotado del suelo, fusil en mano.
«Stoi! Parol!» (¡Alto! ¡Santo y seña!)
«¡Astracán!»
«¡No! ¡No os mováis!»
Los alemanes no tuvieron ninguna oportunidad de escapar. Los rusos señalaron con gestos la dirección en la que debían marchar, «Dawai!» (¡Vamos!). Kriegsheim repasó frenéticamente sus opciones. Estaban siendo llevados detrás de las líneas enemigas y sus identidades no habían sido todavía esclarecidas. Si eran registrados se habría acabado el juego, no cabía esperar un ápice de piedad. Incluso en esta situación límite, Kriegsheim tuvo muy presente las órdenes estrictas de no disparar antes de las 3:05 horas, aunque no parecía haber mucha alternativa. Sus captores se mantenían a demasiada distancia para poder llegar hasta ellos sin disparar y temía que el polaco acabase traicionándolos con su nerviosismo.
Cuando se aproximaban a un pequeño edificio, Kriegsheim se decidió, por fin. Con un rápido movimiento, metió la mano en su abrigo largo del Ejército Rojo y sacó la pistola que llevaba escondida. Se dio la vuelta y, mostrando el feldgrau de su uniforme alemán, abrió fuego sobre el primer ruso. El sorprendido soldado fue alcanzado en la cara y cayó, mientras el segundo lograba disparar un tiro de fusil que impactó en el suelo. Instantes más tarde bue abatido de dos disparos.



























