
«Napoleón nos ordenó que preparásemos algún tipo de entretenimiento a la Guardia rusa en Tilsit. Salimos formados en cuerpo a recibir a esta gran Guardia, que debía llegar por compañías. Cada uno de nosotros le ofrecía el brazo a uno de estos gigantes, y como había más de nosotros que de ellos, empezaron a ofrecer el brazo dos de los nuestros a cada uno de los suyos. Eran tan altos que podrían habernos utilizado como bastones. En cuanto a mí, el más bajito de todos, tuve a uno de ellos para mí solo. Tenía que mirar hacia arriba para poder verle la cara. Estaban asombrados de vernos uniformados de forma tan espléndida. Sentamos a nuestros invitados a la mesa entre nosotros y la cena fue bien servida. Todo el mundo estaba del mejor humor. Estos hombres famélicos no podían controlarse; no sabían cómo mostrar la reserva que es propia del comportamiento en la mesa. Se sirvió licor. Antes de ofrecérselo teníamos que probarlo y, acto seguido, entregarlo en una copa de metal que contenía un cuarto de litro. El contenido de las copas desaparecía al instante. Se tragaban trozos de carne del tamaño de un huevo de cada bocado. Empezaron a aparentar fatiga. Les hicimos señas para que se desabotonasen las casacas, como hacíamos nosotros. Tenían trapos metidos dentro de sus uniformes para aparentar un buen pecho y era bastante desagradable ver estos harapos colgando. Les arrimamos carne y bebida, y cuando vieron que no se podían comer todo lo que había en la mesa se metieron los dedos en la garganta, vomitaron la cena en una pila entre sus piernas y comenzaron a comer de nuevo con todas sus fuerzas. Fue repugnante. De este modo hicieron tres comidas en una cena. Esa tarde acompañamos a los que podían levantarse a sus acuartelamientos y dejamos al resto entre sus vómitos, debajo de la mesa».
En nuestro catálogo Salamina tenemos dos de las memorias más célebres de soldados de Napoleón: Bourgogne y Coignet. Aprovecha nuestro PACK NAPOLEÓNICO.




























