La retirada de Moscú de la 6.ª División Panzer (Capítulo 5) – OPERACIONES PANZER. General Erhard Raus

El invierno de 1941-1942 fue el más severo de los últimos 100 años en la Rusia europea. La temperatura media diaria durante el mes de enero de 1942 en el área situada al noroeste de Moscú fue de -35,5º C, produciéndose allí la temperatura más baja de toda la campaña rusa (-52,8º C) el 26 de enero. Nuestras tropas, en el caso de que tuvieran alguna ropa de invierno, vestían solo el abrigo de reglamento, el jersey, la faja y la capucha; piezas diseñadas para el invierno alemán. La mayoría de las prendas de invierno donadas por la población alemana no llegaron a los soldados del frente hasta finales de febrero, después de que el frío ya hubiera causado los peores estragos. A todos los niveles del escalafón los jefes intentaron enfrentarse a la emergencia mediante la improvisación.

Varias divisiones se las compusieron para organizar grandes talleres de costura en las ciudades y pueblos rusos cercanos. De mantas y ropas viejas usadas, los obreros locales produjeron fajas, orejeras, chalecos, prendas para los pies y manoplas de franela con dedos índice y pulgar separados. También logramos requisar prendas de piel y botas de fieltro de habitantes locales para un pequeño número de hombres y obtuvimos prendas extra de invierno de los soldados muertos del Ejército Rojo. Cualquiera que tuviera ropa interior extra se la ponía una encima de la otra; los almacenes de suministros de la división y del ejército repartieron inmediatamente todas las existencias de ropa interior. Finalmente, la mayoría de los hombres lograron protegerse la cabeza y las orejas, al menos parcialmente, utilizando fajas y harapos. No obstante, durante este primer invierno crucial a las afueras de Moscú la provisión disponible de prendas de invierno solo resultó ser suficiente para un pequeño porcentaje de nuestras fuerzas. Ni que decir tiene que el intenso frío redujo drásticamente la eficiencia de nuestros soldados y de sus armas.

A comienzos de diciembre, la 6ª División Panzer estuvo a apenas catorce kilómetros de Moscú y a veintidós kilómetros del Kremlin. En ese momento, una caída drástica de la temperatura a –34,4º C unida a un ataque por sorpresa de tropas siberianas destrozaron el avance del Tercer Ejército Panzer sobre la capital de Stalin. Organizando la defensa de la 6ª División Panzer alrededor de los últimos cinco carros de combate del coronel Koll logramos resistir el primer ataque de los siberianos que, a medida que avanzaban con dificultad con sus uniformes marrones a través de la profunda nieve, ofrecían blancos de primera. Este éxito local facilitó que la división pudiera romper el contacto y proporcionó tiempo para la destrucción de nuestros últimos cañones flak de 88 mm. (Esto se hizo necesario porque no quedaban cabezas tractoras, perdimos veinticinco en el barro del otoño y en noviembre las siete últimas cayeron víctimas del frío y la nieve).

Elementos del Grupo de Ejércitos Centro, incluyendo al Tercer Ejército Panzer, resistieron al noroeste de Moscú hasta el 5 de diciembre; al día siguiente el OKH impartió la primera orden de retirada de la guerra. Durante los meses de la ofensiva, nuestros batallones y compañías se habían reducido a un puñado de hombres a la vez que el barro y el invierno rusos sembraron el caos en las armas y el equipo. Ni el liderazgo de los oficiales ni la bravura individual de los soldados pudieron compensar la merma del poder de fuego de nuestras divisiones. Así, la superioridad numérica del Ejército Rojo, ayudada por las condiciones climáticas, salvaron Moscú y cambiaron el curso de la batalla. Hitler ni había esperado ni planeado una guerra de invierno.

La retirada de la 6ª División Panzer comenzó sin sobresaltos el 6 de diciembre pero al día siguiente, mientras marchábamos por terreno montuoso, nuestros vehículos se deslizaron impotentes sobre las carreteras heladas. Los camiones que habían tenido que ser abandonados en el ataque final sobre Moscú bloqueaban ahora las carreteras por las que nos retirábamos, empeorando aún más las cosas. Temeroso de que los rusos perseguidores pudieran alcanzar y destruir nuestra retaguardia si se perdía el tiempo en rescatar cada vehículo, ordené cargar todo el equipo posible en los pocos camiones supervivientes e incendié el resto. Al mismo tiempo, reforcé la retaguardia con casi toda nuestra infantería disponible y deliberadamente reduje el paso de nuestra retirada. Entonces, nos replegamos mediante pequeñas y breves acciones sustentadas en las villas. Los lugares habitados se habían vuelto cruciales para la supervivencia de nuestros soldados, que carecían de ropas de invierno, aunque también eran atractivas para los rusos porque preferían refugios de tipo permanente para sus tropas de asalto. En un sentido muy real, la retirada se convirtió en una carrera de villa en villa.

En unos pocos días la retirada llegó a Klin, un nudo vital de carreteras al noroeste de Moscú. Desafortunadamente, la división no pudo utilizar la población para alojar a sus tropas de madrugada al estar en la ruta principal de otras divisiones que se dirigían al oeste y ser la pieza central del esfuerzo defensivo del LVI Cuerpo Panzer. Fuimos, no obstante, lo suficiente afortunados como para encontrar una gran cantidad de explosivos en Klin y nuestros ingenieros los utilizaron para excavar refugios provisionales en la tierra fuera de la población. Los intentos para obtener tierra de las explosiones para arenar las carreteras fueron inútiles, debido a que las explosiones levantaban grandes pedazos de tierra sólidamente congelada que no podían ser desgranados. Resistimos ante Klin durante veinticuatro horas, luego completamos la retirada a través de la autopista de cuatro carriles Smolensko-Moscú.

Aunque numéricamente superior, el enemigo nunca logró envolver y aniquilar nuestra retaguardia ya que no podía emplear sus armas pesadas en ataques frontales a través de la profunda nieve sin arriesgarse a sufrir pérdidas prohibitivas. Esto significaba que para los intentos de envolvimiento los rusos se tenían que valer de la caballería, de tropas con esquís y de infantería montada en trineos que eran incapaces de portar sus armas pesadas con ellos. Por tanto, el poder ofensivo que los soviéticos podían poner en liza era insuficiente para doblegar nuestras defensas. Un hecho que contribuyó al fracaso ruso en su intento de destruir al Grupo de Ejércitos Centro durante el asalto inicial fue la inefectiva actividad aérea soviética durante la retirada que se limitó a salidas dispersas de unos pocos aviones que ametrallaban columnas o lanzaban pequeñas bombas de fragmentación. Durante las alertas aéreas nuestras tropas se enterraban en la nieve a unos 100 metros de distancia de la carretera. Se produjeron algunas bajas causadas por bombas de acción retardada al no permanecer los soldados a cubierto el tiempo suficiente después de que los artefactos hubieran sido lanzados. Si los rusos hubieran empleado fuertes contingentes de bombarderos los resultados podrían haber sido desastrosos. Así pues, nuestras pérdidas por ataques aéreos enemigos fueron insignificantes comparadas con las bajas producidas por el frío clima y la falta de ropa de invierno.

Para mediados de diciembre, cuando finalizó esta fase de la retirada, la división se hallaba en Shakovskaya pendiente de reequiparse y recibir nuevos refuerzos. En Nochebuena, el 4º Regimiento de Infantería Motorizada, que había recibido los primeros reemplazos, fue alertado para realizar un contraataque contra fuerzas rusas que habían penetrado la línea de la 106 División de Infantería en el río Lama, al oeste de Volokolamsk. El 26 de diciembre, los hombres del coronel Waldenfels se pusieron en marcha en mitad de una tormenta de nieve por carreteras todavía cubiertas por grandes montones de nieve. Debido a que la infantería iba inadecuadamente abrigada, se tuvieron que hacer largas paradas en cada villa para calentarse y el regimiento necesitó dos días para cubrir los diecinueve kilómetros hasta la línea de partida para el ataque.

Tras una comida caliente y una noche de descanso, el 4º Regimiento de Infantería Motorizado atacó el 28 de diciembre en conjunción con reservas locales. Bien apoyado por artillería y armas pesadas, el coronel Waldenfels hizo un progreso continuo durante todo el día; por la tarde había hecho contacto al norte con la vecina 23 División de Infantería, cerrando así la brecha. Las tropas encontraron refugio en las villas y granjas cercanas. Cuando se instalaban por la tarde, se apostaban fuertes destacamentos de seguridad y se relevaban cada media hora debido al frío extremo.

El plan para el 29 de diciembre perseguía recuperar las posiciones originales de la 106 División de Infantería en el río Lama mediante un envolvimiento de las fuerzas rusas que habían penetrado las defensas. El regimiento del coronel von Waldenfels atacó hacia el este mientras que el 6º Batallón de Motocicletas avanzaba desde el sur hacia Valdychino. Para el mediodía, la fuerza soviética que había realizado la penetración había sido rodeada. Las temperaturas nocturnas cayeron hasta los -34,4º C y los -40º C y no había refugio disponible para las tropas que mantenían el perímetro. Las villas cercanas habían sido destruidas en los combates y los atrincheramientos de las antiguas posiciones alemanas en el Lama estaban enterrados bajo una espesa capa de nieve. Permanecer expuestos hubiera supuesto una muerte cierta para las tropas que carecían de ropa de invierno así que, de mala gana, el coronel von Waldenfels ordenó la retirada a una villa un poco más alejada. Cuando los rusos vieron que una sección del cerco había sido abandonada se concentraron para una nueva penetración que finalmente forzó una retirada de todo el frente alemán en ese sector. El éxito se había convertido en fracaso porque no estábamos equipados para soportar el frío extremo.

El resultado último de este fracaso provocó que durante los días finales de diciembre la 6ª División Panzer se viera desalojada del entramado de villas situadas alrededor de Shakovskaya y obligada a retirarse a una gran región boscosa. Entonces me enfrentaba a dos alternativas igualmente malas. Si ordenaba una retirada a través de los bosques hasta el próximo grupo de villas, la división se arriesgaba a ser cercada y derrotada completamente. Por otra parte, intentar establecer una línea defensiva en los bosques o entre las indefendibles villas, sin ropa de invierno y con temperaturas que alcanzaban una media de –45º C, prometían una muerte segura por exposición. Durante la breve batalla del coronel von Waldenfels cerca del río Lama, que forzosamente había tenido lugar en campo abierto, las bajas diarias por congelación se habían incrementado a un ritmo alarmante: para el 3 de enero de 1942 nuestros hospitales de campaña informaron que los casos de congelación moderados y graves estaban llegando con una cadencia de 800 por día. A ese ritmo, la división dejaría de existir en una semana.

Si queríamos sobrevivir y, más aún sostener nuestra línea, debían construirse de inmediato refugios y búnkeres (con cualquier elemento de calefacción que pudiera ser instalado). Si embargo, tales obras defensivas no podían construirse porque los batallones de ingenieros disponibles del Cuerpo y de la división no tenían más de cuarenta o sesenta hombres cada uno y habían perdido todo su equipo pesado. Por otra parte, acababa de llegar una gran cantidad de explosivos. En vista de la crítica situación, ordené a los jefes del batallón de ingenieros que hicieran caso omiso de la helada y excavaran suficientes cráteres en la tierra sólidamente congelada a todo lo largo de la línea provisional principal del frente para proporcionar refugio a las tropas combatientes, incluyendo las reservas tácticas. Estos cráteres deberían escalonarse en extensión y profundidad y ser lo suficientemente grandes como para albergar a entre tres y cinco soldados. Cualquier madera disponible era utilizada para cubrir los cráteres. También instruí a los ingenieros para minar ciertas áreas y emplazar obstáculos anticarro a lo largo de tres rutas principales. Las reservas, al igual que todas las tropas de servicios de la división fueron instruidas para que aprestaran senderos entre los cráteres además de caminos que llevaran a la retaguardia.

Las explosiones a lo largo de toda la línea comenzaron a la mañana siguiente [4 de enero]. El ruido de las cargas explosivas de 10.000 libras [4,536kg] daban de algún modo la impresión de una intensa barrera artillera. Surtidores de tierra se elevaban por todas partes y un denso humo inundó el aire. Los rusos observaron con sorpresa, sin estar seguros de lo que estaba pasando, y por tanto permanecieron quietos. Para mediodía se habían completado las voladuras y a la caída de la noche las unidades combatientes habían ocupado sus cráteres ya cubiertos. Poco después se elevó humo de los cráteres donde las dotaciones de los cañones se mantenían calientes con fogatas. Los cráteres formaban una cadena ininterrumpida de posiciones frente a las que establecimos puestos avanzados de seguridad. Una maraña de abatis se extendía frente a las mismas, los cañones habían sido emplazados a lo largo de los caminos detrás de los obstáculos anticarro y de un solo golpe, en un espacio de doce horas desde la primera detonación, todo el frente de la división había sido aprestado para la defensa. Los ingenieros que prepararon estas posiciones en el frío más extremo, sufriendo por ello un 40 por ciento de bajas por congelación, habían salvado a las unidades de combate y restaurado la situación con su sacrificio. Para el 5 de enero todas las bajas por congelación de la división bajaron de 800 a cuatro casos y poco después cesaron a todos los efectos. Esta posición resistió posteriormente todos los ataques soviéticos y no fue abandonada hasta diez días después en un clima más benigno cuando las unidades contiguas de ambos flancos se vieron obligadas a retirarse después de que carros de combate rusos hubieran penetrado sus líneas.

Esta improvisación fue ordenada en un momento en el que la 6ª División Panzer había perdido todos sus carros de combate durante la retirada precedente. Antes de volar estas posiciones la lucha se había centrado en la posesión de las villas que eran, hasta entonces, las que ofrecían refugio del frío extremo. Los grupos de villas habían formado líneas naturales de frente tanto para atacantes como para defensores que se vieron obligados a ignorar casi cualquier otra consideración táctica. Cuando los rusos fracasaban a la hora de capturar una villa de día, se retiraban hasta la última villa propia para pasar la noche. Ni siquiera las mejor equipadas tropas siberianas intentaban continuar el ataque sobre una villa de noche. Excavar posiciones mediante voladuras en campo abierto representó por tanto una innovación que sirvió al doble propósito de estabilizar la línea de frente y mantener la eficiencia de combate de los restos de la división.

OPERACIONES PANZER. Memorias del Frente del Este del general Raus, 1941-1945

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