
La tierra dura que rodeaba la valla había sido removida por las orugas de los dos Amtrac, formando terrones irregulares. Los marines de vanguardia, incluido el sargento Cunningham, cruzaron con cuidado la valla, pisando sobre las huellas, y volvieron a ponerse en fila detrás del LVT que iba delante. El resto de la columna los siguió. Cunningham se había alejado 50 metros de la valla cuando oyó la explosión. Sabía lo que iba a ver incluso antes de girar la cabeza. Una espesa nube negra flotaba en el aire junto a la valla. Tres marines yacían tendidos en el suelo. Antes de que terminase de caer la lluvia de tierra y metralla, el sanitario jefe de la sección, Robert E. Perkins, había llegado junto al marine herido de mayor gravedad. El cabo Raymond Lewis, que mandaba el pelotón de vanguardia, gritó: «¡Eh!, ¿por qué demonios no siguen las malditas huellas?». El sargento Cunningham corrió hacia atrás, gritando con ira, frustración y dolor: «Os dije que me siguierais por aquí, por aquí… hemos pasado por aquí». Tras una pausa, dijo con voz resignada: «Vale. ¿Quién lo ha entendido?». Cansado y confiado porque había muchas huellas cerca de la valla y nueve marines habían pasado sin contratiempos, el décimo se había desviado del camino marcado por las cadenas. Durante unos seis metros había estado siguiendo el rastro seco de huellas dejadas por un blindado otro día. El Viet Cong había enterrado una mina en estos surcos antiguos, junto a la valla rota.

























¡Qué gran libro!, lo he devorado en estos días festivos. Menuda tensión, disparos por todas partes. Nada que ver con el imaginario popular de la guerra de Vietnam. Muchas gracias por esta publicación.