
Para pasar la noche, Bishko eligió una zona de matorral y bambú tan cubierta de hojas secas que podía oírse el reptar de una serpiente. Miller ocultó las huellas de entrada, quitaron las hojas de sus respectivos sitios y se acostaron al anochecer. Llovió de forma intermitente durante la madrugada, pero los marines que no estaban de guardia ni se enteraron; habrían dormido incluso flotando en el agua.
«Vamos, tenemos que salir de aquí. Vienen ladera arriba a por nosotros». Bajaron por la hierba de la ladera opuesta de la colina a grandes zancadas. McWilliams encontró el lecho de un arroyo y condujo a la escuadra hasta la penumbra protectora que este ofrecía. Llegaron sin aliento y sin saber qué le deparaba el futuro al pie de la colina, en el lado opuesto al campamento norvietnamita. Se desplomaron allí mismo y se esforzaron por recuperar el aliento, conscientes de que sólo podían confiar en su forma física y en sus conocimientos de supervivencia en el bosque para eludir a quienes los perseguían.




























