Patrulla de observadores de artillería de Marines en Vietnam – FUEGO EN LA JUNGLA

Para pasar la noche, Bishko eligió una zona de matorral y bambú tan cubierta de hojas secas que podía oírse el reptar de una serpiente. Miller ocultó las huellas de entrada, quitaron las hojas de sus respectivos sitios y se acostaron al anochecer. Llovió de forma intermitente durante la madrugada, pero los marines que no estaban de guardia ni se enteraron; habrían dormido incluso flotando en el agua.

«Vamos, tenemos que salir de aquí. Vienen ladera arriba a por nosotros». Bajaron por la hierba de la ladera opuesta de la colina a grandes zancadas. McWilliams encontró el lecho de un arroyo y condujo a la escuadra hasta la penumbra protectora que este ofrecía. Llegaron sin aliento y sin saber qué le deparaba el futuro al pie de la colina, en el lado opuesto al campamento norvietnamita. Se desplomaron allí mismo y se esforzaron por recuperar el aliento, conscientes de que sólo podían confiar en su forma física y en sus conocimientos de supervivencia en el bosque para eludir a quienes los perseguían. 

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Asalto al campamento de Lang Vei. FUEGO EN LA JUNGLA

Poco después de las 06.00, una granada de termita rodó hacia el oscuro búnker de mando del campamento de Lang Vei y estalló con un destello naranja brillante. Los mapas y documentos que estaban esparcidos por el búnker se incendiaron. El enemigo aprovechó este éxito con una lluvia de granadas de fragmentación y, por primera vez, empleó granadas de gas lacrimógeno.

Aunque las llamas se extinguieron en 20 minutos debido a la mala ventilación, el humo y el gas crearon un pánico momentáneo. Para respirar, los defensores se tumbaron en el suelo, donde el aire era más fresco, y se turnaron para usar las pocas máscaras antigás que tenían. Todos se sintieron mareados y muchos vomitaron. Asumiendo que el final estaba cerca, Phillips y Dooms comenzaron a arrojar documentos clasificados al fuego. Una voz gritó en vietnamita desde la escalera. «Vamos a volar el búnker, así que rendíos ahora». Tosiendo y balbuceando mientras hablaba, el comandante del campamento vietnamita celebró una apresurada reunión con sus tropas de los CIDG, y luego las condujo por las escaleras fuera del búnker. Evidentemente, habían decidido rendirse. Durante unos cinco minutos no sucedió nada. Willoughby había contado con la potencia de fuego de los 15 vietnamitas. Ahora quedaban ocho norteamericanos, seis de ellos heridos, incluido él mismo. Aun así, estaba decidido a resistir.

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Derribo de un Tornado en la Guerra del Golfo. DOGFIGHT. Alfred Price

El misil era un SA-3 «Goa» de fabricación soviética y había detonado a escasos metros de distancia del lado de babor del Tornado. Múltiples fragmentos de metralla de alta velocidad destrozaron el avión causando daños generalizados. Con un vendaval de aire, la cabina se despresurizó a través de un agujero de 5 cm de diámetro que apareció de repente en el lado izquierdo de la cabina, justo frente a la cabeza de Clark. Cuando el piloto miró alrededor de la cabina para evaluar la situación se dio cuenta de que había tenido mucha suerte; se había librado de sufrir una herida de gravedad. En el panel de alarma había demasiadas luces rojas encendidas como para poder contarlas. El vidrio reflector de la pantalla de visualización frontal había desaparecido del todo. El panel de instrumentos estaba destrozado: sólo dos diales parecían estar intactos, pero los instrumentos e indicadores hidráulicos indicaban cero.

Clark no tenía tiempo de demorarse en su catálogo de problemas pues, casi con toda seguridad, venía contra ellos un segundo misil: «Moví la palanca, alabeé fuertemente el avión y tiré hacia atrás. Fue entonces cuando vi venir hacia mí el segundo misil. Venía en vertical, oscilando según venía siguiéndome. Tiré de la palanca todo lo que pude; no podía hacer mucho más. El misil despareció de la vista por detrás y a la derecha del avión. Hubo otra explosión cuando estalló».

Clark oyó un fuerte estallido y la cabina se llenó de un remolino de humo negro cuando los cohetes se activaron para hacer saltar la cubierta de la cabina. Luego vino otra explosión en la cabina trasera; el asiento del navegante se había eyectado. Era entonces el turno de Clark.

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Emboscada al convoy en la A-1. FUEGO EN LA JUNGLA

Apenas había escapado el C18 del proyectil del cañón sin retroceso en la rampa cuando otro le abrió un orificio en el costado derecho, provocando un incendio. Este impacto hirió al jefe del ACAV, pero la tripulación continuó disparando la ametralladora calibre 50 y las M60 contra la posición enemiga del sur de la carretera. Entonces, otro proyectil de cañón sin retroceso impactó en el primer camión de los rezagados, que iba muy cargado y cuya marcha lenta había abierto el hueco en la columna. El depósito de gasolina estalló y provocó la muerte instantánea a los dos hombres que iban en la cabina. El camión se desvió hacia la izquierda y cayó en la cuneta del lado norte de la carretera, con el remolque todavía en la calzada, bloqueando parcialmente la vía. Una columna de humo negro y espeso se elevó hacia el cielo matutino. Mientras la tripulación del C18 seguía disparando, el jefe herido del blindado comunicó su situación por radio a Keltner. Tras transmitir la información al puesto de mando del grupo, el teniente Keltner dio la vuelta para volver a entrar en la zona combate, pero el C18 estalló en llamas antes de que pudiese llegar hasta él.

El conductor consiguió arrancarlo y continuó por la carretera bajo una lluvia de disparos de armas ligeras y cohetes contracarro, con la esperanza de distraer la atención del enemigo y permitir que el resto de la tripulación escapase. Lo consiguió, pero a 400 metros de distancia encontró la muerte cuando una de los miles de balas disparadas contra el ACAV en movimiento dio en el blanco.

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La Riverine Fleet en acción. FUEGO EN LA JUNGLA.

Mientras continuaba la lucha en el río, los disparos de las armas automáticas golpeaban los cascos, algunos de ellos procedentes de búnkeres situados a menos de un metro de la orilla. A pesar del fuego de respuesta de los barcos, las granadas contracarro y los proyectiles de los cañones sin retroceso seguían lloviendo desde los búnkeres de barro situados a ambos lados del río. Los disparos más intensos procedían del este, de la zona donde los informes de inteligencia habían situado al Viet Cong. Con una ráfaga de proyectiles explosivos de 40 mm contra la abertura de un búnker en la orilla oriental, un artillero de la Marina voló la parte superior de la fortificación y la silenció. Aunque la mayoría de las posiciones enemigas se encontraban a menos de cinco metros de la orilla y formaban una zona de aniquilación de 1.500 metros de longitud, pocos soldados del ejército alcanzaron a atisbar algo más del enemigo que no fuese el destello de sus armas.

A medida que la línea de embarcaciones se adentraba en la emboscada, se intensificó la lucha. Algunas lanchas redujeron la velocidad y otras la aumentaron, pero todas disparaban con la totalidad de su armamento operativo. Los artilleros y los ametralladores disparaban, recargaban y volvían a disparar tan rápido como podían.

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