Ataque al dique de Saint-Nazaire. OPERACIONES ESPECIALES. William H. McRaven

A bordo del Campbeltown, el capitán de corbeta Sam Beattie ordenó arriar la bandera impostada alemana e izar el pabellón de combate blanco británico. Desde la costa de Saint-Nazaire llegaron disparos de todos los cañones de defensa costera, incluidos obuses de 75 mm, 150 mm, 170 mm y 6 pulgadas, Oerlikon y Bofor. Por suerte, la oscuridad y la distancia a la costa impidieron una respuesta precisa, salvo por los cañones de 20 mm y 37 mm. Las embarcaciones británicas devolvieron el fuego y continuaron la navegación, prácticamente indemnes, a través de la cortina de proyectiles. Entre las primeras bajas se encontraron el timonel y el contramaestre del Campbeltown, que murieron en el puente.

En ese momento, la flotilla había alcanzado el muelle oriental. Anclado en la parte de estribor había un buque alemán de la clase Sperrbrecher [barreminas], que comenzó a disparar cuando las embarcaciones se acercaron. Un artillero a bordo del cañonero británico respondió al fuego barriendo la cubierta del buque alemán y silenció sus sistemas de armas.

Con el cañonero en cabeza, el Campbeltown se dirigió directamente al dique seco del Normandie a 18 nudos. En el último segundo, el cañonero viró y el Campbeltown chocó contra la compuerta sur del dique seco a la 01.34, sólo cuatro minutos después de lo previsto inicialmente. «El objetivo principal de la incursión se había logrado antes de que un solo soldado del comando hubiese puesto un pie en tierra». La fuerza de la colisión aplastó la proa del Campbeltown unos 11 metros y lo hizo pasar unos 10 metros por encima de la compuerta de acero.

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La entrada de los maiale al puerto de Alejandría. OPERACIONES ESPECIALES. William H. McRaven

Los tres torpedos tripulados se alejaron del submarino Scire sin contratiempos y se dirigieron juntos en superficie hacia la entrada antisubmarina situada en el extremo sur del puerto de Alejandría. Habían recorrido unos 3 km cuando Durand de la Penne ordenó a los maiale que se detuviesen. En la superficie, a escasos 450 m del faro de Ras el Tin, los hombres rana decidieron tomarse un descanso. Repartieron sus raciones y Durand de la Penne distribuyó botellitas de coñac. Tras terminar la comida, los buzos continuaron hacia la entrada del puerto. Había una red antisubmarina tendida a través de la bocana y sólo podía ser abierta por operadores del muelle. Los submarinistas sumergieron los torpedos de modo que sólo asomasen sus cabezas por encima de la superficie. Aunque los submarinistas estaban preparados para cortar las redes o pasar por encima si era necesario, se trataba de una opción arriesgada a la vista de los guardias que patrullaban el muelle. La suerte quiso que la entrada se abriese para permitir el paso de tres destructores británicos. Schergat recuerda bien el incidente. «Nos dimos cuenta de que las luces de la entrada estaban encendidas, pero no podíamos ver los destructores porque estábamos a ras del agua. Al acercarnos a la entrada, el mar se agitó y supimos que entraban barcos. Crearon una ola que nos separó…». Durand de la Penne y Bianchi se adentraron en el puerto, con las cabezas apenas visibles.

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Medidas de seguridad para Eben Emael. OPERACIONES ESPECIALES. William H. McRaven

Al principio de la operación para el asalto a Eben Emael, el general Student hizo todo lo posible por ocultar la existencia del Destacamento de Asalto Koch. «La operación se basaba en la premisa de que cualquier filtración en la seguridad podría comprometer la misión, y la única forma de que ésta tuviese éxito era lograr la sorpresa total». Se entrenaron en Hildesheim, cerca de Hannover, y adoptaron la denominación encubierta de Sección Experimental Friedrichshafen. A medida que el destacamento se trasladaba a otros lugares para continuar el entrenamiento, solía cambiar de nombre. En cierta ocasión, la sección de zapadores del teniente Witzig recibió la denominación de Sección de Construcción de Aeropuertos. A los soldados no se les permitía enviar correo personal ni hacer llamadas a menos que lo autorizase Koch. El sargento Helmut Wenzel, el soldado más veterano de la sección, recordaba: «No podíamos entrar en los bares, pero sí en el cine. Sin embargo, teníamos que ir acompañados de un guardia. Normalmente, para cuando se acababa la película, los guardias habían perdido el interés y se habían marchado a casa… Además, no llevábamos insignias y usábamos otros nombres. Una vez nos cruzamos con unas chicas que conocíamos y hubo que trasladar a toda la unidad».

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Los problemas de las deserciones en el Ejército Rojo. PICADORA DE CARNE. Prit Buttar

Los comandantes soviéticos tomaron en ocasiones las medidas más desesperadas para evitar la deserción masiva. Se minaron las posibles salidas de las posiciones avanzadas. Los oficiales de niveles inferiores eran severamente castigados si sus subordinados desertaban. Compañías e incluso batallones enteros fueron reorganizados y trasladados a nuevos sectores del frente. A veces se abría fuego de artillería sobre los fugitivos… Los jefes [de compañía], los sargentos mayores y los sargentos podían ser degradados por una sola deserción en su unidad. Si un grupo desertaba, había un consejo de guerra y una condena de cinco a diez años en un campo. La pena de campo no tardó en ser sustituida por el envío a batallones penales …

[Desde nuestras posiciones en el Volga durante el invierno] un desertor tenía que trepar por el parapeto de la trinchera y bajar por la pendiente helada hasta el río, correr por el hielo irregular hasta la orilla opuesta, superar la difícil subida por la pendiente resbaladiza y, por último, lo peor, arrastrarse por un campo de minas para llegar a las trincheras alemanas. Tenía que hacerlo todo sin que sus propias líneas se percatasen, intentando, al mismo tiempo, que los alemanes adivinasen sus intenciones».

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Patrulla de observadores de artillería de Marines en Vietnam – FUEGO EN LA JUNGLA

Para pasar la noche, Bishko eligió una zona de matorral y bambú tan cubierta de hojas secas que podía oírse el reptar de una serpiente. Miller ocultó las huellas de entrada, quitaron las hojas de sus respectivos sitios y se acostaron al anochecer. Llovió de forma intermitente durante la madrugada, pero los marines que no estaban de guardia ni se enteraron; habrían dormido incluso flotando en el agua.

«Vamos, tenemos que salir de aquí. Vienen ladera arriba a por nosotros». Bajaron por la hierba de la ladera opuesta de la colina a grandes zancadas. McWilliams encontró el lecho de un arroyo y condujo a la escuadra hasta la penumbra protectora que este ofrecía. Llegaron sin aliento y sin saber qué le deparaba el futuro al pie de la colina, en el lado opuesto al campamento norvietnamita. Se desplomaron allí mismo y se esforzaron por recuperar el aliento, conscientes de que sólo podían confiar en su forma física y en sus conocimientos de supervivencia en el bosque para eludir a quienes los perseguían. 

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