{"id":1113,"date":"2020-03-15T17:18:33","date_gmt":"2020-03-15T17:18:33","guid":{"rendered":"https:\/\/www.edicionesplatea.com\/blog\/?p=1113"},"modified":"2025-02-06T20:28:35","modified_gmt":"2025-02-06T20:28:35","slug":"desierto-iraqui-28-de-febrero-de-1991-introduccion-tank-men","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.edicionesplatea.com\/blog\/desierto-iraqui-28-de-febrero-de-1991-introduccion-tank-men\/","title":{"rendered":"Desierto iraqu\u00ed, 28 de febrero de 1991. Introducci\u00f3n TANK MEN"},"content":{"rendered":"\n<p>Mi primera visi\u00f3n de un tanque estallando me dej\u00f3 at\u00f3nito. Era febrero de 1991: la Primera Guerra del Golfo. El campo de batalla nos pertenec\u00eda y, tal y como hab\u00eda le\u00eddo en muchas narraciones  de  la  Segunda  Guerra  Mundial,  \u00abrevent\u00e1bamos\u00bb sistem\u00e1ticamente  los  tanques  iraqu\u00edes  abandonados  para  dejarlos  totalmente  inservibles.  El  fogonazo  y  el  humo  de  la  explosi\u00f3n  y  despu\u00e9s  el retumbante \u00abcrump\u00bb preced\u00edan a la onda expansiva. Una torreta saltaba del casco para mantenerse por un momento sobre un extremo, con el sobresaliente tubo del ca\u00f1\u00f3n sosteni\u00e9ndola como si fuera un gigantesco saltador, antes de derrumbarse. Las llamas se proyectaban rugientes a veinticinco metros de altura como si se tratara de un lanzacohetes invertido. <\/p>\n\n\n<div class=\"wp-block-image\">\n<figure class=\"aligncenter size-large is-resized\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" width=\"351\" height=\"532\" src=\"https:\/\/www.edicionesplatea.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2020\/03\/Tank-Men-Ediciones-Salamina.png\" alt=\"\" class=\"wp-image-1114\" style=\"width:449px;height:681px\" srcset=\"https:\/\/www.edicionesplatea.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2020\/03\/Tank-Men-Ediciones-Salamina.png 351w, https:\/\/www.edicionesplatea.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2020\/03\/Tank-Men-Ediciones-Salamina-198x300.png 198w\" sizes=\"auto, (max-width: 351px) 100vw, 351px\" \/><\/figure>\n<\/div>\n\n\n<p>Un momento despu\u00e9s, la torreta volteada tambi\u00e9n se incendiaba entre silbidos y crepitar cuando el propelente de los proyectiles apilados en su interior vomitaba fuego. Proyectiles aulladores volaban en todas direcciones y el aire por encima y alrededor se llenaba de silbante y veloz chatarra. Durante veinte minutos nos qued\u00e1bamos clavados en tierra. Esto era la guerra en el desierto. Hab\u00eda le\u00eddo sobre ella durante mis tediosos a\u00f1os de servicio en Alemania, pero nunca cre\u00ed que fuera a experimentarla. Durante toda la primera Guerra del Golfo mantuve un diario de operaciones. Resultaba una verdadera disciplina que iluminar\u00eda investigaciones hist\u00f3ricas posteriores.<\/p>\n\n\n\n<!--more-->\n\n\n\n<p>Leyendo los diarios de otras personas me daba cuenta de la esencia de verdad que hab\u00eda en ellos. Mis experiencias no se parec\u00edan en nada a las que describ\u00eda el soldado poeta Keith Douglas en Alamein to Zem Zem, en las que cada uno de sus d\u00edas podr\u00eda muy bien haber sido el \u00faltimo. Nunca fue as\u00ed en el Golfo en 1991, pero a partir de entonces descubr\u00ed que pod\u00eda reconocer retazos de autenticidad en los relatos de primera mano, diarios y entrevistas que le\u00eda de otras campa\u00f1as.<\/p>\n\n\n\n<p>Con sus asombrosos contrastes de color y de atm\u00f3sfera se dir\u00eda que el vasto  y  remoto  desierto,  de  alg\u00fan  modo,  anula  el  impacto  de  la  guerra. Como  observ\u00f3  un  veterano  italiano  de  la  Segunda  Guerra  Mundial,  no hay casas y pocos testigos civiles. Y, a\u00fan as\u00ed,  la capa de civilizaci\u00f3n sigue siendo peligrosamente fina. Los tanques de los ingenieros americanos que iban por delante de nosotros emplearon sus bulldozers para enterrar en sus  trincheras  a  los  servidores  de  piezas  antitanque  iraqu\u00edes,  lo  que  fue descrito  en  nuestros  pa\u00edses  como  una  conducta  desproporcionada  y  repugnante para los telespectadores de los canales veinticuatro horas. Del mismo modo, en 1941 el comandante de un tanque brit\u00e1nico fue amonestado por su indignada tripulaci\u00f3n cuando orden\u00f3 dar marcha atr\u00e1s para sepultar  en  sus  trincheras  a  unos  artilleros  antitanque  del  Afrika  Korps.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero,    habiendo  experimentado  ya  el  horror  visceral  del  impacto  de  un antitanque, no quiso dejar nada al azar. El disparar a tripulaciones de carros que escapaban de tanques destruidos ocurri\u00f3 muy raramente durante la Guerra del Golfo.   La abrumadora superioridad de alcance llevaba a darse cuenta de que martillear las torretas con fuego de ametralladora \u2013como si se repicase en una puerta\u2013 supon\u00eda una invitaci\u00f3n suficiente para que las irremediablemente superadas tripulaciones de carros iraqu\u00edes los evacuasen antes de que llegase el proyectil mortal. Pero no todas las acuciadas tripulaciones de carros pod\u00edan permitirse  ser  caballerosas  en  enfrentamientos  de  gran  movilidad.  Durante  la campa\u00f1a  en  \u00c1frica  del  Norte  las  tripulaciones  brit\u00e1nicas  y  de  los  panzer ametrallaban a los supervivientes de forma rutinaria, pues resultaba arriesgado permitir a adversarios t\u00e9cnicamente competentes vivir para combatir otro d\u00eda. Cualquier cosa que prolongase el conflicto retrasar\u00eda la vuelta a casa. <\/p>\n\n\n\n<p>El comportamiento civilizado puede ser corrompido muy r\u00e1pidamente. Como nos explic\u00f3 un comandante del desierto durante la Guerra del Golfo, existe una muy fina l\u00ednea divisoria entre, simplemente, retirar a los ca\u00eddos art\u00edculos de valor militar, tales como binoculares, y robar a los muertos. El espect\u00e1culo de la guerra es mencionado con frecuencia en este libro. El escenario panor\u00e1mico del desierto, con el polvo de masivas columnas blindadas en marcha  reduciendo el sol al esbozo de una difusa luna, produce  im\u00e1genes  indelebles.  Las  negras  y  humeantes carcasas de tanques, oxidadas como si llevasen all\u00ed cientos de a\u00f1os en lugar de horas, ten\u00edan el aspecto de fotograf\u00edas de los campos de batalla del desierto de la Segunda Guerra Mundial. Enormes columnas de  humo contrastaban vivamente con un cielo azul cobalto, produciendo  una  vista  cinematogr\u00e1fica, solo malograda por la chatarra retorcida y por los lastimosos  cuerpos desperdigados por el camino. Resulta excepcionalmente dif\u00edcil reproducir el hedor de la guerra pero la mayor\u00eda de relatos de veteranos aluden a \u00e9l en alg\u00fan momento. El olor es f\u00edsico en su acritud y provoca una sensaci\u00f3n de podredumbre que acaba por deprimir. <\/p>\n\n\n\n<p>Sesenta a\u00f1os despu\u00e9s de desembarcar el d\u00eda D, mi padre me confes\u00f3 que todav\u00eda sent\u00eda n\u00e1useas cuando percib\u00eda el olor del diesel, pues hab\u00eda estado flotando  entre  cad\u00e1veres  que eran arrastrados por el mar hasta la playa. Desde la Guerra del Golfo he tenido un problema con el olor de la carne podrida, un hedor molesto y empalagoso que parece que nunca he conseguido arrancar de mis uniformes del desierto.Para el 28 de febrero de 1991 est\u00e1bamos 320 kil\u00f3metros en el interior de Irak, en el borde de una humeante bolsa de blindados iraqu\u00edes destruidos. Despu\u00e9s de cuatro intensos d\u00edas el cielo era de un gris apagado con una bruma grasienta a nivel del suelo. Resultaba un alivio el que uno pudiera  mesurar  el  futuro.  Vol\u00e9  en  un  helic\u00f3ptero  con  el  teniente  general Franks, comandante del VII Cuerpo estadounidense, para un \u00faltimo reconocimiento de fin de guerra, y aterrizamos entre un grupo de carros Abrams en el desierto de color pardo sucio. El cielo, manchado por el humo de pozos de petr\u00f3leo ardiendo, ten\u00eda una tonalidad marciana, de un naranja como de otro mundo. Tanquista experimentado, el general se acerc\u00f3 para conversar con las tripulaciones. Estaban tiznados de carb\u00f3n de sus trajes NBQ, los cuales estaban comenzando a deshacerse debido al calor.  <\/p>\n\n\n\n<p>Los  rostros  estaban cubiertos de mugre debido al combate en las torretas, y las l\u00edneas de arrugas  y  las  patas  de  gallo  alrededor  de  los  ojos  se  acentuaban.  El  general qued\u00f3 extra\u00f1amente afectado por su conversaci\u00f3n con los tanquistas. Hab\u00eda envejecido  visiblemente  durante  los  cuatro  d\u00edas  pasados  dirigiendo  los combates, pugnando entre preservar vidas y aplastar unidades blindadas iraqu\u00edes. Mi diario me record\u00f3 el incidente: \u00ab&#8230;charla con los tripulantes de carros dej\u00f3 al general algo afectado emocionalmente\u00bb. Toda la escena era punzante, con el marco de fondo del humo negr o que ascend\u00eda l\u00e1nguidamente de un veh\u00edculo que ard\u00eda en segundo plano.Las tripulaciones de tanques no son diferentes a las de aviones en lo que se refiere a que ambos roles est\u00e1n relacionados con el impacto de la m\u00e1quina sobre el ser humano. Por otro lado, los aviadores pasan, en cuesti\u00f3n de minutos, de la tumbona al combate embrutecedor, para despu\u00e9s volver  a  dormir en sus lechos. <\/p>\n\n\n\n<p>Los  tanquistas viven con las privaciones f\u00edsicas y la tensi\u00f3n mental del combate inminente. La tecnolog\u00eda tiene un papel vital, como tambi\u00e9n lo tienen la velocidad de reacci\u00f3n y la cohesi\u00f3n de la tripulaci\u00f3n, en lo que respecta a las perspectivas de supervivencia de ambos. Las personas de este libro aguantaron dentro de una caja de metal cerrada, asfixiante y ruidosa, temiendo ser alcanzados y quemados vivos por un  enemigo al que no pod\u00edan ver.  Dominado por consideraciones mec\u00e1nicas, su medio terrestre hace de estos soldados un grupo diferente al resto.<\/p>\n\n\n\n<p>Son los carristas.<\/p>\n\n\n\n<p><strong><a href=\"https:\/\/edicionessalamina.com\/p\/tank-men-robert-kershaw\">QUIERO EL LIBRO<\/a><\/strong><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Mi primera visi\u00f3n de un tanque estallando me dej\u00f3 at\u00f3nito. Era febrero de 1991: la Primera Guerra del Golfo. 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